INTERIORES VACÍOS
Jesús Cañadas

Gotas de
madrugada en la ventana. El pasillo, una procesión roja de sombras apelmazadas
y alientos contenidos. Una única fuente de luz, como un faro en un desierto,
ignorante de su propia futilidad. Ruidos tenues. Rumor de televisores insomnes y
respetuosos. El murmullo susurrante de las enfermeras, un arroyo de rutina y
tensión diluidas, como patas de araña sobre la piel de un recién nacido.
Primero, esta calma
artificial, este eufemismo de agonías y confesiones terminales. Luego, mi
sombra. Alargada, inabarcable, por todos los rincones del latente corredor. Túnicas
y calaveras al servicio de vuestra imaginación. Expectante. Una sombra de
reconocimiento entre las habitaciones. Cerca, más cerca, respiraciones
entrecortadas. Un paso. Otro. Un calvario, una peregrinación como una sinfonía,
un miserere delicioso para los oídos de nadie. De nadie.
Suspiros aliviados a mi
espalda. Ellos no. Hoy no.
El camino a mi encuentro.
Manchas en las paredes, y entre las sábanas. Colores olvidados tras párpados
cerrados. Latidos agostados. Silbidos de gargantas moribundas. Interiores vacíos
en habitaciones ocupadas. Sueños perturbados por mi presencia. Corazones en un
puño; en mi puño. Manos apretadas en fútiles gestos de piedad. Oraciones
balbuceantes, efímeras en la memoria. Mañana, sólo un mal sueño. Ahora, esta
noche, la verdad.
Mi figura a la luz del cuarto
de las enfermeras. Silencio tras su puerta. Silencio elocuente. Silencio
consciente. Silencio resignado. Silencio roto, una vez traspuesto.
Pasillo abajo, más puertas, más
historias con el mismo final. Llantos, minutoshorasdías en vela dedicados al
recuerdo, a vidas pasadas y días pasados como postales desde algún lugar feliz
que pudo no haber existido. Instantes en el hielo deformante de la memoria, tan
falsos como las promesas de este lugar. Estación de retrasos, parada
inevitable, destino y salida. Punto de partida.
Último hogar.
Por fin, la puerta ante mí.
La luz queda, y mi silueta contra ella, como un cuervo sin alma, como un busto
de Palas, como una torre de corazón negro y ojos vacíos y llenos de fatalidad.
Un suspiro en el interior, quizá el último. Quizá no. Una leve exhalación,
una llena de vida, y la súbita conciencia de mi presencia. Mi mano de dedos
como siete clarines oxidados sobre el picaporte. Dentro, una lánguida llama,
casi un grito de socorro. Entre nosotros, figuras sin cara ni oídos para ella.
Todas grises a mis ojos, todas conscientes de mí. Entre el terror y la
resignación. De entre ellas, sólo una, desafiante, tenaz.
Sus ojos, llenos de amor y rabia y frustración y amor de nuevo, frente a
los míos. Y ese alma decidida en la puerta abierta. Interpuesta. Lágrimas sin
destinatario como una barrera cargada con una fracción de esperanza. Siempre
esperanza.
—No.
Sus ojos, suplicantes.
—Sí.
Los míos, impertérritos.
Y en ese momento una duda. Ni
siquiera una duda, una semilla hambrienta y sin raíz, un soplo, un germen
moribundo. La larva de la sombra de una vacilación. ¿Acaso...?
—Por favor.
Una vez más. Temblor en su
voz. Temblor en ese resquicio de esperanza. Pedazos. Siempre temblor.
Silencio por mi parte.
Entonces, como un mazo, el espejo de la verdad. El peor momento.
—¿Tú en su lugar?
Silencio por su parte. Un
silencio de hombros caídos, de corazón encogido, decepción y brusco
despertar. No en su lugar. Nunca en su lugar. Nadie.
—Lo siento.
Sus palabras, una despedida.
Pero no para mí.
Mi momento. Mi visita. Igual
que la primera, igual que la última
algún día. El aleteo de la esa duda tras de mí, más allá de éste último
obstáculo. ¿Acaso... ?
—Buen viaje.
Deseos vanos. Preguntas sin
respuesta posible. No para mí. Su pulso, lánguido. Su respiración, marchita.
Desde aquí, negrura, vacío. Su dolor, ausente por fin. Su calma sobre mí como
rayos de sol, como la primera marea de la mañana. Como un bautismo.
Una sonrisa sin carne, sólo
para mí, la primera en mucho tiempo. Una vez más, la misma tarea. Descanso
para otros, no para mí. Descanso para ti.
Aquí. Ahora.
Amigo.
Gotas de madrugada en la
ventana. El pasillo, una procesión roja de sombras apelmazadas y alientos
contenidos. Súbitos gritos sin nombre, penas arraigadas, quizá perennes. Mi
sombra, antes enorme y sobrecogedora, cada vez más menguada. Zumbidos mecánicos
en lugar de plañideras. No más túnicas y calaveras. No ahora.
Y por última vez, quizá, el
aleteo de esa duda, alrededor de mis huesos, a través de mi cuerpo como el filo
de una guadaña. La misma pregunta, desde mi primer aliento:
—¿Acaso existe
algo después de mí?
©Jesús Cañadas
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