PARÍS: MON COEUR MIS À NU*

 Emili Gil

   

*Mon coeur mis à nu: Baudelaire escribió bajo este título un diario íntimo que fue sugerido por Poe en su ensayo Marginalia.

 

Je t'aime, ô capitale infâme! Courtisanes

 et bandits, tels souvent vous offrez des plaisirs

 que ne comprennent pas les vulgaires profanes.

 Charles Baudelaire  

Is all that we see or seem

but a dream within a dream?

 Edgar Poe

      Sucedió en una fría noche del pasado enero de este mismo año. Las calzadas de las calles aún conservaban algún rastro de la nieve que había caído a finales de diciembre. Hacía ya tres meses que residía en París, empujado por ese magnetismo singular que las mujeres ejercen sobre los hombres. Me había enamorado de Natalie en mis tierras natales, concretamente en Bel, al noreste de Castelló de la Plana, durante las fiestas mayores de estío, pero heme aquí, en suelo parisino en pleno invierno y bajo esas faldas que tiran más que dos bueyes. Aquella fría noche de enero habíamos discutido, Natalie y yo. No quería hablar ya más con ella sobre el asunto, pues consideraba que nuestro mejor aliado era, en aquel momento, el tiempo. Sí, el tiempo, ese concepto abstracto que no existe sino en mentes humanas y que nunca actúa en ningún sentido, —puesto que los que actuamos somos los seres vivos—, me serviría para reflexionar sobre el tema que me había enfrentado a mi amante. Pero esa meditación comenzaba por un principio, como casi todas las cosas. Y el principio consistía, básicamente, en alejarme de la preocupación, distanciarme de la problemática que había surgido entre nosotros para que, posteriormente, pudiera verlo desde una perspectiva más amplia y, en consecuencia, vislumbrar mejor la solución más adecuada. O sea, que en cuanto dejé a Natalie llorosa en casa, me dirigí como una flecha al bistró de la esquina y pedí un vaso de vino tinto, mientras me enfrascaba en un diálogo absurdo con el camarero.

     De ese bistró pasé a otro, y a otro, y a otro, y así mis pasos etílicos me guiaron en laberíntica procesión desde la Place de la Bastille hasta el pintoresco y alegre barrio de Montmartre. En el bulevar de Clichy varias señoritas me invitaron a entrar en cabarets y me ofrecieron con amables falsedades sus servicios lujuriosos. Rechacé tales ofertas porqué entonces mi lujuria estaba íntimamente unida a mi querida Natalie, y porqué me quedaba ya poco dinero en los bolsillos, y el poco que tenía me lo quería beber. Así, deambulaba con pasos titubeantes por las callejuelas de Montmartre, topándome una y otra vez con la retorcida rue Lepic y el Moulin de La Gallete, cuando sin querer, golpeé con mi hombro el hombro de un paseante.

     —¡Oh, disculpe!

     El paseante me miró un instante, sin dejar de andar, con unos ojos negros peculiarmente brillantes, producto sin duda de la embriaguez. No advertí, en cambio, ninguna media sonrisa ni ninguna otra señal que denotara algún tipo de aceptación de mi disculpa. No le di más importancia al incidente y continué adelante, con mi errar vagabundo, a la caza del bistró abierto.

     Ignoro que hora debía ser. Sólo recuerdo que, de vez en cuando, levantaba la cabeza hacia el cielo y me quedaba maravillado mirando la profundidad de la noche. Amaba, amo la noche con toda mi alma, con todo mi ser, tal como, parafraseando a Maupassant, se ama a la amante o al propio país: con un amor instintivo, profundo, invencible. La amo con todos los sentidos, con toda mi animalidad. Es algo ilógico, algo que pertenece a esas inmensas partes del ser humano por las cuáles merece la pena vivir: el inconsciente, el subconsciente, la niebla, la oscuridad, paradojas y relaciones extraordinarias que nos sumergen en una existencia infinitamente dolorosa e infinitamente alegre a la vez.

     Divagaba con estas fantasías cuando observé, apoyado en las barandas modernistas de la entrada del metro de Abesses, un hombre vestido con negras prendas que, con el cuerpo inclinado, estaba vomitando en el suelo de la plazoleta lindante con la rue Durantin, enfrente de la iglesia que hay.

