LA SOCIEDAD DEL DUELO
Ginés S. Cutillas

El que camina una
legua sin amor,
camina amortajado
hacia su propio funeral.
Walt Whitman
A su excelentísima señoría:
Sé que la historia que voy a contar retumbará en su cabeza con la duda de la
autenticidad. Sin embargo, puedo asegurar la veracidad de la misma con la
aportación de la documentación necesaria para aquel incrédulo que me la
quisiera solicitar, sin poder descubrir mi identidad, debido a que mi figura
social y la mala reputación de mi vida turbulenta y desordenada me preceden allá
donde voy.
Contaba entonces con la edad de 23 años. Los lores ingleses, aburridos de sus
juegos clasistas y carentes de peligro, decidieron crear una sociedad secreta
llamada de los duelos. Para pertenecer a ella sólo era necesaria una condición:
estar dispuesto a morir.
Pero estoy yendo demasiado deprisa. Contaré la historia tal como la viví.
La primera ocasión que tuve conocimiento de la existencia de este club selecto
fue a través de mi amigo Percy B., cuyo apellido omitiré por respeto. Pertenecía
a una de las familias aristocráticas más conocidas de Londres. De ideas
revolucionarias claramente románticas, siempre fue muy aficionado a juegos
macabros y morbosos. Estaba casado con una mujer capaz de revolucionar la
puritana sociedad inglesa con sus escritos.
El 30 de Julio de 1821, recibí una carta en la que me rogaba que volviera sin
tardanza a Londres, desde mi estancia en Rávena, para acompañarle a una reunión
de una selección de las personas más importantes en los campos de política,
comunicación, arte y poder en general, que se celebraba para captar nuevos
miembros, debido al gran número de bajas entre ellos. Se les había pedido a
los socios que llevarán un acompañante esa noche para pasar a formar parte de
la sociedad. Aún conociéndolo, no acierto a entender todavía como me convenció
para que fuera.
La reunión era en un castillo medieval restaurado, en las afueras de la ciudad,
que servía de centro a la sociedad. Fuimos en un lujoso carruaje tirado por
magníficos caballos. A medida que nos acercábamos al castillo, que estaba
escondido en uno de los bosques más frondosos que jamás haya visto, fueron
apareciendo más carruajes, igual de lujosos, que sin duda se dirigían al mismo
lugar. Cuando llegamos allí y los socios fueron bajando de las carrozas, pude observar
que la mitad de ellos, los que sin duda pertenecían al club, llevaban un gran
medallón plateado con el símbolo de la sociedad, dos pistolas cruzadas, igual
que el de mi mentor.
El más selecto elenco de personas influyentes de todas las áreas de la ciudad
de Londres se daba cita allí. Pude reconocer, al entrar en el castillo, políticos
de la cámara y abogados de gran prestigio, así como varios magnates de la
prensa.
Entramos en una gran sala adornada con armaduras y escudos de armas colgados en
las paredes. Una gran mesa reinaba en el centro de la sala sobre una no menos
gigantesca alfombra roja que daba una sensación hogareña a la habitación. Una
gran chimenea calentaba la estancia. Nos fuimos sentando en elegantes sillas
alternándose los socios y los candidatos; mentores y pretendientes. Conté
cerca de cien personas.
El revuelo de las voces fue atajado cuando un hombre de gran estatura, con un
colgante con los mismos simbolos que el resto pero dorado, presidió la gran
mesa. Golpeó con una especie de cetro que llevaba en la mano y eso fue la señal
para que todo el mundo se callara y le mirara. Todos esperamos sus palabras con
atención.
- Ya sabéis lo que vuestra mera presencia aquí significa. Habéis venido
voluntariamente aquí para formar parte de esta sociedad secreta, de la cual
solamente saldréis sin vida...
Aquella revelación me cortó la respiración. Mire a Percy pidiéndole con la
mirada que me explicara lo que acababa de oír. Él, claramente
compungido, sólo pudo apartarme la vista para volver a colocarla en el hombre
que hablaba.
