HIDATISMO
Armando Galià
La revisión de ciertas
anotaciones, que ahora se me antojan poco cuidadosas, me remite a fechas navideñas
de entre 1996 y 1997. En su día no acerté a situarlas con más precisión que
aquel vago “Enero del 97”, sin especificar siquiera hasta qué punto estaba
transcribiendo hechos de varios días atrás. La frágil memoria sólo me asiste
insinuándome que eran días festivos y vacacionales. De ahí que me empeñe yo
en ubicar ese “origen”, bien hacia la navidad del 96, bien hacia “año
nuevo” del 97.
Por más que no recuerde fecha
del todo concreta ni circunstancias exactas, la situación no podía ser otra
que la de una tertulia trivial en el café de costumbre. Supongo que ésta debió
de transcurrir, en general, como tantas otras. Desgranaríamos desenfadadamente,
como siempre, temas nuevos u otros ya recurrentes y gastados, pero gratos en
cualquier caso para la ociosidad del momento.
En el transcurso de tan inocente
reunión se dio sin embargo el caso de que alguien me “legó”, de la más
casual manera y como simple añadido a la variopinta conversación, un cierto
“regalo”, anecdótico, pero que tendría en mí influencias y consecuencias
insospechadas. Vividas sólo íntimamente, pero que se extenderían hasta
extremos remarcables, en forma de posteriores experiencias propias.
El hecho en cuestión fue que, a
uno de los presentes (amigo y conocido de siempre) le resultó oportuno relatar
cierto sueño que había tenido muy recientemente.
En realidad habría que decir que
me lo relató concretamente a mí, a sabiendas de que siempre me ha
resultado particularmente atractivo lo raro y lo fantástico.
Y he de decir que sí. Que
efectivamente pertenezco a esa cierta especie de absurdos y delirantes letárgicos,
aposentados en la pura evasión, que vivimos tanto como nos es posible ajenos a
la realidad y regocijados, más o menos perennemente, en las veleidades de lo
extraño y lo exquisitamente oscuro. Que nos alimentamos de las migajas y
miserias de “lo maravilloso”, entendido como aquello que pertenece al reino
de la imaginación. De lo que atañe, en definitiva, a “esos otros mundos,
pero que están en éste”...
Curiosamente, quizá no pueda
decir lo mismo de mi interlocutor. De aquél que me narró su sueño... Más
bien diría de él que no es nada proclive a la condescendencia para con ningún
tipo de “ocultismos”. En todo caso es, desde luego, más o menos dado a
recrearse con la pura y simple ficción (de género fantástico, o no) como casi
todo hijo de vecino y, si no desprecia en absoluto una cierta vigencia
acerca de lo que puedan tener los sueños de fascinante o curioso, es por lo
simplemente innegable de los mismos, como fenómeno también
experimentado por él mismo (tanto como por cualquiera, por todo el mundo en
general).
De todos modos estoy hablando de
alguien sólo moderadamente fantasioso y más bien abocado siempre a la lógica
empírica. Alguien que tiende al pensamiento ordenado, deductivo y analítico,
lo cual suele proporcionarle no poca ventaja dialéctica en cualquier discusión
sobre temas, digamos, prácticos. Se muestra, en cambio, habitualmente escéptico
y crítico en lo que respecta a las licencias que pueda presentar Lo Fantástico,
en sus muy diversas maneras de manifestarse o de ser expresado dentro de la
cotidianidad. No congenia, en fin, con abstracciones ni simbolismos, ni
interpretaciones subliminales más allá de lo pasajeramente lúdico.
Con
todo, fue este sujeto el que me transmitió aquel sueño. Suyo, al fin y al
cabo, pero despachado por su parte (y no era la primera vez) como una mera anécdota
que el propio soñador, aún recreándose momentáneamente en ella, olvidaría
muy en breve... Aunque en esa ocasión acabó encontrando el narrador, y
seguramente para su sorpresa y desconcierto, a un oyente más ávido e
interesado en pormenores de lo que jamás se le había presentado... Ni siquiera
en mi persona.
Algunos detalles iconográficos que aparecían en la culminación
del sueño relatado conectaron al instante, de algún modo, con inquietudes
propias. Con esas filias (acaso enfermizas) que me llevan a admirar y disfrutar,
de alguna manera, una cierta estética de lo morboso y macabro. Bastaron para
desencadenar en mí confusas pero profundas impresiones a las que, en lo
sucesivo, ni podría ni querría yo sustraerme. Habían logrado éstas extender
de repente notables ramificaciones en el entramado de mis delirios predilectos.
Tras el relato espontáneo del sueño, y aún después de haber procurado
completarlo a fuerza de hostigar e interrogar al narrador acerca de detalles
concretos, esto fue lo que pude obtener, y posteriormente anotar, del episodio
en cuestión:
-Decir
,de entrada, que el soñador tiene (se entiende que en la vida despierta) algún
vínculo con la amurallada villa de Morella, población de la provincia
de Castellón y capital de la comarca montañosa de Els Ports, que
aún hoy mantiene un imponente aspecto medieval. Esto parece explicar el hecho
de que el sueño haya sido ubicado, presuntamente, en dicha localidad. Aún así,
el escenario que me ha sido parcamente descrito constaba únicamente de
interiores no asociados a ningún lugar identificable.
