ALMAS
TORTURADAS: ENCARCELADAS y ESCAYOLADAS
Óscar Mariscal
1. INTRODUCCIÓN
Este pequeño artículo mío ha
conocido –sin yo pretenderlo– una difusión extraordinaria: Además de haber
sido ampliamente “pirateado” en Internet, ha aparecido en una oscura antología
cubana sobre el vampirismo. Sólo quiero recordar al lector, que esta aproximación
a los misterios del “bajo astral”, es superficial y folclórica: no le des más
vueltas al asunto.
2. “LARVAS” Y OTROS
TERRORES DEL MUNDO ASTRAL –La teoría–
A poco que se hurgue en el
origen común de las creencias populares en vampiros y otros “revenants”
espectrales, es fácil toparse con las fabulosas y vaporosas “Larvae” o
“Larvas”, mencionadas en el Satiricón de Petronio, y
protagonistas en la antigua Roma de farsas populares y celebraciones públicas
como atelanas y lemurias; la tradición judeocristiana revela su aspecto más
siniestro; y posteriormente, ocultistas clásicos como Teofrasto Paracelso,
Éliphas Lévi o Camilo Flammarión, se esfuerzan en desentrañar
el origen secreto de estas sombras inquietantes. Ya en nuestros días, el célebre
cineasta Tobe Hooper las convoca desde el vacío, para protagonizar una
cinta célebre: Poltergeist (1982).
En los libros del Zohar
y de Las Revoluciones de las Almas, estos espíritus perversos y
rencorosos aparecen como “Cortezas” o “Máscaras”. La teoría ocultista,
alineada con la creencia en una “supervivencia espectral” tras una muerte
inesperada o violenta, las describe como “cadáveres astrales”, esto es, la
envoltura de la que deberá zafarse el alma para seguir evolucionando en el
“mundo de los espíritus”: Difícil tarea para quien le fue arrebatada la
vida de forma criminal, o para quien consagró ésta a pasiones desatinadas y
perversas. Esta lívida cáscara del alma, ronda tras la muerte los lugares que
el finado frecuentaba en vida, vela por sus tesoros, y acecha desde el abismo a
sus antiguos enemigos.
La “no vida” de estos cadáveres
aéreos discurre atormentada por el deseo no satisfecho de reanudar sus antiguas
actividades; por ello, luchan denodadamente por construirse órganos vitales que
les permitan prolongar su simulacro de existencia entre los vivos, de ahí su
presencia en lugares donde el derramamiento de sangre es frecuente, pues de su cálido
vaho se alimentan; acosan a personas débiles o inclinadas al mal, de cuyo calor
vital liban hasta agotarlas, o anidan en sus cuerpos, en un estado que los médiums
califican de “embrionario”. La presencia amenazadora de estas envolturas psíquicas,
se acusa por un brusco descenso de temperatura, y una opresiva sensación de
desesperanza.
El aspecto de estas
“Larvas” según la tradición latina, es el de un espectro mustio y
arrugado, o el de un esqueleto mondo y articulado semejante a un títere. Para
los gnósticos y cabalistas su presencia asemejaría una nube de vapor coloreado
de vaga apariencia antropomorfa, que sólo puede ser percibida en un estado de
“lucidez sonambúlica”. No siendo su “cuerpo” más que un efluvio
horrible y deleznable, huyen de los espacios abiertos y las corrientes de aire,
prefiriendo ambientes húmedos y viciados, como el de las criptas de los
monasterios abandonados y otras bóvedas espeluznantes. Carecen de inteligencia
y son incapaces de razonar, pero conservan intacta la memoria, por lo que
recrean mecánicamente todos sus recuerdos y vivencias; asimismo, pueden
proyectar en los sueños o pensamientos de los vivos, sus obsesiones y terrores
de ultratumba.
