SÓMATOS O EL ÁNGEL SUICIDA

Ginés S. Cutillas

Vuestro honor no lo constituirá vuestro origen,

Vuestro honor no lo constituirá vuestro origen,

sino vuestro fin.

Friedrich Nietszche

 

 

17 de Diciembre de 1939 a las 19,30.

 

"Aquí Mike Fowler, enviado especial de la BBC les habla desde Montevideo. Ante mí, en el centro del puerto, está el acorazado de bolsillo 'Graf Spee', la nave corsaria de que habla todo el mundo. La unidad nazi lleva cuatro días refugiada en el puerto neutral uruguayo tras haber sostenido un duro encuentro con tres unidades inglesas que la esperan ahora fuera de los límites territoriales. Dentro de un poco, el 'Graf Spee' deberá dejar este puerto. Faltan pocos minutos para el fin del tiempo concedido a los alemanes por Uruguay para reparar los daños sufridos por el navío durante la batalla. Si dentro de unos minutos no zarpa, será incautado, y la tripulación, internada. ¿Qué harán los alemanes? ¿Se enfrentarán con los navíos que esperan fuera del puerto o dejarán que se incauten de su acorazado?

El caso provocado por este barco de guerra está por resolverse. Hay cerca de trescientas mil personal agolpadas en los muelle, en las azoteas y en los tejados de toda la ciudad. Todos quieren ver personalmente lo que va a suceder. Se saben testigos de un suceso que pasará a la historia.

Pero...¿qué pasa? Noto agitación sobre la cubierta del 'Graf Spee'... Es verdad..., el navío va a zarpar..., se siente el latir de las máquinas..., se levan las anclas..., sí, señoras y señores, el acorazado se mueve. Se dirige a la salida. Hacia el enemigo..., los alemanes se han decidido..., ahora va a suceder lo inevitable...".

 

 

19 de Diciembre de 1939.

 

El verano está a punto de entrar. En la habitación de un hotel de Buenos Aires ya se anuncia con el calor asfixiante que reina en el ambiente. Fuera, las precipitaciones discontinuas anuncian el fin de la época de lluvias.

Las primeras luces que presentan al nuevo día se filtran, por entre las persianas de madera a la sala que está amueblada de forma escueta: una sencilla cama, una mesa redonda que reina en el centro y dos sillas. Una de ellas, ocupada por un hombre sudoroso de unos cuarenta años, vestido con un impoluto traje de gala de la marina alemana desabrochado por la parte del angustiante y rígido cuello, se tapa el rostro  con las manos en señal de vergüenza. Sobre la mesa, su sombrero de plato, un telegrama, una pistola cargada y una carta por terminar.

Junto a la ventana, un ser inquietante, de espaldas al primero, mira a través de las ranuras de la persiana esbozando una sonrisa en señal de victoria. Su rostro parece haber encontrado la paz que al marino le falta. En los labios mantiene un pitillo a medio consumir y sus manos descansan en sus bolsillos. Viste completamente de negro: unos pantalones rayados en dos tonos, una camisa, una chaqueta, un abrigo largo y un sombrero de copa forman todo su atuendo, nada apropiado para recibir el verano. Sin embargo, él no suda ni parece acalorado, es más, esa ropa parece realmente abrigarle del frío que siente. Sus dos grandes alas que le nacen en la espalda formadas por plumas, igualmente negras, delatan que su naturaleza no es humana.

            Dejó de mirar por la ventana para posar su mirada sobre el hombre. Sin perderle de vista se sentó frente a él. Éste no había modificado un ápice su posición. Permitió que pasara un rato en silencio como muestra de respeto al soldado vencido. Apagó el cigarro sobre el telegrama después de encender otro con la colilla del primero. Inspiró una gran calada, y expulsó el humo que jugó a hacer remolinos sobre sus cabezas. El rostro del extraño ser, reflejaba el cansancio que sólo el paso de los años sabe dar, aun así, físicamente, parecía joven. La barba lampiña que exhibía ayudaba a acentuar ambas impresiones. Su sonrisa pétrea era discordante con la angustia del marino. Colocó los codos sobre la mesa, cruzó las manos y apoyó la cabeza sobre ellas. Se quedó observando al hombre con la melancolía del genio que se sabe ante su obra maestra y que sabe que nunca podrá superarla.