     Llevado por un instinto de solidaridad, me acerqué a él.

     —Vomite, vomite... ¡Sáquelo todo! —le animé en cuando estuve a su lado.

     —Yo... yo... —balbuceó.

     —Nada, nada, tranquilo, que eso nos pasa a todos... Venga, ahora siéntese, aquí señor.... —le dije, indicándole un banco cercano que había en la plazoleta de Abesses.

     El hombre se ayudó de mi brazo extendido para sentarse en el banco. Entonces pude observar que, debajo de la larga capa oscura con que cubría su cuerpo hasta las rodillas, iba vestido con un elegante traje negro, aunque raído, propio de épocas pasadas. No se había manchado demasiado. Me saqué el pañuelo del bolsillo y froté la prenda a la altura del pecho.

     —Gra... gracias... —me dijo con la cabeza agachada y los párpados medio cerrados. Escondía las manos en su cabello oscuro, aguantándose la cabeza, con los codos apoyados en las rodillas.

     Al principio sólo fue una intuición, como una fugaz sombra pasajera que nos turbia el cerebro durante un instante, pero en cuanto el desconocido abrió los ojos y me miró directamente ya no tuve ninguna duda: ¡era el tipo con quién me había topado unos minutos antes! Esa peculiar luminosidad de sus ojos negros, el característico brillo de la embriaguez, la intensidad de la mirada... Sí, era él.

     —¿Se encuentra mejor, señor...?

     —Edgar, me llamo Edgar... Sí, al menos ya he vaciado algo... —me contestó en un correcto francés, aunque con un extraño acento que atribuí a su estado.

     Me gusta también la noche porqué considero que es el momento oportuno para conocer a gente que, durante el día, se oculta en los grises nichos que son los pisos y demás habitáculos que los humanos suelen denominar hogares. La oscuridad impulsa a los seres deformes, solitarios, perseguidos, neuróticos y acomplejados varios a salir a la calle; se sienten insólitamente amparados. Y muchos de ellos ahogan sus penas en litros de alcohol, en un intento vano de evitar su propio naufragio. Esa noche yo también había huido de mis preocupaciones remojándome con unos vasos de vino tinto. En mi particular naufragio, necesitaba huir de la realidad cercana para, una vez alejado, volver a mirar hacia ella. Mientras, el azar decidiría por mi. Y a veces, como es bien sabido, el azar te hace compartir cama y camino con extraños personajes... ¿Quien era ese hombre, ese borracho, ese Edgar? Antes de que pudiera sondear sus orígenes, el tipo se adelantó a mis intenciones con una singular pregunta, cortésmente formulada, de nuevo con un delicado francés y ese extraño acento:

     —¿Sabría usted decirme dónde está enterrado el poeta Baudelaire?

     Aquella pregunta me sorprendió en extremo, al tiempo que sentía como se despertaba, entre ese hombre y yo, cierto sentimiento de simpatía mutua... Para explicarme brevemente: en primer lugar, decir que no es habitual que alguien vaya preguntando por sepulcros de poetas, ni en París ni en otra parte del mundo: la cultura hace años que está en declive y a un paso de la tumba; en segundo lugar, todavía resulta menos frecuente el hecho que aquel quién ha sido preguntado por la última morada de un poeta en particular sea un gran admirador de la obra del mismo. Supongo que el feeling que sentí con el desconocido fue debido, al menos en parte, a esta conjunción de, a mi entender, insólitas coincidencias.

     —Sí, claro, en el cementerio de Montparnasse... —contesté con naturalidad.

     —Montparnasse! Ese es el nombre: Montparnasse y no Montmarte! —exclamó—. Claro, claro... Perdóneme señor, yo... Soy extranjero y había confundido los nombres... ¿Queda lejos de aquí, ese cementerio?

     —Hombre, todo es relativo... Pero sí; queda lejos, al otro lado del Sena, más al sur del Jardin de Luxembourg... Y ahora el metro está cerrado, como habrá podido usted comprobar... —suponía ingenuamente que al verlo vomitar al lado de la entrada de Abesses se habría dado cuenta de que el metro estaba cerrado.