Otro fenómeno de similar
“naturaleza vampírica”, es el provocado por una muerte “incompleta”
–una muerte “no física”–, producida por una incurable locura o por un
daño insoportable para el alma humana; entonces, es la envoltura astral de la
que hemos hablado, la que se encarga de animar al cuerpo físico –de una forma
instintiva y pasional–, y de conducirlo como un auténtico cadáver ambulante:
no son “malos” ni “buenos”, pero están muertos y absorben de los vivos
la energía vital que necesitan. El mencionado Éliphas Lévi dijo de estos
seres alucinantes: ¡Son muertos, que nosotros tomamos por vivos; son
vampiros, que nosotros tomamos por amigos!.
3. LA CÁMARA DE LOS ROSTROS DE ESCAYOLA –Un caso práctico–
I
Dramatis
Personǽ:
Un autorizado crítico de
arte: Articulista dominical y habitual tertuliano radiofónico.
Un inquietante caballero con
anteojos ovalados: Ex diplomático y ocultista aficionado. Tan elegante como
poco escrupuloso.
El joven Teófilo:
Coleccionista; enfermizo y de rostro bilioso. Protagonista de este relato.
Tres sombras irritadas:
Su “existencia” discurre atormentada por el deseo no satisfecho de retomar
sus antiguas actividades.
II
–¡Oh No!, no debe usted ver
en el emparedamiento mis víctimas, sólo un medio artero para escamotear a las
autoridades –tan intolerantes con aficiones como la mía– los residuos de mi
morbosa industria; lo hice enajenado por un irrefrenable sentimiento de
romanticismo: por sophistication, por oposición a esos matarifes
modernos de métodos groseros y descuidados... –en estos términos tan
sinceros, se expresó el inquietante caballero de los anteojos ovalados, ante el
atónito Teófilo.
–Mas ¡qué contratiempo!
–prosiguió con su discurso– el proceso se repetía con precisión de
anuario astronómico: no había secado
del todo mi esmerado trabajo de albañilería, cuando una máscara del finado
“brotaba” de la pared recién enlucida y alisada. Así resaltados los
rostros sobre la superficie enyesada, reproducían con asombroso detalle
–excesivo para mi gusto y mis nervios– hasta el último pliegue del
semblante de cada nuevo huésped en mi grueso muro de emparedar.
–Al principio pensé que el
cielo castigaba, con aquél fenómeno singular, mi torpeza de neófito –si
bien mi perseverancia no concedía razón para tal reprimenda–. Más tarde
cobró fuerza en mi espíritu, la posibilidad de una pesada broma promovida
desde el infierno por aquellos muertos levantiscos y rencorosos. Finalmente,
convencido de mi buen hacer, y tras leer un interesante tratado de Camilo
Flammarión –La Muerte y su Misterio, que le recomiendo
vivamente– en el que puede leerse: no existe ruptura entre esta vida y la
otra, sino continuidad, comprendí que el motivo de aquellos disturbios póstumos,
no era sino el “mortal” aburrimiento de aquellas sombras condenadas a vagar
por los arrabales del “mundo astral”. Solidarizado en extremo con esta
ocurrencia de mis fantasmas, planeo sacar provecho de ella presentándome ante
el público amante de lo raro, como un escultor extravagante.
–Pero a usted mi buen amigo
Teófilo, artesano sensible al igual que yo –insistía aquel
“sacamuelas”–, no podría mentirle acerca de la verdadera naturaleza de
“mis rostros”; con su intuición extraordinaria comprendería de inmediato
el fraude, lo que a buen seguro ensombrecería mi empresa artística...