            Por fin el hombre apartó las manos de su rostro y levantó la mirada clavándola en él.

- ¿Qué va a hacer ahora capitán Langsdorff? – se adelantó.

            - ¿Que qué voy a hacer? ¿Acaso cree que tengo opciones? – respiró hondo mientras se tiraba el pelo hacia atrás y se limpiaba los ojos lacrimosos – Ha ganado y se regocija en ello. No he dejado de cometer errores en la última semana y sé que usted tiene algo que ver en ello. En seis días he pasado de ser un glorioso héroe del Tercer Reich a ser repudiado, de ser una figura ejemplar para nuestras juventudes a recibir un telegrama del mismísimo Führer ordenándome que me suicide por honor a la patria. – rió nervioso con la cara desencajada - ¡Qué me suicide! ¿Realmente cree que tengo opciones?

            - Ni mucho menos me regocijo en su desgracia, capitán. No tengo nada personal contra usted, al contrario, le admiro y eso hizo, precisamente, que me fijara en usted, en su alma noble. Para mi, el camino acaba aquí. Mi eterna angustia llegará a su fin cuando su alma traspase las puertas del infierno. Será entonces cuando mi castigo sea levantado y me convierta en un hombre corriente, un hombre mortal.

            Miró un momento al techo pareciendo buscar alguna señal que no encontró, suspiró hondo y continuó.

            - El tiempo se acaba capitán. Pronto amanecerá. Ya se ha despedido en la cena del embajador alemán y de sus oficiales. Ahora sólo tiene que concluir esa carta y todo habrá acabado.

            - Sólo le pido una cosa más – suplicó con los ojos encendidos – Me gustaría saber en qué fallé, qué decisiones fueron incorrectas, cuales fueron equivocaciones mías y cuales son resultado de su trabajo.

            Sómatos retiró los codos de la mesa, enfadado ante el nuevo retraso. Después de haber estado esperando una eternidad, unos minutos más se le hacía insoportable. Mientras se levantaba violentamente, se quitó el cigarro de la boca y lo tiró al suelo. Se quedó enfrente de él, desafiante. Le miró y poco a poco, pareció que su ira resbalaba por su cuerpo, como la piel de una serpiente que la muda, hasta desaparecer.

            - Está bien,...está bien – decía mientras daba vueltas a la habitación pensando y señalando al capitán con su dedo índice – Le haré revivir los último seis días y cuando acabe, será usted mismo el que me diga dónde se equivocó.


 

Las ordenes del führer al capitán Han Langsdorff fueron claras. Antes de que la guerra fuera declarada, partió el 21 de agosto de 1939 desde Wilhelmshaven con 1150 hombres como tripulación. 'Al romperse las hostilidades, proceder inmediatamente a la destrucción del tráfico mercante enemigo. El Graf Spee deberá comportarse como una nave corsaria, podrá cambiar de nombre y de bandera, no deberá tocar en ningún puerto, enemigo o neutral y se proveerá de combustible y víveres en la nave auxiliar "Altmark", que le esperará en puntos establecidos'.   

            Así pues, el 'Admiral Graf Spee' partió antes de que la guerra estallara para surcar las aguas del Atlántico y poder situarse en una posición cómoda para interrumpir el comercio y el abastecimiento de los enemigos.

La táctica que empleaba era siempre la misma. Primero avistaba un barco mercante, se aproximaba a él y le ordenaba que silenciara la radio para evitar que pidiera ayuda bajo amenaza de abrir fuego. A continuación lo abordaba una 'tripulación de presa', cuyo objetivo consistía en intentar conducirlos a Alemania o en su defecto tripularlos hasta que se decidiera que hacer con ellos.

El primer barco mercante apresado con este método fue el vapor inglés 'Clement' cerca de Pernambuco el 20 de septiembre. Abordó el barco una tripulación con gorras donde se podía leer 'Scheer' en lugar de 'Spee' con el claro propósito de confundirlos.