- Las reglas de la sociedad son muy básicas, así como los derechos de los
socios. Cada mes dos socios se batirán en justo duelo. La selección de los
contrincantes se realiza mediante la extracción de la bola negra de entre las
blancas. Aquel que saque la bola negra se enfrentará al ganador del mes
anterior. Una vez seleccionado se batirá todos los meses con el contrincante
asignado hasta que pierda la vida. En cada duelo uno debe morir. Nuestros cuatro
jueces – en ese momento señaló con la vista a cuatro hombres que estaban de
pie en una esquina de la sala y de cuya presencia no me había dado cuenta hasta
ese momento - se encargarán de ello. Cada adversario realizará un solo disparo
a treinta pasos de distancia. Si uno no muere en el duelo, será sacrificado
aquel que muestre peor herida en su cuerpo. – volvió a mirar a los jueces
como indicando que ellos serían los verdugos- Si ninguno resulta herido se
procederá a repetir el duelo hasta que uno resulte herido o muerto. Si algún
duelista se niega a disparar contra su contrincante será castigado igualmente.
Los cadáveres serán eliminados por el procedimiento habitual. Serán
abandonados en cualquier camino del bosque o cualquier pensión de dudosa
reputación con la intención de que crean que fueron victimas de un robo en
circunstancias de escasa respetabilidad para que la familia no investigue la
muerte y decida echar tierra sobre el asunto. La policía todavía no ha
relacionado estos asesinatos y así debe seguir. No hace falta que mencione que
los duelos están terminantemente prohibidos y que podríamos ser encerrados de
por vida por esto.
Un murmullo se apoderó de la sala. Había más gente como yo, que había sido
llevada allí engañada.
- Por supuesto, el que revele la identidad de uno de los miembros, incumpla una
de las reglas o divulgue la mera existencia de esta sociedad, será igualmente
perseguido y eliminado. El fin de la sociedad ya saben cual es: proporcionar a
nuestras vidas la emoción que la vida social nos arrebata día a día. Desde
hace cinco años venimos actuando y desde nuestra fundación con apenas diez
miembros, hemos procedido de la misma manera. A veces hemos tenido que hacer
cosas muy desagradables para respetar las normas, pero una vez muerto el primer
socio, sería un insulto perdonar la vida a cualquiera de los siguientes. No
habrá indulto de ningún tipo. Uno ha de morir ¡Siempre!
En ese momento los socios levantaron la mano derecha con el puño cerrado y
gritando en señal de acuerdo con el cabecilla.
Volví a mirar a mi amigo y lo único que recibí fue una mirada pidiéndome
perdón por lo que había hecho. Me había introducido en un club del que sólo
era posible salir muerto. En su mirada leí su consternación y su sorpresa. Más
tarde me explicaría que él pensaba que aquella reunión era para captar socios
de forma voluntaria y que el solo acto de presencia no implicaba nada. Se
equivocó y por este desliz pasé a formar parte de esta sociedad tan singular
como peligrosa.
Con el tiempo entendí mejor lo que la gente buscaba en aquel club. Era la
constante sensación de estar en peligro lo que les gustaba a aquellos
adinerados y extravagantes socios. Esa sensación de peligro que les llenaba con
el aliciente de llevar una doble vida. Ninguno se lo había contado a sus
esposas o prometidas. Era como tener un gran secreto que les aumentaba la
autoestima de una forma sorprendente. Sabían que la probabilidad de que se
tuvieran que batir era muy remota y aún en el caso de que lo tuvieran que
hacer, tenían la opción de defender su vida. Para muchos era justificable esa
remota posibilidad a cambio de la sensación de constante emoción en los que se
sentían sumidos. Externamente, el club semejaba ser uno más para los hombres
importantes de la ciudad. Muchos de ellos habían intentado pertenecer al club a
lo que sistemáticamente la sociedad se negaba. Sólo se podía acceder a él
mediante un mentor que ya estuviera dentro. A cambio los socios,
previo pago de una mensualidad de valor considerable, podían hacer uso de las
instalaciones de la sociedad: el castillo y sus alrededores. Básicamente se
reunían en los lujosos salones del castillo para hablar mientras bebían una
copa y fumaban o jugaban a cartas o al ajedrez. Muchos de ellos aprovechaban las
instalaciones para cerrar tratos con socios del club o para hacer uso de las
influencias de sus compañeros en beneficio propio. La sensación de peligro y
posible muerte les hacía ser como una gran familia y a la vez todo el mundo sabía
que no se dudaría a la hora de disparar sobre él en caso de duelo. Los cuatro
esbirros que hacían de jueces y ejecutores se llevaban la parte sucia del
trabajo. No se relacionaban con el resto de socios, debido a que pertenecían a
una clase inferior y, supongo, que tampoco querrían crear lazos de amistad con
los que probablemente más tarde tendrían que ejecutar. Eran los encargados de
deshacerse del cadáver llevándolo oculto en un carruaje de doble fondo,
actuando normalmente de noche.