     Nos quedamos en silencio. Él miraba con ojos inexpresivos los coches que había aparcados frente a nosotros, en la rue Durantin. Me pareció que aquél tipo estaba más colgado que un pato mareado en los subterráneos de la pirámide de Keops. Busqué alguna excusa para sonsacar algo del extravagante personaje que estaba sentado a mi lado.

      —No se moleste, pero... ¿ha leído usted algo de Baudelaire? —pregunté curioso.

     La respuesta afirmativa hubiera sido lo más lógico, ya que lo más probable fuese que me encontrara ante un turista perdido en París y un fan insaciable del poeta, que deseaba visitar la tumba de su ídolo.

     —Pues de hecho... no. Uno de los objetivos de mi viaje es leer algunos de sus escritos...

     —Entonces... ¿No ha leído Las flores del mal? ¿Ni Los paraísos artificiales? ¿Ni El spleen de París?

     —No... Y ciertamente no me enorgullezco de ello, observando la impresión que leo en sus ojos, señor...

     —Gil, Gil... Soy catalán.

     —Yo americano, de Boston... Pues, bueno, a lo que íbamos: no he leído nada del señor Baudelaire porqué, entre otras razones, hace poco tiempo que he aprendido la lengua francesa y ya se sabe que las traducciones nunca...

     —Pues se desenvuelve usted muy bien —contesté con cortesía.

     —Tan bien que lo primero que hago, al llegar a París, es confundirme con los nombres y hartarme de ginebra... —dijo, con un tono de amargo sarcasmo que denotaba una notable falta de autoestima. Tras una breve pausa, prosiguió—: ¿Sabe usted que el autor del Demonio de la perversidad decía que no hay hombre que, en determinadas circunstancias, no haya experimentado un vivo deseo de atormentar con circunloquios a quien le escucha? —y me miró fijamente.

     Me quedé perplejo y un poco asustado. ¿Era la borrachera, lo que le hacia hablar así? ¿O acaso me encontraba ante un loco esquizofrénico? ¿Por qué había cambiado súbitamente el curso de la conversación? Sin duda, en otra circunstancia me hubiese levantado del banco y me hubiera ido, pero como el vino tinto me calentaba la cabeza y no quería pensar en Natalie ni en el problema que nos separaba momentáneamente, escogí seguir en lo posible la conversación de aquel pobre diablo con quién, a pesar de su desagradable aliento a ginebra y aspecto dejado y estrambótico (“saturniano”, como definiría sin duda Baudelaire), sentía que me unía no sé que tipo de vínculo espiritual.

     —Pero... el autor del Demonio de la perversidad es Poe, y no Baudelarie... —comenté, devolviéndole la mirada.

     —¡Vaya! ¿Conoce usted a Poe? —pareció sorprenderse.

     —Algo he leído...

     —¡Caramba! Así conoce... ¿El pozo y el péndulo?

     —Aún recuerdo aquella sensación agobiante, nauseabunda, que me produjo la lectura de la descripción de la sala oscura del pozo... ¡Y la terrible angustia cuando bajaba lenta e inexorablemente la hoja afilada del péndulo mortal!

     —¿Ha leído usted El gato negro?

     —¡Y he sentido el golpe del hacha cuando el protagonista la hunde en la cabeza de su mujer!

     —¡Ja, ja, ja! —rió, primero alzando los brazos hacia el cielo y, luego, abrazándome como a un hermano que vuelve a casa por navidad.

     La borrachera de ambos había llegado al clímax de la amistad, a ese punto prodigioso donde cualquier persona te resulta extraordinariamente bondadosa y te conviertes en el amigo del alma de todo ser viviente que se cruza en tu camino. Con ese sentimiento de buen rollo y animado también por el hecho de que compartiéramos lecturas y gustos similares, le sugerí que, si no tenía inconveniente, podía acompañarle hasta el cementerio de Montparnasse. Haríamos tiempo en bistrós para que cuando llegáramos al mortuorio fuese ya de día y las puertas estuviesen abiertas. Caminamos por la rue de Abesses y empezamos a descender por la rue Lepic.