-Al
parecer, alguien (cierto amigo común) había alquilado un local en esa población,
con intención de destinarlo no se sabe muy bien a qué. Ese supuesto propósito
quedaba al margen del sueño.
-Entiendo,
por lo que me fue narrado, que el propio soñador asistía a la situación algo
más como invitado que como verdadero protagonista. Formaba parte de un
indefinido grupo de amigos y conocidos que visitaba el lugar cuando,
curiosamente, ni siquiera había sido aún supervisado por el propio
arrendatario. Este último parece ser que, al menos, encabezaba aquella primera
expedición.
-A
pesar de ser una planta baja (y resultó serlo incluso para sorpresa de quien la
había alquilado) se accedía a ella de la manera más inverosímil: Había que
bajar interminables tramos de escalera, pero sólo después de haber tenido,
absurdamente, que subir otros tantos.
-Ya
llegados al local, éste presentaba el aspecto de un desarreglado trastero, con
cierta acumulación de deshechos y objetos viejos e inservibles. Durante la
breve inspección llevada a cabo por el grupo de visitantes tenía lugar el
inquietante hallazgo: Algo apoyado contra una pared (quizá una especie de plafón
de madera) fue retirado, dejando al descubierto lo que ocultaba... Quedó a la
vista un extraño cadáver.
-El
cuerpo estaba puesto en pie o, más bien, recostado contra esa misma pared. De
su descripción no obtuve mayores desmentidos que me impidieran imaginarlo muy a
mi manera, especialmente decrépito, en un estado de momificación casi esquelética
pero conservando la piel, apergaminada y ceñida a los huesos. Visualicé su
rostro como el de una calavera casi desnuda, sin pelo, ni ojos, ni nariz, ni
apenas labios. La imagen me remite a ciertas fotografías de los cuerpos más
depauperados que puedan verse en las catacumbas de Palermo.
-Por
otra parte, las ropas que vestía el cadáver tampoco pudieron serme apenas
descritas. Al parecer llevaba una camisa, desabrochada y abierta, y un pantalón
raído. Todo ello sin más matices. Lo único que recordaba el soñador con
cierta concreción era un detalle, sólo medianamente pintoresco y que, a mí,
se me antojó incluso innecesario, frente a la vaguedad del resto: El muerto
calzaba unas vulgares zapatillas semi-deportivas (azul oscuro y ribeteadas de
blanco) de las que más comúnmente se usaban, creo yo, allá por los años 70.
-Pero
había otros elementos, también directamente asociados al cadáver, que
resultaban bastante más peculiares... En realidad confieso que se me hicieron
especialmente enigmáticos y sugestivos: La camisa abierta dejaba al descubierto
el torso del cuerpo. Por encima de un vientre “hueco y vaciado” había
enquistada la concha de un caracol marino, en la parte derecha del pecho. La
parte izquierda presentaba un abultamiento, descrito por mi interlocutor “como
si otra concha semejante estuviera alojada bajo la piel”. Finalmente había
algo, enrollado alrededor del cuello del difunto, que parecía ser un animal
muerto... Aunque el narrador usó, en principio, la demasiado genérica palabra
“animal” (ni siquiera “pez”) se decidió, ante mi insistencia, a matizar
que tal vez fuera algo así como un congrio.
Hasta aquí mis
notas sobre el sueño que me fue narrado aquella tarde, o noche...
Al poco de aquella conversación me sorprendí a mí mismo en un cierto
arrebato de fascinación alrededor de la imagen (según yo me la había formado)
del macabro objeto onírico, con todos sus desconcertantes ornamentos. Muy en
breve empecé a convertirla en motivo reiterado de algunos esbozos de dibujo a lápiz,
hasta llegar a consolidarla como tema central de ciertas “Fantasías de Desván”,
en las que multiplicaba y diversificaba tanto el propio cadáver como sus raros
adornos, enmarcándolo todo en interiores vetustos y tachonados de otros tantos
detalles extravagantes y decadentes, con inexperta vocación surrealista.
Por
entonces mi imaginación había empezado a implicar, espontáneamente, todo
aquello que me remitiera a aquella imagen. Veía con óptica alterada cualquier
anecdótico souvenir playero (cualquier concha de caracol marino) que se
ofreciera casualmente a mi vista.
