El lenguaje literario tiene una característica clave que le diferencia de los demás lenguajes que hemos visto hasta ahora: tiene una función lúdica y, como objetivo, el procurar un goce estético. Los otros lenguajes son fundamentalmente utilitarios.

Como acto de comunicación
El emisor: es alguien conocido (un creador). Sabe que elabora un mensaje desde un punto de vista subjetivo y lo hace con la intención de perdurar.
El receptor: es un receptor universal (multiforme y heterogéneo). Interpreta el mensaje y lo recrea; de ahí que también se diga del mensaje que es plurisignificativo.
La situación: es intemporal y cambiante
El código: se adapta a las necesidades propias de los géneros, por lo tanto, se habla de subcódigos (el de la poesía, el del teatro...). Por lo tanto, todos los subcódigos presentan una especial formalización (métrica, rima...). 
El mensaje: es unilateral y perenne. Además lleva una sobrecarga informativa, debido al predominio de los valores estéticos.
La función lingüística: predomina la poética, ya que predomina también el carácter connotativo en las palabras que forman los mensajes. En menor medida destaca también la función expresiva o emotiva.
El canal: habitualmente la impresión de los textos, o sea, el papel como soporte básico.

Características generales del lenguaje literario
El lenguaje literario está destinado a halagar los sentidos y el intelecto. Como elemento común podríamos decir que le caracteriza la presencia de voces cultas; un cierto gusto por la sintaxis compleja, por la sonoridad o musicalidad de los términos y las construcciones; y la búsqueda constante de la originalidad y la innovación a través del empleo de infinidad de recursos. Cada época y cada movimiento literario tienen sus propias características, lo mismo que cada autor se manifiesta según su propio estilo. De todas maneras podría indicarse lo siguiente:
Nivel fonético: Tendencia a buscar la sonoridad, la musicalidad, la cadencia, el ritmo, el impacto (aliteraciones, paralelismos, amplificaciones, variantes ortográficas y dialectales...).
Nivel morfo-sintáctico: parece habitual una cierta complejidad sintáctica. Suele respetarse la normativa sintáctica, pero se buscan períodos amplios y equilibrados. Aparición de desvíos de los usos habituales del lenguaje (usos estilísticos de los verbos, por ejemplo) en busca de la sugerencia. En este sentido vale la pena recordar figuras como la anáfora, el quiasmo, la similicadencia, el hipérbaton...
Nivel semántico: precisamente porque es un lenguaje pensado para sugerir y connotar suele ser frecuente el uso de figuras retóricas. En este lenguaje, pensado para halagar el intelecto, es donde destaca la metáfora o cualquier otra figura de las denominadas de pensamiento. 
Siempre vale la pena recordar que en este último apartado se debe pensar en qué tipo de género se está analizando y adjudicar a cada uno de ellos una cierta tendencia.
Así, por ejemplo, entre otras posibles clasificaciones, podemos hablar de figuras descriptivas (retrato, prosopografía, etopeya, enumeración, caricatura...); de figuras patéticas, más habituales en los diálogos novelísticos y teatrales (el énfasis, el apóstrofe, la exclamación, la pregunta retórica...); de figuras lógicas (como el símil, la antítesis, la paradoja...) y de otras más propiamente estilísticas (la alusión, la ironía, la perífrasis, la hipérbole...) Figuras retóricas