     —¿Y ese sabor deliciosamente decadente de la casa Usher, eh? ¿Qué me dice, señor Edgar? —pregunté animadamente a mi nuevo compañero.

     —Antes de responder, permítame invitarle a penetrar en un mundo de sueños, señor Gil; entremos, pues, en aquel tugurio de luces rojas que vislumbro en la siguiente esquina.

     —¡Vayamos, entonces! ¡Y brindemos con absenta, con la sin igual hada verde, musa inspiradora de toda creación terrenal y amiga íntima de la Belleza, el Placer, el Amor, la Sensualidad, la Verdad...!

     Nos sentamos en una astillada mesa de aquél viejo bistró y pedimos dos absentas. Fue entonces cuando el señor Edgar se quitó la larga capa que cubría su traje raído y donde pude contemplar con mayor claridad su cara, por primera vez. Llevaba un bigote que me recordaba vagamente a los moustaches que habían lucido Adolf Hitler, Charles Chaplin y... ¡Edgar Poe! ¡Cuántas extrañas casualidades se estaban dando aquella noche! Seguro que eran producto, todas ellas, de mi embriaguez; el estado alterado de ánimo me hacía llegar a conjeturas inquietantes y turbias que, ciertamente, desaparecerían con la luz del día, cuando la resaca hubiera pasado.

     El señor Edgar tenía la frente amplia, casi abovedada, con finas arrugas que iban de una sien a la otra.

     Su ropa estaba muy arrugada, como si la hubiese llevado mucho tiempo. Debajo del traje negro, llevaba una camisa blanca y una ligera corbata de Windsor. El conjunto, aunque arrugado, no parecía sucio, al menos a primera vista. La apariencia del desconocido me evocaba inevitablemente la imagen del daguerrotipo que había visto en una biografía de Edgar Poe pero, como ya he dejado claro unas líneas más arriba, eso se debía tratar de algún efecto óptico producido por una ingestión excesiva de alcohol por mi parte...

     —Así, pues, ¿se interesa usted por Baudelaire? —le pregunté, mientras encendía el azúcar en la cucharilla, encima de la copa de absenta.

     —Sí... Y, claro, también por Poe...

     —¿Qué sabe de ellos?

     —Muy poco —me contestó—. Sobretodo de Baudelaire, no sé casi nada... Espero que usted me ayude en esta cuestión porqué estoy interesado, sobretodo, en hacerme con algunas de sus obras en particular...

     Le comenté que en París podría adquirir con facilidad la obra completa del famoso poeta. Chocamos amistosamente los cristales de ambas copas y bebimos contentos. La absenta incitó a dar rienda suelta a nuestra imaginación. Dado que estábamos en París, esta espléndida ciudad de leyendas, pasiones y misterios, me pareció muy oportuno mencionar Los crímenes de la calle Morgue, El misterio de Marie Rogêt y La carta robada, tres relatos de Poe situados en la capital del Sena que conforman una especie de trilogía, ya que además del lugar también comparten sucesos relacionados con crímenes y un investigador en particular: Charles August Dupin.

     —Ah, sí... —comentó mi contertuliano en voz baja; hay que decir que, desde que habíamos entrado en el local, se mostraba más comedido en sus manifestaciones expresivas. En seguida, añadió—: esas historias fueron publicadas entre 1841 y 1845, si mal no recuerdo...

     Con la intención de alargar la conversación al respecto y explicar los orígenes de esas narraciones, y además motivado por la atención con que el señor Edgar escuchaba mis palabras, continué farfullando:

     —Se dice que Poe disfrutó leyendo Barnaby Rudge, de Charles Dickens, una narración donde los casos que se presentan al lector se van solucionando mediante ejercicios de cálculo, análisis y razonamiento. A partir de esta lectura, Poe se vio hechizado por esta clase de narraciones, denominadas popularmente Tales of ratiocination, y resolvió elaborar algún relato similar por cuenta propia.

     —Cierto, —me interrumpió el señor Edgar con su peculiar acento norteamericano—; y así nació lo que posteriormente se denominaría novela policíaca, cuyo aspecto más definitorio es el carácter analítico que presenta. El primer experimento que realizó el susodicho escritor se concretó en el ensayo El jugador de ajedrez de Maelzel. El componente lógico-analítico que utilizó el autor en esta obra describe y analiza en profundidad el célebre autómata inventado por el barón Von Kempelen. Dentro de este sistema de investigación se pueden incluir las tres narraciones que usted ha mencionado y, también, El escarabajo de oro. ¿Lo conoce?