Entre el 5 y el 7 de octubre apresaron tres barcos ingleses más - el 'Newton Beach', el 'Ashlea' y el 'Huntsman' – los cuales llevaron a la popa durante unos días junto al 'Clement' hasta que decidieron hundirlos mediante torpedos y cañonazos ante la imposibilidad de llevarlos a Alemania. Antes de hacerlo, ciento cincuenta presos ingleses fueron acomodados en las bodegas del barco proporcionándoles un trato exquisito como luego muchos de ellos confesarían. Después de quince días navegando sin rumbo fijo los ingleses vieron acercarse el 'Solveig' con bandera  noruega y por lo tanto neutral. Se les comunicó que iban a ser trasladados a él y estallaron en júbilo pensando que se aventura acababa allí. Nada más lejos de la realidad. El barco noruego no era más que el 'Altmark' disfrazado bajo otra bandera y comandado por el capitán Dau, un viejo comandante nazi de 75 años que ni mucho menos trataría de forma correcta a sus prisioneros.

Tras la desaparición de estos 4 barcos, el almirantazgo inglés se hace eco de la existencia de naves corsarias en el Atlántico. Ordena rastrearlo para buscarlas, pero las ordenes son muy vagas. No saben cuantos son, ni que son, ni como se mueven,...

Forma nueve equipos de rastreo, trayendo barcos desde el mediterráneo cuando la falta de naves se hace evidente. Sin embargo el 'Graf Spee' lo tiene fácil para eludir el cerco. Los barcos ingleses funcionan todos con vapor y su humo se hace visible en el horizonte mucho antes que ellos, mientras que el acorazado alemán funciona con ocho motores diesel que ocultan su presencia.

Tras apresar tres barcos más – el 'Trevanion', el 'Africa Shell' y el 'Tairoa' – se encuentra con el 'Doric Star' el 2 de diciembre, el cual desobedece su orden de silenciar la radio y emite la señal R.R.R. que en clave significa 'somos atacados por una nave enemiga' e indica su posición. En pocas horas, aparece una escuadra inglesa en la zona.      

El capitán Langsdorff  levanta una falsa chimenea con lona e iza bandera inglesa para hacer pasar el barco como un crucero británico del tipo 'Repulse'. Con ello consigue pasar por en medio la escuadra y desaparecer de nuevo. La moral a bordo es alta, en tres meses han hundido 8 barcos y no han derramado ni una gota de sangre.

Pero la suerte estaba a punto de cambiar. Henry Harwood, comandante de tres pequeños cruceros ingleses –el 'Exeter', el 'Ajax' y el 'Achilles' - encargados de la protección de la costa sudamericana, estudia la ruta del 'Graf Spee' y consigue vaticinar con una exactitud increíble, que el rumbo que tomaría sería hacia aguas del Río de la Plata, cuando el último punto donde se avistó y el que predecía estaba a más de tres mil millas de distancia. El 'Graf Spee', de forma sorprendente, apareció puntual a su cita el 13 de diciembre a las 6 y 14 de la mañana.

Al amanecer me despertaron con la noticia  de que en el horizonte habían aparecido tres buques de guerra ingleses. Era demasiado tarde para retroceder, ya que estábamos dentro de su alcance de tiro. En unos minutos se darían cuenta de nuestra presencia, así que opté por aprovechar el factor sorpresa y dirigir un ataque directo contra ellos con toda nuestra potencia de fuego, para dejar al menos uno o dos destructores fuera de juego.

- Ese fue el primero de sus errores.

- ¿Atacar por sorpresa?

- Si hubieran sido destructores hubiera hecho lo correcto, pero eran cruceros. El 'Graf Spee' estaba totalmente fuera del alcance de sus cañones.

- Ahora lo sé, pero entonces, cuando me di cuenta ya era demasiado tarde. - El capitán sacó un pañuelo y se secó el sudor de la frente, lo plegó cuidadosamente y se lo volvió a guardar – Si hubiera sabido que eran cruceros hubiera combatido de lejos, 'golpear sin ser golpeado', y así, con tiempo, hubiera podido hundir uno a uno los tres buques ingleses. Aún así, el 'Exeter' quedó seriamente dañado con una de las primeras andanadas y quedó prácticamente fuera de combate. Pero recibíamos fuego desde una formación en abanico y no podíamos contestar a toda. Incluso un trozo de metralla me causó una herida en la cabeza. ¿No tendría usted nada que ver con esto verdad? A partir de entonces no pude pensar con claridad.