Los socios aprovechaban los duelos para realizar apuestas. Se había
deshumanizado tanto el hecho de que dos hombres se batieran que parecía que
apostaran a las carreras de caballos.
Tan sólo pude presenciar, durante mi estancia en la sociedad, dos duelos. Uno
en el que Sir W. cayó muerto de un certero disparo de Mr. J. y aquel que
arrebató la vida a éste último al enfrentarse a su siguiente rival. El
primero se llevó a cabo en uno de los patios de armas del castillo mientras que
el segundo, fue en el frondoso bosque, al lado del lago que producía una
incesante y espesa niebla.
Más tarde las cosas empezaron a ir de mal en peor. Al tercer mes de mi estancia
en el club, Percy seleccionó la bola negra de la bolsa, teniéndose que batir
en duelo, del cual, afortunadamente, salió ileso. Pero un mes más tarde la
mala fortuna, cebándose otra vez en nosotros, quiso que la bola negra se me
presentara a mí enfrentando así a dos viejos amigos.
El sorteo se realizaba la noche anterior al duelo para, supongo, dar una última
noche de reflexión al posible perdedor. Aquella noche Percy y yo, nos reunimos
secretamente, violando una de las reglas de la sociedad que prohibía
tajantemente que dos contrincantes hablaran la noche anterior, para buscar una
solución y poder salir indemnes de la desagradable situación que se nos
presentaba. Uno de los dos había de morir y ninguno estaba dispuesto a disparar
sobre el otro, pero al mismo tiempo éramos conscientes que si no lo hacíamos,
igualmente seriamos castigados. Una de las ideas que nos mantuvo más tiempo
ocupados fue la de simular la muerte de uno de nosotros. Uno dispararía al aire
y el otro se derramaría sangre de cerdo sobre la camisa. Tendríamos que
sobornar a los cuatro esbirros para que se llevaran el cuerpo como muerto y que
lo dejaran fuera del alcance de la sociedad. Una vez fuera y ya salvado el
honor, habría de desaparecer de Inglaterra para siempre. Aquella solución, que
en principio pareció buena, empezó a derrumbarse por si misma. Para empezar,
¿quién se quedaba y quién se desterraba de por vida? Tampoco era una solución
para el que se quedaba que se tendría que estar batiendo hasta que la muerte lo
encontrará. Tampoco éramos muy realistas al pensar que aquellos matones iban a
aceptar un soborno. Sabíamos de miembros que antes de ser ejecutados habían
ofrecido toda su hacienda a cambio de que se les perdonase la vida y no habían
conseguido nada. Ni siquiera juntando mi capital y el suyo, claramente mermado
por las deudas de juego, hubiéramos llegado a la mitad de las sumas que se habían
ofrecido.
Sólo nos quedó la segunda opción: escapar de la sociedad y desterrarnos para
siempre, ocultándonos en el amplio mundo el resto de nuestras desbaratadas
vidas, para no ser encontrados.
Encargamos al mayordomo que llevara supuestas notas de despedida a nuestras
casas aquella misma noche. A la mañana siguiente insistimos ante los jueces
que, como éramos amigos, creíamos justo poder elegir el lugar del duelo. Se
nos concedió nuestra pequeña petición y elegimos la orilla del
lago que tanta niebla producía. A una hora bien temprana, la sociedad al
completo se presentó en él para presenciar el duelo que tanta expectación había
levantado, debido al interés de que eran amigos los que se enfrentaban.