     —Sí, lo leí de joven y la verdad es que me encantó. En él, Poe consigue realizar una espectacular mezcla de raciocinio, simbolismo, criptografía, superchería y lógica verdaderamente destacable... Es una obra maestra de alquimia literaria.

     —Y que se desarrolla en la isla de Sullivan... —añadió el señor Edgar, con un aire nostálgico.

     Con este detalle advertí que el borracho que me acompañaba añoraba sinceramente su lejano país. ¿Por qué motivos había abandonado su tierra? ¿Para ver la tumba de un poeta a quién desconocía? Eso era muy raro... Había algo oculto, allí; y yo quería desenterrar el secreto. Nos acabamos las absentas.

     —¿Qué le parece, si caminamos un poco más? —sugerí.

     —Sí, claro. ¡Vamos, amigo mío!

     Salimos del antro, y al poco de andar, indiqué al señor Edgar una bocacalle, a nuestra izquierda:

     —¿Ve usted aquella calle?

     —Sí... —dijo.

     —Pues es la rue Montmartre, en una librería de la cuál se conocieron el detective Charles Auguste Dupin y su amigo, el redactor de los casos al estilo que adoptaría posteriormente Conan Doyle con su Watson y Sherlock Holmes...

     —¡Ajá! Después, tengo entendido, que Dupin y su colega compartieron piso en el número 33 de la rue Dunôt, ¿no?

     —Al menos eso se puede leer en los relatos... Sí, se dice que vivieron allí, en el barrio de Saint-Germain... ¿Qué opina usted sobre la hipótesis de que Dupin fuese, de hecho, un alter ego del autor?

     —Pues pienso que seguramente es verdad. Los escritores son personas humanas, tienen sentimientos humanos, y no pueden reflejarlos en sus obras sino dejando en las palabras algo de si mismos...

     Cuando hubo pronunciado esta frase, el señor Edgar se inclinó hacia delante, se tambaleó al borde de la acera, estuvo a punto de desmayarse y finalmente se apoyó en la pared de una casa que había a nuestra derecha.

     —¿Se encuentra usted bien? —me preocupé.

     —Sí, sí... Sólo ha sido... Nada, nada... Continuemos, continuemos, por favor...

     Temí que aquel hombre se fuera a caer, o a morir, en cualquier momento y en cualquier sitio. Pero a medida que íbamos avanzando, nuestra conversación se animaba, cosa que pareció dar fuerzas a mi nuevo camarada, y alcanzaba una erudición que jamás se hubiese esperado de dos borrachos desconocidos. El señor Edgar solía apostillar mis comentarios:

     —Porqué en Los crímenes de la calle Morgue... —decía yo, abrazado con el compañero.

     —Publicado por primera vez en el Graham's Magazine, en abril de 1841... —apostillaba el señor Edgar.

     —... Se nos plantea —continuaba yo— una situación ahora ya tópica y paradigmática de las novelas de este género: ha sucedido un crimen horrendo en una estancia cerrada, donde parece imposible que haya entrado o salido nadie. Una vez más, las similitudes con Holmes, en su primera aventura publicada, Estudio en escarlata, son evidentes.

     —¡Claro...! —añadía el señor Edgar—. Pero el método deductivo y analítico que utiliza Dupin es, posiblemente, el más adecuado para dar con la solución final y resolver el caso... ¡correctamente!

     —Pues mire usted: a pesar de todas las virtudes que pueda tener esa novela, —confesé, mientras charlábamos tambaleándonos de un lado al otro de la acera—, y aunque el tono y la atmósfera de la narración resultan interesantes y verosímiles, le digo que la lectura se me hace particularmente pesada cuando diversos personajes dan su testimonio de lo ocurrido durante el momento de los crímenes... No obstante, también le digo que muchos lectores y críticos opinan que ésta es precisamente la mejor parte de la obra, ya que cada personaje que habla está cargado de matices, y que su testimonio corresponde a la manera de ser y actuar de cada cuál. O sea, que se podría decir que a nivel psicológico, los testimonios están acertadamente tratados y dibujados; incluso me atrevo a aventurar que Freud daría su visto bueno, pero a mi se me hace tan pesado...