Recuerdo
especialmente que, en fechas escasamente posteriores, quiso el destino ponerme
delante cierta reseña breve de periódico, en la que se anunciaba una exposición
de pinturas de Paul Delvaux. Espoleado por la pequeña reproducción de uno de
los cuadros de la muestra que, en blanco y negro, ilustraba el artículo me
sacudí, como pocas otras veces, mi sedentarismo patológico para desplazarme
hasta Barcelona. Sin más intención que la de contemplar in situ aquella
pintura. Disfruté y me regocijé con el flagrante onirismo de Delvaux, en
general. Pero me detuve sobretodo en aquel cuadro (puede que incluso uno de los
más pequeños de la exposición) que había ya salido retratado en el periódico:
Aquel en que el personaje central de la estampa era un esqueleto animado, en
actitud de haberse detenido mientras andaba, para agacharse a recoger del suelo
un pequeño objeto... Una pequeña caracola...
Ha
de desprenderse de todo esto que había yo alcanzado un cierto grado de obsesión
íntima, en lo que respecta al curioso motivo que me la había provocado. Pero,
aún más allá, esa fijación personal para con este asunto no quedaba tampoco
relegada al disfrute de una mera estética de lo decadente. En tal caso
podría haber agotado el tema, por hastío, habiéndole dedicado una cierta
profusión de esbozos dibujados, y acaso intentos pictóricos, hasta aburrirme
de ello.
Se me imponía, en cambio, alrededor de aquella imagen, el vago
cosquilleo de una inquietud más profunda. Entre duermevelas me era sugerida una
apremiante necesidad de indagar y descifrar.
He de atribuir a oscuras Deidades de los Sueños (a las que podría
decirse que rindo íntimo culto) la percepción de una indefinida intencionalidad.
Algo así como indicios de algún tipo de ritualidad secreta y terrible, que
fueran el verdadero y oculto motivo de la presencia de aquel objeto extrañamente
adornado. Quizá depositado a propósito en aquel escondrijo oscuro de un
recoveco ignorado de la cambiante y laberíntica región del Sueño... Y
descubierto, casualmente o no, por esa persona que, finalmente, me habría
llamado a mí la atención sobre ello.
Huelga decir que, por entonces, ya era yo quien me había apropiado
plenamente del fúnebre fetiche soñado... O bien que se había apropiado él de
mí.
En cualquier caso era yo quien vislumbraba significados ocultos a
dilucidar, de un modo u otro, sobre aquel asunto. El soñador original no podía
ayudarme ya más, ni proporcionarme mayores indicios en los que basarme. Pero
mis propias pretensiones febriles ya venían germinando y poseyéndome
por su cuenta: Había decidido que los posibles secretos a desvelar (si los
hubiere y ello fuera posible) acerca del extraño muerto habrían de ser tema
exclusivo de mis propias divagaciones y delirios.
Anhelaba, en definitiva, que consintieran en ser soñados por mí...
*
* *
Se supone que es una planta baja. Sin embargo, una total ausencia de
puertas y ventanas, junto con el pie de una escalera (que termina allí su
recorrido descendente desde ignotas alturas) dan al lugar todo el aspecto de un
sótano.
Casi los únicos detalles que vislumbro con claridad son los viejos
barrotes de hierro oxidado, deteriorados y hasta torcidos, de la barandilla de
aquel principio (o, para el caso, final) de escalera. Esa misma escalera
que falsea descaradamente el descenso como único posible acceso al
lugar. Aún a costa de ascender primero, antes de llegar a conducir a su destino
último. Bajando...
Luego veo escombros difusos, esparcidos por el suelo. La luz es tenue y
de origen incierto, pero el contraste de claroscuros que produce resulta sólido
y bien delimitado.
Allí, a pocos pasos y enmarcado por su propia sombra en la pared,
permanece intocado el insólito muerto. Sus brazos caídos, con las manos casi
ocultas a su espalda. Apoyado como un tablón rígido. Un tablón rígido que, aún
así, sonríe torturadamente... indeleblemente... como una malintencionada
escultura burlesca que muestra sus dientes, aún cuando ello sólo sea debido a
la inevitable ausencia de labios, carcomidos por el tiempo.
El
caracol en el pecho resalta y se percibe distintamente. Aunque casi parece una
simple piedra redondeada de tonos pardos, ciertos reflejos en su superficie
obligan a advertir lo liso y pulido de ésta. El observador repara
inevitablemente en su verdadera forma de espiral casi esférica, como un típico
hélix terrestre común, pero del tamaño de un puño y de indudable
origen marino. Fusionado por la base al costillar del cuerpo.
Ahí está también el extraño tumor, al otro lado de esa misma
caja torácica. Un bulto enterrado bajo la piel apergaminada y grisácea... Y
aquel, no menos cadavérico y momificado, animal marino de serpentina forma.
Enroscado alrededor del cuello del difunto a modo de collarín o bufanda.
Estoy
pues en lo que, para mí, es un punto (el punto) de partida. Han sido
complacidas mis maniáticas ansias de experimentar por mí mismo aquella
culminación del sueño robado. Y ahora... ¿Qué más, a partir de aquí?