- En absoluto. Ese no es mi estilo.

Sómatos se levantó de la silla, y encaminó sus pasos hacía la ventana. Tras un momento de silencio por ambas partes volvió a hablar.

- ¿Por qué decidió entrar en Montevideo?

El oficial respiró hondo antes de contestar. Sabía que aquella había sido otra decisión equivocada.

- Tras casi hora y media de combate y con el navío demasiado dañado para continuar tuve que tomar una decisión. Si hubiera puesto rumbo a alta mar nos hubieran dado alcance seguramente barcos que venían en su ayuda. Así que, contradiciendo de mis ordenes, tuve que buscar descanso en el puerto neutral de Montevideo remontando el río de la Plata y metiéndome de lleno en la boca del lobo. El 'Ajax' y el 'Achilles' nos siguieron como hienas sedientas de sangre hasta los límites de las aguas territoriales. Entramos en Montevideo a las 11 de la noche del miércoles 13 de diciembre.

- ¡Exacto! Cometió su segundo gran error aún sabiendo que un buque de guerra beligerante no puede amarrar más de un día en puerto neutral a no ser que esté tan dañado que no pueda salir de nuevo al mar. Usted pidió asilo por quince días, mientras que el embajador inglés en Montevideo exigió que fueran sólo 24 horas para obligarle a salir cuanto antes y enfrentarse a los dos cruceros que seguían allí esperándole.

- Cuando tocamos puerto comenzó la guerra diplomática, el embajador de asuntos exteriores, el embajador inglés y yo hablamos toda la noche para acordar un plazo de salida. Yo intentaba ganar tiempo para arreglar los desperfectos y poder salir de nuevo a la batalla con toda, o al menos la mayor parte de la maquinaria en marcha. De pronto, el embajador inglés cambió de opinión y quiso concederme los 15 días, cosa a la que se negó el ministro uruguayo por ser una nave non grata en el puerto.

- ¿Quiere saber por qué cambió de opinión?

- ¡Claro! – Exclamó el capitán.

- El ministro inglés recibió un telegrama del comodoro Harwood - que era quien estaba al frente de los tres cruceros - que le rogaba que retrasara todo lo posible la salida del 'Graf  Spee' para que le diera tiempo al acorazado 'Renown' y al portaviones 'Ark Royal' a llegar para darles apoyo.

- ¡Me lo imaginaba! – exclamó – Por eso, hizo salir dos mercantes británicos en días consecutivos del puerto. Ha de pasar al menos un día desde la salida de un mercante hasta la salida de un buque de guerra enemigo, para evitar una batalla enfrente del puerto de acogida. Al hacer eso consiguió retrasar dos días la salida.

- Fue el ministro de Uruguay el que le impidió que saliera un tercero y por eso puso el plazo de 72 horas para que saliera el barco. Así que tendría que salir el domingo 17 de diciembre a las 9,30 o el barco sería incautado.

- Yo pensé que en esos tres días, nuevos buques de guerra habrían llegado a la desembocadura y estarían esperándonos. Por eso tomé la decisión que tomé.

El silencio se volvió a apoderar de la sala. Esta vez fue el capitán, quien levantando la mirada para seguir los pasos de Sómatos por la habitación, lo rompió.

- Dígame. ¿Qué gana usted con todo esto? ¿Qué interés puede tener usted en mi muerte?

- ¡Es tan largo de explicar! – Suspiró el ángel negro con cara de hastío - ¿Realmente lo quiere saber?

- Si – Resolvió tajantemente.

- Le contaré mi historia porque le profeso gran admiración por lo que ha hecho y porque, con usted, comenzará mi libertad en la tierra. Ahora, una vez conseguido, parece que el tiempo ya no importa para mi.

Sómatos volvió a sentarse enfrente del capitán, se limpió la comisura de la boca con la palma de la mano, sacó un nuevo cigarrillo y a punto de encenderlo, se adelantó el capitán ofreciéndole el fuego de una cerilla. Sonrió por el gesto y acercó el cigarro a la llama. Respiró hondo y comenzó.