     —¡Pues no lo lea! ¡La literatura tiene la rara virtud de dar libertad a los lectores! —exclamó él, con exultante energía.

     —¡Ya, pero es que se trata de la considerada primera obra de detectives: los cimientos de la denominada ciencia de la criminología!

     —¿Y qué? ¿Acaso es usted detective o criminólogo? ¿No? Pues, ¡a paseo! Usted utilice los libros a su gusto, que para eso están, para ser utilizados y adaptados a las necesidades individuales de cada persona en particular. No se trata de un objeto de uso general, sino particular. El libro se identifica con la persona, con el singular, nunca con el plural. Porqué la pluralidad es un conjunto de individualidades, y cada individualidad funciona de manera diferente y única. ¡Hay libros para cada momento y para cada estado de ánimo de cada vida de cada persona! No existe mayor libertad y respeto que éstos.

     Por sus respuestas respecto a la concepción y uso literario, suponía que el señor Edgar debía ser escritor o, al menos, estar vinculado profesionalmente al mundo literario o editorial. Eso, y el hecho de ser norteamericano, explicaría sus profundos conocimientos sobre Edgar Poe. Sería eso, y no la angustiosa y absurda idea que se me pasaba insistentemente por la cabeza, que estaba hablando con el propio Poe... ¡Era mentira! ¡Una gran mentira! Un engaño sin ton ni son que sólo se me aparecía para aligerarme la existencia, olvidar mis problemas con Natalie y hacerme pasar un buen rato...

     Habíamos cruzado ya los Grands Boulevards, cuando decidí preguntar a mi compañero si estaba ligado, de algún modo, a la literatura.

     —Bueno, la verdad es que... he escrito algo.

     —¿Y lo tiene publicado?

     —Sí...

     Pasó entonces por delante de nosotros un tipo con aspecto de moro que vendía latas de cerveza. El señor Edgar decidió comprar un par, para que nos acompañasen en nuestro trayecto hacia el cementerio de Montparnasse.

     —¡Hay que ver como está el mundo! —se me ocurrió decir—. ¡Cada vez hay más inmigrante por todas partes! Con esto de la globalización, a todos niveles, no sé dónde iremos a parar...

     —De todo se saca provecho, señor Gil... Y las relaciones interculturales, intersociales o denomínelas usted como quiera, a todos niveles, se han producido desde siempre, a mayor o menor escala. En el oficio de escritor se produce, a veces, oro a partir del peor carbón, y se puede jugar con facilidad con las interrelaciones e interconexiones. Llega a resultar altamente interesante. Mire usted, por ejemplo, en El misterio de Marie Rogêt: ahí Poe trasladó el caso de Mary Cecilia Rogers, un suceso acaecido realmente en los alrededores de New York...

     —Sí, y lo trasladó en el corazón de París, donde precisamente ahora paseamos bajo las luces de estas farolas —dije, señalando con gesto poético las farolas que teníamos encima.

     —Pues bien, El misterio de Marie Rogêt, —prosiguió el señor Edgar— fue editado originalmente por el propio Poe en 1842, y posteriormente reimpreso a Snowden's Ladies Companion en noviembre y diciembre de 1842; además incluía un epígrafe o subtítulo con la indicación explícita de que se trataba de: “una consecuencia de Los crímenes de la calle Morgue” —nuestra conversación se tambaleaba de un lado a otro, a nuestra propia imagen y semejanza. Estábamos ya más borrachos que unas peonzas triangulares en un paquete rectangular de Ducados Lights.

     —De esta manera el autor dejaba claro que se trataba de una segunda parte del primer relato... –murmuré, antes de dar un largo trago de la lata de cerveza.