Para empezar no estoy exactamente solo, aunque me cueste dilucidar razón
alguna para no estarlo. Hay alguien conmigo que tan solo observa. Lo
asumo como una “sombra acompañante”, fenómeno no tan raro en estas
circunstancias y adquirido (quizá nada más que por azar) en la neblinosa
transición de la vigilia al Sueño. Se trata de una cierta presencia cuyo
rostro nunca llega a definirse. Aún así puedo describirlo como a un personaje
extremadamente bajo y rechoncho, que no me produce otra sensación que la de ser
puramente “decorativo”. Creo que intenta conformar alguna especie de tópico
predefinido. Diría incluso que quiere ser un torpe bosquejo de “Doctor Watson”.
Como si pretendiera complementar, atribuyéndole un estereotipo literario, el
objeto de mi presencia aquí.
Quizá nada sea, en realidad, más inadecuado. Pero el Sueño propone y
asocia ideas y conceptos de manera inapelable. Por más que yo no sea ningún detective,
ni haya tampoco verdaderas pesquisas que realizar aquí, el Sueño me adjudica
un “Watson” adjunto e inseparable.
Y, a pesar de todo, cualesquiera que sean las posibles averiguaciones y
sus consecuencias se sucederán y desgranarán al dictado de esos mismos
avatares del Sueño.
Yo no puedo saber qué esperar de su transcurso y desarrollo. Puede que
intuiciones súbitas cristalizando espontáneamente. Conexiones y
prefiguraciones, válidas de pronto, pero insospechadas apenas un momento
antes...
Nada de lo que solemos entender como “lógico”. Nada de lo que en ese
sentido asumiríamos en la vigilia.
Manda y domina cualquier distorsión, cualquier otra versión del
concepto de lógica que el Sueño quiera imponer... Con o sin símiles
detectivescos o literarios.
Contemplo
el lugar y el “objeto”, en compañía de aquel impasible agente del
Sueño. Sólo, muy ligera y momentáneamente, perturba aquella quietud de
mausoleo cierto destello plateado. En el límite de mi ángulo de visión algo,
indudablemente vivo y de pequeño tamaño, se ha escabullido para ocultarse en
las sombras de un rincón apartado. Pensaría yo acaso en un ratón o en una
rata, si fueran tales bichos plateados y relucientes. No he alcanzado a verlo
bien y ya no hay ningún otro movimiento... ¿Qué podría o debería suceder a
continuación?...
A
continuación, sencillamente, hay un “salto”.
No
he visitado la población de Morella desde muy temprana infancia (en la vida
despierta). Quizá por ese motivo mi evocación de la ciudad resulta
harto negligente. Es un escenario tan desdibujado como puedan serlo mis escasísimos
recuerdos. Más arriba, en algún lugar a nuestra espalda, ha de alzarse, por
supuesto, el castillo que corona la villa. Especialmente maltratado por algunas
de las peores vicisitudes que le ha tocado sufrir a lo largo de los siglos, y aún
así altivo y majestuoso señor de sus dominios.
Pero ahora mismo (para mí) todo el escenario se concreta a duras penas
en algunas insinuaciones de fachadas y fragmentos de murallas, enlazadas con
cierta continuidad, encajonando callejuelas descendentes y algo serpenteantes.
Por encima de ellas algún retazo atisbado de un cielo tan neutro que quizá ni
siquiera se molesta en ser verdadero cielo, sino más bien espacio falto
de rellenar entre cimas de paredes.
Nos encontramos bajando por una de esas estrechas callejas. Mi acompañante
camina conmigo. Su figura se reduce a un gabán gris, de su corta pero ancha
talla, totalmente abrochado. Sus manos permanentemente hundidas en los amplios
bolsillos de la prenda. Y un sombrero, también gris y más bien pequeño que,
no obstante, parece resultar más que suficiente para acabar de ensombrecer un
rostro que no se decide nunca a ser ningún rostro concreto.
Evidentemente hemos abandonado aquella primera ubicación (robada al
“sueño original”) y hemos ganado la calle para dirigirnos a algún otro
punto cualquiera.
Pero ese lapso jamás habrá existido. Aquel “salto”, en tiempo y
espacio, nos ha situado en este “aquí” y este “ahora”. Directamente.
Sin más preámbulos que pudieran enlazar de una manera clara e inequívoca con
la situación inmediatamente anterior.
Aún así queda, de algún modo, una impresión embrionaria, semiformada...
Dejamos algo atrás y, mientras andamos, ese algo se debate sordamente en un
rincón de mi conciencia alterada,
queriendo ser desvelado...
Es algo que no acabo de ser capaz de repescar acerca de alguna de las
características más explícitas del “sueño original”. Algo que se me
escapa y se pierde mientras bajamos la cuesta de aquella calle...
Aparece
entonces la mujer de luto. Sube andando a zancadas y sollozando a nuestro
encuentro. Por esa misma callejuela que nosotros bajamos. Va ataviada de arriba
abajo con sobrios ropajes victorianos, de riguroso duelo, que incluyen un
delicado sombrerito y el velo que cuelga de él, ocultando su rostro. Sujeta en
alto con la diestra un fino pañuelo negro de encaje presto a enjuagar sus lágrimas.