- ¿Ha oído hablar de los ángeles caídos?

- ¿Es eso lo que es usted? ¿Un ángel caído? He de reconocer que no soy muy ducho en materia religiosa.

- Verá. En los años previos al gran diluvio, cuando el crimen y la promiscuidad saturaban la tierra, dos ángeles, Shamhjazi y Azael, suplicaron al Omnipotente que les dejara morar entre los humanos para así santificar su nombre. Éste les concedió su petición y permitió que un ejercito de doscientos ángeles bajaran para intentar reconducir el destino de la humanidad. Pero, tan pronto como estos ángeles tomaron contacto con los humanos se corrompieron. La mayoría se casaron con mujeres, con las que tuvieron hijos, los cuales, como castigo, fueron gigantes que se comían a las personas primero y luego, cuando ya no tuvieron nada que comer, comenzaron a comerse entre ellos. Aquellos que sucumbimos a la tentación fuimos castigados con una penitencia. A mi en concreto, como presunto cabecilla de la revuelta, no me concedieron ninguna oportunidad de volver. Dios me castigó con el eterno vagar entre los hombres. Tuve que recurrir al Diablo para que fuera el quien me pusiera una penitencia que me librara de estas malditas alas.

- ¿Quiere decir que irá al infierno cuando esto acabe? – interrumpió el oficial.

- No, ni mucho menos. El pacto al que llegué fue que conseguiría para él cierto número de almas nobles, es decir, almas que sin duda, hubieran subido al cielo acabarían en el infierno. Sólo la idea de robar las almas nobles al de arriba le excitaba y como usted debe saber, aquel que se suicide, por muy noble que sea, acaba en el infierno. Ese ha sido mi cometido desde entonces. He estado vagando por la tierra, buscando almas nobles y consiguiendo que sus cuerpos se suicidarán para ir sumando mi penitencia. Yo le puse un precio. Cuando hubiera llegado al número de almas que él me exigía perdería estas alas y me convertiría en un hombre mortal como usted.

- ¿Y que gana con eso? ¿Prefiere ser mortal a ser inmortal?

- No me entiende. El diablo no tiene poder para reenviarme arriba pero si para devolverme a la tierra en calidad de hombre. Cuando vuelva a morir, mi alma será de nuevo juzgada y podré entrar en el cielo de nuevo, limpio de todo castigo. Ese es mi fin.

El hombre se le quedó mirando a los ojos intentando asumir toda la información que el ángel le había proporcionado. Sómatos entonces, comenzó con su disculpa.

- Sé que todo lo que he hecho no ha estado bien. Sólo he hecho lo mejor para mi. He condenado a hombres igual o más nobles que usted y sólo pido que esto se me olvide cuando entre de nuevo en el cielo. No podría vivir eternamente con esa carga. Por eso estoy tan cansado – bajó la mirada para clavarla en la mesa al no poder aguantar la mirada del capitán – tan cansado... – volvió a repetir con la voz muy baja para si mismo.

- Y yo soy su última alma ¿verdad?

Asintió con la cabeza.

- Sólo dígame una cosa más. ¿En qué momento y cómo apareció en escena para llevarme a este final tan desolador? Quiero saber qué hizo exactamente para prepararme esta encerrona. No entiendo como después de hacer una campaña tan gloriosa como la del 'Graf Spee' esto acabe así.

- ¿Se acuerda del 'Doric Star' capitán?

- ¿Cómo no voy a acordarme? Fue el que radió pidiendo ayuda.

- Lo único que hice fue aparecer delante del operario de radio y obligar a transmitir el mensaje de ayuda y la posición exacta del barco en contra de la orden dada por su capitán. Éste lo hizo por puro miedo hacía mi. Es todo lo que hice. Con eso sabía que el cerco sobre el 'Graf Spee' se cerraría en cuestión de días. El honor que les enseñan en sus filas haría el resto.

El capitán puso cara de sorpresa al saber que algo tan poco elaborado había sido el detonante de todas las desgracias venideras. Una nueva pregunta acudió a su mente.

