PACTO CON LA MUERTE
Guillermo Karacsonyi
La llamé tarde, me dijo que me podía ver
pasado el mediodía, quedamos en un bar de copas por el centro. Cuando llegué,
al principio no supe quién era, siempre va disfrazada, toma diferentes
formas, distintos cuerpos, a veces humanos, a veces objetos. Me senté en la
terraza, en una mesa a la sombra frente a una maceta, entonces apareció un
hombre de unos setenta, enfundado en una gabardina marrón descolorida y con
sombrero que le cubría la frente y ocultaba de la claridad de unos ojos
negros enmarcados bajo dos espesas cejas afiladas. Apenas escapaba por detrás
del contorno de sus orejas un trozo de cabello plateado. Se sentó frente a mí,
de espaldas a la calle haciéndome oler su fragancia a farmacia antigua. Me
miró antes de pronunciar las primeras palabras, dejando entrever su rostro
espectral. Su labio inferior le temblaba apenas y tenía unas ojeras que parecían
colgarle como si la última vez que hubiese dormido fuese en la década
pasada.
-Esperaba encontrarlo más consumido, veo que su enfermedad le esta tratando
con cariño después de todo -suspiró con voz arenosa.
-Guarde esos comentarios, el cáncer hace su trabajo como buen oficinista,
todos los días despertándome a las seis y destripándome hasta el mediodía,
que creo se detiene a comer -me lamenté acabando por bajar la mirada.
-Pues pensé que trabajaba horario corrido, para eso se le paga -bromeó sin
causar la menor gracia.
Le respondí con una mirada impaciente. -Negociemos, que para eso tengo la
desgracia de verlo -declaré avocándome a la indigna tarea que me acordonaba.
-Necesito un alma, pero descuide, le resultará un trabajo sencillo, hasta
agradable si se siente un justiciero ya que esta alma está tan limpia como un
vertedero. Si le contase las cosas que hizo durante estos años ese sujeto
comprendería parte de la razón de mi existencia.
-No veo que sea una buena justificación, usted va por la vida arrancando
almas vivas, llevándoselas al otro lado sin dar explicaciones a nadie, no
necesita dármelas tampoco a mí -critique con algo de cinismo.
-Usted no tienen idea de lo que dice, hay gente que se muere, es parte de la
vida, digo más, es el cierre de la vida. Algunos mueren por viejos, otros por
enfermedades, otros por accidentes, o lo que sea, pero lo mío no son
aquellos, yo me ocupo sólo de casos especiales, de almas que están en el túnel,
y que deben salir del mundo por allí. Es otro camino, otra puerta de salida,
pero que le vengo a explicar a usted, si no comprendería ni como funciona una
puerta al más allá.
-Como sea, dígame el nombre, el lugar y como debe ser el accidente, yo me
ocupo.
El señor me pasó todos los datos, detalle a detalle, apunté algunos puntos
para recordarlos y luego pasamos al tema de la paga:
-¿Cuánto va a haber por esto? -le pregunté.
-Año -replicó tajante.
-Dos años como mínimo -subí.
-¿Dos años?, ¿que se cree, que la vida la regalan? -ironizó.
-A usted sí, o al menos se la dejan barata, si no me da dos años más de
vida no lo haré -traté de presionarlo.
El señor reflexionó subiendo la mirada a un punto perdido e invisible,
entrecerró los ojos como calculando algo, que no supe si era realmente un cálculo
o tan solo lo hacía para demostrar que se esforzaba por complacerme. Terminó
por aceptar.
-Esta bien, dos años. Es mucho, pero si hace bien su trabajo se los merecería
-acordó por fin-. ¿Es conciente que lo que le doy a usted se lo quito a
otro?, piénselo estos años que vendrán -me dijo en contra de mi voluntad.
-Si, aprenderé a vivir con ello, no es necesario que me lo recuerde -le aclaré
mientras me ponía de pie, dejaba unas monedas sobre la mesa para pagar el café,
y me alejaba sin saludar.
© Guillermo Karacsonyi

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