Llegando casi a nuestra altura nos habla: Nos advierte entre sollozos de
que “no vayamos”.
Entiendo que se refiere a que no sigamos avanzando y no lleguemos al cabo
de la calle. Creo que quiere disuadirnos de ello como para evitar que nos
tropecemos con algo que hay allí... Algo funesto... Sin embargo se demora poco
en su insistencia. Nos rebasa, siguiendo calle arriba, sin haber llegado a
detenerse. Y estoy seguro, aún sin intentar comprobarlo, de que ya no la vería
siguiendo su camino ascendente por más que me volviera a mirar. Tengo la
certeza de que se habrá esfumado sin dejar rastro apenas nos ha pasado de
largo. A pesar de toda posible apariencia capto, de algún modo, que la
doliente plañidera fantasma es mucho menos un “personaje” que incluso mi
borroso “Doctor Watson”. Sin mayor función simbólica que la que podría
haber tenido un coche fúnebre o una corona de flores, creo que la fugaz aparición
ha ejercido, más bien, de simple “detalle anunciador” asociado a lo
mortuorio. Hay algo al final de la calle, y eso es, ni más ni menos, lo
que significa y ha querido advertir su presencia. Y si ese algo aparece
así resaltado y señalizado en el Sueño, será más bien porque se
trata de algo que nos concierne. Que, como mínimo, no puede resultarnos
indiferente... Que no podemos resistir el ser arrastrados hacia ello...
La
abrupta desembocadura de la callejuela (su punto más bajo) va a coincidir con
el punto final de una o dos callejas más que, en sus zigzagueos, se ponen de
acuerdo en morir (al menos considerándolas en sentido descendente) en aquella
especie de rellano de pura vía pública adoquinada. El lugarcillo no llega ni a
la categoría de plazoleta y, por cierto, ni siquiera sé si sería posible
asociarlo plenamente con algún punto concreto de la Morella real.
Pero el caso, el hecho relevante... es que yace allí un nuevo cadáver.
De
nuevo la impresión íntimamente aterradora (y más o menos repetida ya) de
aquella cosa desafiantemente inerte... Inconmoviblemente muerta...
No es un perfecto duplicado del anterior hallazgo, pero resulta imposible
dudar acerca de la relación inequívoca que existe entre ambos: Dos eslabones
de algún principio de concatenación activa de hechos en serie. Algo, quizá,
con vocación de epidemia decidida a expandirse. ¡Quién sabe cuánto más
allá...! Sembrando cuántos más lugares de estampas y fetiches como
aquellos... Discordantes... Como arrancados de otro cuadro y trasplantados por
la fuerza a escenarios forzados en los que no encajan ni los mismos elementos,
ni los sutiles cambios de luz que los acompañan... Ni siquiera los propios olores
que desprenden resultan congruentes en el seno de aquella alteración
perversa...
Aún
más descarnado si cabe que el anterior, este otro difunto exhibe una mandíbula
desencajada en una suerte de angustioso grito petrificado. Está tendido panza
arriba, con las piernas algo abiertas y los brazos casi en cruz. También
algunas conchas de moluscos marinos están prendidas de los harapos podridos de
su ropa y de su carne decrépita. Los hay asimismo esparcidos por el suelo,
inmediatamente alrededor de su torso y cabeza.
El Sueño se empeña en no dar importancia al hecho fantástico de que el
muerto no está realmente tumbado en el suelo, sino que se halla en impasible
levitación a un palmo escaso, pero evidente, por encima de los adoquines. Sólo
sus manos, semicrispadas, parecen obedecer vagamente a la gravedad, y apenas
parte del dorso de sus dedos roza tenuemente el suelo.
A decir verdad también la cabeza está claramente caída hacia atrás,
pero el cuello reseco aguanta con precaria firmeza y su nuca tampoco llega a
tocar el empedrado.
Examino los detalles accesorios, rodeando lentamente el cadáver,
mientras mi gris acompañante observa quieto el escenario, en actitud mucho más
rígida.
Hay caparazones de dátiles de mar, ostras y conchas de peregrino,
adheridos al cuerpo. También por el suelo, junto con algún otro ejemplar de
caracol más espinoso, llamativo y exótico. Incluso un par de erizos de mar,
muertos, cerca del cuerpo... Hay además algo de distinta naturaleza depositado
y erguido en el suelo. Muy cerca de donde debería estar la ya desaparecida
oreja izquierda del cadáver. Es una vela, o un cirio, a medio consumir,
revestida de sus propias cascadas de cera fundida y vuelta a solidificar. Su
punta de mecha, aunque ennegrecida y torcida, parece aún bien apta para no
haber dejado de arder... Interpreto, de nuevo, el carácter de aquel
detalle como algo de signo testimonial (gentileza del propio Sueño). Prácticamente
hermanado en significación con aquella mujer de luto: Una vela mortuoria, fiel
con su presencia a su simbólico cometido... y, sin embargo (o quizá
precisamente por ello) no encaja... “Algo” no encaja... Me resulta
alarmante, anormal... Podría decir incluso escandalosamente
sospechoso. No el hecho de que esté ahí presente, sino el hecho de que esté...