Como estaba especificado, las únicas armas que allí se daban cita eran las del
duelo propiamente dicho y las que portaban los jueces y ejecutores. La niebla
del lago aquel día era muy espesa, lo que favorecía nuestras intenciones. Sólo
se distinguían vagas siluetas a cinco metros de distancia. Las armas fueron
sacadas de sus estuches y una de ellas me fue entregada por mi padrino. Había
optado por utilizar la mía propia y no la de la sociedad. Busqué mis siglas
grabadas en la culata para verificar que era las mía y no otra la que se me
entregaba. Tras darnos la mano como perfectos caballeros para completar la
farsa, nos pusimos espalda contra espalda y alguien contó los quince pasos
reglamentarios. Anduve los que me correspondían con la ligera dificultad añadida
que me provocaba mi cojera de nacimiento. Cuando la voz de alto sonó, me giré
sobre mí mismo para enfrentarme a mi rival y amigo, pero sólo se me devolvió
soledad. La espesa niebla junto al silencio sepulcral de los socios esperando
atisbar, al menos, el fogonazo de la pistola, me hizo sentir la seguridad de que
nuestro plan iba a funcionar. Disparé al aire intentando que el fogonazo de la
pólvora fuera lo más visible posible. Un segundo después Percy hizo lo mismo.
Yo pude ver el suyo y supuse que el mío también habría sido avistado. Con
esta señal, mi fiel criado Fletcher y uno de Percy, aparecieron de la nada a
lomos de un caballo, cada uno en dirección de su señor, para sacarnos de allí
ante la sorpresa y el aturdimiento de la sociedad en general. Aquel
precioso tiempo, en el que los espectadores se sumieron en la ignorancia de lo
que estaba pasando, nos sirvió para escapar de allí a través del bosque y
aunque aún hoy me consta que fuimos perseguidos por todos ellos, jamás nos
encontraron. Salimos del país embarcándonos hacía España para llegar luego a
Venecia, donde vivimos el mejor y más turbio año de nuestras vidas. Pero casi
un año después de nuestra huida, el 16 de Julio de 1822, Percy se ahogó en el
golfo de la Spezia en lo que pareció ser un naufragio de la embarcación en la
que era el único tripulante. Su cadáver fue arrojado a la playa comido por los
peces.
A pesar del peligro que corría al presentarme en su entierro, acudí disfrazado
para darle el pésame a su espora Mary. Su cuerpo fue incinerado en maderas aromáticas
en las playas de Viareggio. Su corazón se guardó en cal en un cofre de oro del
que su esposa se hizo cargo. Su fiel amigo y seguidor E.J. Trelawny fue
el encargado de leer fragmentos de su 'Oda al viento del oeste' y de su
'Prometeo liberado'. Me despedí de su viuda sin alarmarle de mi
sospecha que había sido ruinmente asesinado por la sociedad, de la cual no
conocía ni su existencia.
Después del entierro he estado errando por el mundo para escapar de las garras
de la sociedad que aún me sigue buscando. Sé que para ellos,
nuestra muerte es un castigo ejemplar a los ojos del resto de sus miembros.
Hoy, dos años después de la muerte de mi buen amigo Percy en aquellas extrañas
circunstancias, me encuentro lejos del hogar, en una guerra que no es la mía.
Ahora que noto cercana la muerte – si no me mata un turco infiel, serán estas
raras fiebres que me afectan las encargadas – he creído conveniente dejar
constancia de este hecho, para que no queden impunes nuestros
asesinatos, así como la de muchos otros miembros de la sociedad del duelo. Ni
siquiera puedo descartar la idea de que me hayan perseguido hasta aquí y tengan
algo que ver con estas intensas fiebres que padezco.
Atentamente suyo:
G.G.B.
Missolonghi, 18 de Abril de 1824
©Ginés S. Cutillas

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