- ¿Y de todos los que fueron castigados cuantos quedan todavía por el mundo?

- Conmigo somos siete todavía.

- ¿Y todos tienen la misma condena?

- Yo fui el único que hizo tratos con el diablo. Los otros se están redimiendo con el de Arriba – dijo haciendo un gesto de desidia apuntando arriba.

El hombre bajó la mirada. Era consciente que su tiempo ya había acabado. Sómatos le alargó la pluma para que terminara la carta. Sin palabras, el oficial la desenfundó y tras unos minutos de silencio, releyendo lo que ya había escrito, prosiguió su último legado.

El ángel no pudo evitar sentir un escalofrío, se levantó muy despacio para no molestar al hombre, y se dirigió una vez más a la ventana, esta vez, con el único propósito de ocultarle su rostro desencajado. Al cabo de un rato, que pareció eterno, oyó como la pluma lloraba con la firma de capitán y supo que ya había acabado.

El oficial levantó la mirada buscando a Sómatos, que no dejó de mirar por la ventana, carraspeó y comenzó a leer en voz alta lo que acababa de escribir:

 "Al ministro alemán en Montevideo:

...

Desde un principio he aceptado sufrir las consecuencias que implicaba mi resolución. Para un comandante que tiene sentido del honor, se sobreentiende que su suerte personal no puede separarse de la de su navío...Ya no podré participar activamente en la lucha que libra actualmente mi país. Sólo puedo probar con mi muerte que los marinos del Tercer Reich están dispuestos a sacrificar su vida por el honor de su bandera. Soy feliz al pagar con mi vida cualquier reproche que pudiera formularse contra el honor de nuestra Marina. Me enfrento con mi destino conservando mi fe intacta en la causa y el porvenir de mi Patria y de mi Führer. Dirijo esta carta a Vuestra Excelencia en la calma de la noche, después de haber reflexionado tranquilamente, para que usted pueda informar a mis superiores y, si es necesario, desmentir los rumores públicos.

Capitán de Navío(K.M.) Hans Langsdorff. Último Comandante del Acorazado Admiral Graf Spee.
Buenos Aires 19 de Diciembre de 1939."

- Sólo me queda saber si en la desembocadura había más barcos.

Sómatos se impresionó que todavía tuviera la lucidez para realizar tales preguntas.

- No. Lo siento – dijo – No les dio tiempo a hacer llegar nuevos barcos. Tan sólo los dos barcos le esperaban y no estaban al cien por cien de su potencia.

El capitán sonrió como el jugador que lo pierde todo a una apuesta equivocada. Cogió la pistola en un acto reflejo y se quedó mirándola. A continuación levantó la mirada para ver a Sómatos, el cual con un gesto le presentó sus respetos.

            - Tan sólo le puedo decir que esta batalla será recordada en los anales de la historia como una de las más grandes y caballerosas que jamás se hayan dado y créame, en el futuro ingleses y alemanes, juntos, rendirán homenaje a los caídos en ella.

El oficial mostró cara de agradecimiento por esa información que sabía, le era regalada.

El ángel salió al pasillo dejando al hombre solo y cerrando la puerta lentamente tras de si. Se quedó de pie, inmóvil, apoyando la cabeza en ella, esperando,...

Un disparo mudo sonó dentro.

Sómatos, ya sin alas, recorrió los pasillos del hotel, con una lágrima dibujándole la mejilla. A su paso iban quedando las negras prendas de abrigo, que ahora le quemaban.

 

 

17 de Diciembre de 1939 a las 19,40.

 

"Mike Fowler desde Montevideo. Están llegando a la boca del puerto. ¡Se ha parado! ¡Se ha parado! ¿Qué sucede ahora? ¡Están abandonando el barco en chalupas y en unas barcas que se acercan a él!

¿Qué está sucediendo? ¡Dios mío, los alemanes han prendido fuego a la santabárbara! Nos llegan explosiones terribles. ¡Todos los cristales de Montevideo hechos pedazos! El 'Graf Spee' se está hundiendo..., los alemanes lo han volado. Pero, ¿por qué lo han hecho? ¿Por qué? ¿Por qué?..."

© Ginés S. Cutillas

 

 

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