¡apagada!
El
siguiente es un extraño momento de revelaciones y variopintos, aunque sólo
parciales, destellos de “lucidez”.
De pronto el Sueño ha decidido que es hora de retroceder hacia
frustradas eclosiones anteriores y de redirigirlas, hasta hacerlas converger de
las maneras más extrañas. Revolotea un cierto atisbo de lógica,
tampoco del todo semejante a aquella de la vida despierta, pero que, como de una
sacudida, me lleva a la postergada reflexión que se me había estado escapando.
Concluyo: “Si el escenario del sueño original se presentaba
como un local meramente alquilado, forzosamente ha de haber un verdadero propietario”...
Alguien que, por fuerza, tenga que saber algo sobre aquel local, y acerca de lo
que contenía...
A
partir de ese momento estamos frente a la puerta de una casa. Es la puertecita
pequeña y modesta de una casa pequeña y modesta. Una de tantas de cualquiera
de aquellos callejones. Quizá a continuación habremos llamado para entrar, y
quizá incluso la puerta nos haya sido abierta desde dentro. Intuyo, con
bastante convicción, que aquella puerta de entrada tiene que dar a un pequeño
recibidor o bien a un pasillo, lugar de paso inevitable para acceder a cualquier
posterior estancia de la casa... Pero de nuevo el Sueño ha obviado estos pocos
pasos irrelevantes y, lo que sea, queda ya directamente detrás de nosotros.
Así,
sin ninguna constancia de haber llegado a traspasar el umbral nos hallamos prácticamente
bajo el marco de la puerta interior de una salita de estar, ya en las entrañas
de la casa.
Nos vemos ahí encarados, sin más, con aquel anciano sentado en su
butaca e inclinado hacia delante, en medio de la estancia.
Un
rostro de rasgos afilados, viejo aunque con pocas arrugas, emerge de unas ropas
holgadas y oscuras, que también tienen algo de arcaico. Usa unas gafas de
cristales pequeños, redondos y ahumados, como las de un ciego, que ocultan sus
ojos. Pero resulta bastante evidente que no es ciego en absoluto y que sus ojos,
en realidad, nos escrutan con atención. Sus manos, decrépitas y tan pálidas
como su cara, permanecen una sobre otra apoyadas en la empuñadura de un rústico
bastón. Son casi el otro único detalle que se define con claridad sobre el coágulo
oscuro y confuso que forman sus ropas mezcladas con la butaca en que permanece
sentado. También usa un sombrero, negro, alto, pero gastado y fláccido. De ala
ancha pero caída. Por debajo de él continúa exhibiendo algo muy semejante a
una gran sonrisa que, de todos modos, parece deberse a alguna falta de
elasticidad del rostro que le impide componer otras expresiones. Como si su piel
y músculos faciales fuesen una máscara rígida. Una máscara de nariz de pico
de buitre y mentón casi igual de puntiagudo...
Este
es el Propietario.
Por
supuesto, y aún sin formular ninguna pregunta concreta, espera respuestas.
Respuestas a los interrogantes inevitables que su actitud expectante y, de
hecho, las circunstancias en general, hacen flotar en el incómodo ambiente: ¿Quiénes
somos nosotros? ¿Qué hacemos ahí? ¿Qué queremos?...
La
salita es más bien pequeña y bien poco amueblada ni decorada. No acabo de
distinguir elementos que pudieran prolongar una descripción detallada del
lugar. No de momento... Pero sí que llego a vislumbrar algo, de repente, en uno
de los rincones más alejados, al fondo y a la izquierda. Por detrás del impertérrito
ocupante. Una mesilla muy pequeña se agazapa en ese rincón. Sobre ésta, un
tablero de ajedrez (sin piezas) y, depositada encima de él, una vieja y
carcomida caracola marina. Es un casi insignificante conjunto de objetos
inanimados, que prácticamente forman un único objeto inanimado.
Pero se da el caso de que, mientras los observo, percibo un cierto (inútil
pero palpable) “intento de voluntad”. Voluntad temerosa y desesperada por
escapar y ocultarse a mi vista. Parece como si aquellos objetos triviales, todo
aquel rincón de la pequeña salita, se estuviera estremeciendo y debatiendo en
una especie de violenta inquietud por escapar. Por resultarme infinitamente
lejano.
Creo que es a causa de la caracola. Estoy seguro de ello. Se trata de la
fuerte evidencia delatora que suscita...
Vuelvo entonces la cabeza, desviando totalmente mi vista hacia un punto
muy opuesto al anterior. Tanto si la punzada de aprensión que me obliga a ello
es una lícita asociación de ideas como si tan solo es un nuevo truco
del Sueño, el hecho es que mi atención se ha visto súbitamente atraída hacia
un armario o alacena, cerrado con doble puerta de oscura caoba. El mueble está
a mi derecha y mucho más cercano a mí que cualquier otro objeto de la sala,
incluyendo a su mismísimo habitante. Me dirijo hacia el armario. Son apenas un
par de pasos de distancia. Tiro de las herrumbrosas anillas gemelas.