     —¡Esta buena, eh, la cerveza! —me dijo el señor Edgar, dándome una palmada amistosa en la espalda, animándome a beber—. Pues a lo que íbamos: en este relato aparecen de nuevo Dupin y su colega en escena. La narración está plagada de notas al pie del propio autor, puesto que se trata clarísimamente de un trabajo de campo, ya que en el momento de su publicación el misterio real del caso de Mary Rogers ¡todavía no se había solucionado...! Además, Poe hace constantes paralelismos, dígale usted interconexiones, entre periódicos norteamericanos y franceses, las noticias de los cuales son la base de la composición del cuento, usando así un estilo prácticamente no utilizado hasta entonces en el ámbito literario.

     Todo había empezado con Baudelaire pero, en cambio, no parábamos de hablar de Poe. La verdad era que Poe había sido lanzado a la popularidad europea de la mano de Baudelaire, y que ambos llevaron una existencia, salvando las diferencias obvias y no tan obvias, bastante paralela. O sea que Baudelaire, ejecutando el cañón París, había disparado el proyectil Poe. ¡Vaya mezcla! Uf, puede que fuera la mezcla del vino tinto, absenta y cerveza barata, pero la verdad es que comencé a sentir un mareo bastante pesado, y me entraron ganas de mear.

     —Esto... Señor Edgar, necesito orinar urgentemente...

     —¡Haga, haga! Ahí tiene un buen rincón, entre esos dos coches... A esta hora no le verá nadie... La calle está desierta...

     Mientras aligeraba mis necesidades fisiológicas en el lugar indicado, me sentí como si me encontrara dentro de un cuento cómico o absurdo, porque mi compañero de noche no dejaba de hablar y hablar, sorprendiéndome con los profundos conocimientos sobre Poe que demostraba tener:

    —Poe llegó a escribir, en una carta a su amigo el doctor Snodgrass de Baltimore, que: “Comprobé uno tras otro los puntos de vista y los argumentos de nuestra prensa sobre ese acontecimiento y constaté convincentemente que hasta entonces no se había aproximado a la verdad. Toda la prensa iba tras una pista falsa. Estoy totalmente convencido no sólo de haber descubierto la inexactitud de la sospecha de que la joven había sido víctima de una banda de asesinos, sino de haber descrito al verdadero criminal”.

     ¡Era increíble! Me subí la cremallera, procurando no pillarme nada, y continuamos andando, en dirección al Sena.

     Cuando cruzamos el río, no recuerdo por que puente, el señor Edgar acabó su cerveza —y casi al mismo tiempo, el inacabable monólogo sobre Marie Rôget—, y yo recordé claramente lo que me había dicho el tipo al poco de conocernos, en alusión al Demonio de la perversidad... ¡Maldito borracho! Se me hacía de un pesado que... Tenía que deshacerme rápido de él. Indicarle el camino al cementerio y, ¡ala, buen viento! ¡Que se comiera el solo todos lo escritos de Poe! Suerte que, según me había dicho, de Baudelaire no conocía nada... El mareo espeso continuaba torturándome la mente, y tuve el obtuso pensamiento de acabar la conversación acerca de la trilogía de cuentos de Poe situados en París iniciándolo yo mismo, e intentando no dar pié a que mi acompañante se enrollara. Con este objetivo, empecé:

     —El relato de La carta robada...

     —Publicado originalmente —apostilló, incordiante— en la revista The Gift, en otoño de 1844...

     —Empieza con una serie de pensamientos —continué, lanzándole una mirada molesta por la interrupción— del colega inseparable de Dupin, que hace referencia a los sucesos acaecidos en Los crímenes de la calle Morgue, aunando así desde el principio las tres narraciones en un conjunto indisoluble, tal como podemos unir, por ejemplo, el ciclo de La llave de plata, de Lovecraft.

     —Compuesto a mi modesto entender por tres relatos, y no por cuatro...— apostilló.

     No se me ocurrió preguntar si conocía la obra de Lovecraft. Ya hubiera sido demasiado. Solo imaginármelo hablando de los mitos de Cthulhu y de sus diversos aspectos e interpretaciones... Hubiera necesitado mil años para vivir. Y no era el caso, porqué yo quería vivir más tranquilo, junto a mi amada Natalie... Por cierto, ¿qué estaría haciendo ahora, Natalie? ¿Se habría quedado en casa llorando? ¿Habría salido de fiesta con sus amigas?