Animado y fascinado ante tan
macabro prodigio, resolvió el joven Teófilo aceptar la invitación del
inquietante caballero de los anteojos ovalados, a examinar en soledad su aún
exigua colección. La primera vez que penetró en aquel santuario, distinguió
tres rostros –admirablemente moldeados a su tamaño natural, en sendas
prominencias de yeso–, que surgían a modo de islotes rugosos del mar lechoso
de la pared: una tríada de ceñudas caretas de escayola, cuyos rasgos se
tornaban aún más graves bajo la quimérica luz de una batería de lámparas
fluorescentes. Advertido como estaba por su anfitrión, no le sobresaltó en
exceso ver que el rostro más próximo a la entrada, abría los ojos para
contemplarle, a la par que reclamaba su atención con palabras francamente
cordiales. La máscara, bajo su piel de yeso, ocultaba a un extraordinario sabio
autodidacta; citó unas líneas del Fedón o del Alma de Platón:
sumidos en estas cavidades creemos, sin dudarlo, que habitamos lo más
elevado de la tierra; y así pasaron la noche entera discutiendo acerca de
tan incomprendido pasaje del filósofo ateniense.
La segunda visita a la cámara
no resultó tan plácida. El rostro que ocupaba la posición central se reveló
como un matón de la peor especie; no dejó ni por un momento de violentar al
joven Teófilo con su deplorable y rufianesco francés: Je suis une tete de
turque –se presentó– crachements, vomissements, crasse de tympan...
y otras obscenidades, no paraban de salir de su boca plebeya. Incluso cuando
momentáneamente engañado acercó Teófilo su oído para mejor escuchar así,
lo que al parecer era una revelación que no debían oír las otras máscaras,
poco faltó para que le fuera cercenada la oreja de una dentellada. Salió
apresuradamente de la estancia, no sin antes haberle propinado un profundo corte
en la mejilla con un pequeño cortaplumas que siempre llevaba encima –la visión
del reguero de sangre, roja y espesa, surcando el pálido y deshonesto rostro de
escayola, se le antojó especialmente desagradable–.
No puede detallarse la tercera
incursión de Teófilo en el cuarto, sin riesgo de perder la condición de
caballero, pues resultó ser la última faz la de una hermosa joven de la que
quedó inmediatamente prendado. No poseía ésta una gran cultura, y su
conversación le aburría extraordinariamente; mas cuando cesó ella su retahíla
le ofreció sus lívidos labios de talco, y él posó en ellos los suyos; y
aunque la única imagen que encontraba para describir aquella sensación, era la
de lamer una de esas tizas que usan los maestros para enseñar la lección a
nuestros diablillos... ¡cómo latía su corazón al recordar ese primer beso!.
También la cuarta visita se la dedicó el joven Teófilo a su deseada dama de escayola... mas de pronto se vio amenazado por un inminente peligro, del que le alertaron los gritos de sus nuevos amigos “los rostros” –con la excepción naturalmente, de aquella malvada careta francesa, aún resentida de su certero tajo–: Se trataba nada menos, que de su anfitrión –el inquietante caballero de los anteojos ovalados– armado con un afilado y letal escalpelo de disección, y dispuesto sin duda a inmolarle y añadirle después a su colección de máscaras –enriqueciendo así de paso su exposición, antes de abrirla al público–. Apenas terminó Teófilo de abrir su pequeño cortaplumas, cuando...
III
En su primer recorrido en
privado por el antro del escultor excéntrico, contó el autorizado crítico
–plumífero habitual de un conocido suplemento dominical– cuatro caras
talladas en yeso. Su realista ejecución le hizo pensar en dos forzudos de circo
con musculosas manazas, que desde una habitación contigua hundían en la pared
las cabezas de cuatro sujetos, hasta hacerlas asomar frente a él bajo el
enlucido. Por la publicidad que el propio autor hacía de su obra, conocía ya
la originalidad de ésta, así que no le impresionó demasiado escuchar la voz
de la careta situada en último lugar –que tenía una cicatriz gruesa como un
cordón de soldadura bajo la papada, y unos anticuados anteojos de lentes
ovaladas–. Aquel rostro se descubrió como un diletante sonado que no paraba
de parlotear sobre la general ordinariez y falta de aplicación de los artistas
modernos. Dijo también algo muy rimbombante que anotó cuidadosamente el crítico,
sobre la actitud “de algunos nuevos creadores, que honran en sus corazones
y con su oficio, el arte majestuoso de sus maestros”...

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