Inmediatamente, desde un estante interior del armario situado a media altura, se
desparrama a mis pies una cascada de objetos de entre pequeño y mediano tamaño.
Es, esencialmente, un nutrido montón de conchas marinas, de muy diversos tipos,
formas y coloridos... Bivalvos bastante comunes entre univalvos mucho más
diversos, de espirales casi esféricas o bien muy cónicas. Tanto lisas y suaves
como espectacularmente protuberantes y espinosas. Todo un surtido entreverado de
orgánicos ornamentos marinos, sin olvidar alguna ocasional estrella de mar, y
quizá uno o dos fragmentos de puro coral. Incluso de algunos otros seres menos
identificables, salvo como crustáceos indefinidos...
Por encima de aquel montón de lo que en su mayoría son conchas resecas,
ha resbalado algo hasta el centro de una baldosa, cercana, pero que ha quedado aún
relativamente libre del reciente desparrame. Algo aún vivo que da sacudidas
produciendo bruscos destellos... plateados... Es un pez, que boquea y
colea violentamente sobre aquella baldosa como si, recién pescado, acabara aún
de ser sacado de su elemento natural.
Después de esto el estante del armario ha quedado casi vacío. Sólo
restan en el borde del mismo apenas tres o cuatro de aquellos objetos. El que más
resalta es una espiral hueca, dividida en múltiples segmentos, de un nácar
resplandeciente y límpido. Reconozco el corte transversal de un caparazón de nautilus,
tal como se me antoja semi-recordar que suele aparecer fotografiado en las
enciclopedias.
Más adentro el armario es, prácticamente, una boca de lobo. En la
negrura de sus profundidades me parece atisbar angustiosas formas torturadas y
putrefactas que no quiero llegar a ver con claridad. El Sueño establece
entonces que vuelva a encararme con el ocupante de la estancia... Con el
Propietario...
A modo de reacción y respuesta ante estos últimos hechos (causados o
removidos por mí, aunque nunca sin la complicidad del propio Sueño) me dirige
unas pocas palabras etéreas, como con una reverberación afilada y rotunda. No
se si suenan revestidas de más ira que tristeza o viceversa... Dicen...
Resuenan...:
“Antes
aquí había Mar.”
Me
doy cuenta de que la pequeña frase ostenta un eco propio. No tanto una
resonancia dentro de la salita como dentro, en realidad, de mi cabeza. Y las
palabras han sido pronunciadas sin que la máscara perversamente risueña del
anciano haya movido ni el más mínimo músculo.
Pero
me parece como si aquella escueta revelación del anciano pudiera llegar
a explicarlo casi todo, por más que no aparente contener justificación
alguna ni descubra pormenores de ningún tipo... Soy yo, de hecho, quien siente
como si unas pocas pero fundamentales ideas se desenredaran y liberaran de algún
arrinconado amasijo de impresiones reprimidas. Toma cuerpo alguna pequeña
reflexión por mi parte. Entreveo un amago de significado. Comprendo
vagamente... Y se lo hago saber. Le respondo, murmurando algo a modo de réplica,
también mentalmente:
“Por
supuesto. Claro... Antes, aquí, había mar...”
No
más allá de una breve pausa, tensa y silenciosa, me atrevo a añadir con
suficiente aplomo mi convicción última:
“En
el fondo del mar una vela no puede estar encendida.”
Sigo
viendo, durante un instante y en primer plano, la cara sonriente (aunque de algún
modo casi agresiva ahora) del anciano Propietario.
Luego tiene lugar una nueva transición brusca, que nos traslada de nuevo
a una situación distinta, sin llegar a vivir ningún paso previo a ésta. No
obstante, la laguna que instala el Sueño en este punto, no parece
alejarnos mucho (apenas un poco en el tiempo) del momento precedente. La situación
ha sufrido cambios drásticos, pero la sensación corresponde a que éstos hayan
sido instantáneos.
Nos
encontramos, mi silencioso acompañante y yo, plantados ahí mismo. En el mismo
lugar, en el umbral de aquella salita y frente a la butaca del Propietario.
Pero contemplamos ahora, no al Propietario, sino a un pelele desmadejado
que pretende ser sus patéticos restos. Al parecer (y esto lo decide también el
Sueño) el hecho de haberlo descubierto (delatado, desenmascarado) viene a ser
algo así como “suficiente”. Equivale a haberlo derrotado...
Lo que tenemos delante es su cuerpo decrépito, caído pero aún sin
renunciar a su asiento. Todavía con sus posaderas sobre la butaca, el espinazo
está cruelmente doblado hacia atrás, por encima de uno de los brazos de esa
misma butaca. Su cabeza y el dorso de los dedos de ambas manos casi rozan las
baldosas del suelo. Recuerda extrañamente a aquel “segundo cadáver”
hallado en plena calle. Incluso la mueca boquiabierta que (finalmente sí) ha
alterado de verdad su rostro, parece querer reafirmar tal asociación de imágenes.