     —Poe escribió La carta robada en la granja Patrick Bennan —continuó el señor Edgar, aprovechando que yo había estado un instante callado, distraído con mis pensamientos—, un edificio situado a orillas del río Hudson, y que por aquel entonces estaba a una docena de kilómetros de New York. Actualmente se situaría, más o menos, entre Broadway y Amsterdam Avenue.

     —Los críticos aseguran que este relato es el mejor de los protagonizados por Dupin... —dije, mostrándome tan hipócrita como somos los humanos, como si aquello me interesara de verdad.

     —¡Bah! Ya se sabe que los críticos son escritores frustrados. No hay que conceder demasiada importancia a sus opiniones... ¡Mire, un bar abierto! ¡Vamos!

     Seguro que el señor Edgar no era Poe, porqué Poe, según había leído, era un alcohólico profundo de mucho cuidado que con un solo dedo de ginebra ya no veía un burro a tres pasos. Además, los biógrafos añadían que el escritor, a parte del alcohol, también buscaba consuelo en el opio y aquel tipo no me había hecho ninguna alusión al respecto. Sólo el parecido físico, y sus palabras edulcoradas con buen tino y adecuada poesía, me habían inducido a vincular ese diablo perdido con el maestro de los cuentos de horror. ¡Para horror, el que yo estaba viviendo! ¡Más que doble, veía diecisiete veces más que cualquier vidente de pedigrí con ochenta diplomas internacionales! Si ese día pongo un anuncio en el periódico, me forro.

     Entramos, sí, entramos en ese tugurio andrajoso. A partir de ese momento, en cuanto cruzamos la puerta del bistró, recuerdo luces verdes, rojas, azules, amarillas y violetas dándome vueltas a la cabeza, ruidos de motores, tintineo de copas de cristal, campanadas a muertos, aroma a chicle de frambuesa, pieles de plátano por el suelo y frases inconexas del señor Edgar, tales como: “Todos están de acuerdo en que la puntuación es importante, ¡pero qué pocos entienden su magnitud!”, o “Cuando compro libros procuro que éstos tengan márgenes amplios”, o “La ingente multiplicación de libros de cualquier rama del conocimiento es un gran mal”, o “No es valiente de verdad el hombre que teme parecer o ser cobarde cuando le conviene”, o “La poesía es la creación rítmica de la Belleza”...

     También conservo en la memoria imágenes difusas de aquel tugurio maloliente que me inquietaron en sumo grado, pues creí reconocer entre los bebedores empedernidos que nos encontramos al bajito Toulouse-Lautrec charlando alegremente con Gauguin, y a Rimbaud dándose lengüetazos lujuriosos con Verlaine, mientras Van Gogh pintaba girasoles tornasoleados a su lado... ¡Vaya mierda que llevaba encima!

     Sé que, cuándo salimos de ahí, fuimos a parar finalmente al cementerio de Montparnasse; que ya era de día, que la luz del sol me molestaba, que mi compañero de borrachera se puso a llorar encima de la tumba de Baudelaire, que yo intenté consolarlo, que me pareció ver un cuervo muy grande y muy negro que venía hacia nosotros; que el señor Edgar dio voces gritando: “¡Ligeia!”, “¡Morella!”,  “¡Berenice!”, “¡Virgínia!”; que me contó que se había casado con su prima, que ésta había muerto de joven, y toda una rocambolesca historia plagada de tiernos incestos y penurias amorosas que desencadenó mi llanto, pues sacó a relucir mis problemas con Natalie, y entonces nos enfrascamos en una conversación sobre el amor y el desamor de la cuál no recuerdo nada, excepto que fue el preludio de nuestra despedida, pues al acabar de charlar y estando yo más agotado que un simio apaleado, el desconocido compañero me dijo con excelente y sincero francés, aunque con su extraño acento:

     —He encontrado mi corazón. Gracias.

     El señor Edgar se estiró encima de la tumba de Baudelaire, extendiendo los brazos y abrazándola. Yo me di la vuelta y me marché en silencio, cansado y mareado, sin girar la vista atrás.

     Pasada la resaca, Natalie y yo lo dejamos.

©Emili Gil


 

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