Algunas de aquellas conchas de moluscos marinos aparecen ahora, aunque
igual de inmóviles (igual de inertes y muertas) distribuidas y orientadas por
el suelo como en una especie de deliberada peregrinación de cara al
cuerpo consumido del Propietario. Y no son pocas las que ya se hallan prendidas
de su carne y su ropa, como si realmente hubieran sido capaces de desplazarse e
incluso de trepar, para aposentarse a lo largo y ancho de aquel cuerpo. Como
poseídas de algún incomprensible y pasmoso afán de revolución o venganza
Obrando casi al modo de parasitarias sanguijuelas, aquellos restos de
moluscos insepultos han acabado castigando a su... ¿amo?... ¿tirano?... ¿esclavizador?...
Sea
lo que sea, no creo que se me de a mí comprenderlo del todo.
Las conchas de crustáceos que, de un modo u otro, han logrado acceder a
la carne de aquel ser parecen haberse cebado, sin compasión, en el inequívoco
desangramiento que ha desecado y momificado aquel cuerpo. Pequeñas
acumulaciones tumultuosas de minúsculos artrópodos y caparazones de caracoles,
de menor tamaño que mis uñas, se han aposentado ávidamente en cada uno de los
ojos... Unos ojos de los que no debe de quedar ya más que los lagrimones
(residuos) de líquido oscuro que se derraman desde las cuencas, atiborradas de
tales parásitos... Unos ojos que, pese a lo horrible de aquella imagen, me
alivia curiosamente el no haberlos llegado a ver en ningún momento. Ni antes
(ocultos por las gafas ahumadas) ni ahora... ya destruidos...
Después
de esto hay un interludio breve en que parece esfumarse toda tensión, y en que
me voy dando cuenta de que yo sólo he sido mero testigo (quizá simple excusa)
en mi condición de soñador ansioso, para el desarrollo de todo aquel rosario
de acontecimientos.
No
llego a despedirme. No hemos intercambiado una sola palabra en ningún
momento... Ahí queda, tan quieto y frío como durante todo el devenir de lo
acontecido, aquel... Observador, Supervisor... quizá Notario...
Aquel figurante inconcreto que me ha estado acompañando, encarnado en la forma
que le ha sido dictada a capricho del Sueño.
Por
mi parte, el cadáver del Propietario en el clímax de su martirio, será lo último
que veré aquí...
Me
veo ya abocado al despertar...
* *
*
Algunas
notas finales:
-El
Mar, el Océano, rezuma hostilidad y tragedia. La humanidad, siempre queriendo
imponer su dominio, ha desafiado constantemente el ímpetu y el peligro de las
aguas rabiosas. Y, constantemente también, ha pagado dolorosos tributos a su
hegemonía.
La voracidad de sus profundidades atesora infinidad de huesos de náufragos...
de conquistadores, guerreros, aviadores, pescadores, aventureros... de simples
turistas y viajeros inocentes... El Mar, el Océano... Puede contemplarse y
considerarse de muchas maneras... También como el más inmenso cementerio.
-La
villa de Morella se alza majestuosamente sobre un peñón que, por supuesto, no
siempre fue lo que es en la actualidad.
Demasiado profano en cuestiones científicas me acojo a lo que tengo más
o menos entendido. Esto es: Se da por sabido y cierto que todos aquellos macizos
calizos habrían sido formados a expensas de corales, algas y moluscos de algún
mar tropical y primigenio (¿de allá por el Período Cretácico...?).
Ese mismo peñón que alberga la Morella actual habría sido, millones de
años atrás, un sumergido arrecife de coral.
-Estoy
bastante convencido de que jamás podré atribuir, al ser a quien he denominado
“El Propietario”, ningún verdadero nombre ni nada semejante a una identidad
concreta.
Sin
embargo, albergo pocas dudas acerca de su verdadera naturaleza. Concibo,
y no sin estremecerme, la encarnación de un superviviente que se haya
arrastrado en las sombras y permanecido a través de las edades. Desde mucho
antes de que existiera la humanidad hasta mucho después de que el mar se
hubiera ido retirando de su morada...
Se trataría, en definitiva, de un Primordial. Un ente monstruoso,
ancestral y ajeno.
No se descubre ello, a mi entender, ni por su maligna avidez de ofrendas
y sacrificios ni por su intento demente de recreación de las
profundidades oceánicas, basándose en evocar su aspecto más macabro, hostil y
dañino hacia la odiada humanidad... Creo, por el contrario, que nada de esto es
ajeno al potencial de perversión, locura y malevolencia meramente humanas...
Lo que para mí sí delata realmente al Monstruo es esa sobrecogedora
nostalgia, inasumible, por Eras Geológicas tan remotamente lejanas e
inaccesibles...
©Armando
Galià
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