LA NOCHE DE LAS GAVIOTAS
Ossorio-Lovecraft: Cocktail explosivo
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Director: Amando de Ossorio |
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Innsmouth
se trata sin duda alguna de una localidad que Stephen King catalogaría sin pensárselo
dos veces de “pueblo peculiar”, (ver notas de Pesadillas y alucinaciones del mismo autor), ya que es el eje
alrededor del cual giran historias paralelas. El relato de una pareja que llega
a un municipio donde aparentemente nunca pasa nada pero que precisamente es allí
donde los recién llegados descubren alguna actividad de cariz más o menos
terrorífico, que para colmo sucede periódicamente, es algo tan típico y
manido en la literatura y el cine que puede que no merezca ni una línea más de
comentario (un exquisito ejemplo de ello es ¿Quién
puede matar a un niño?, de Chicho Ibáñez Serrador, pero hay a miles).
Así
de mal —típico y tópico— empieza La
noche de las gaviotas de Amando de Ossorio. Sabiendo además que se trata de
la cuarta y última entrega de la saga de los templarios sin ojos (léase Lovecraft
magazine número 6), la cosa no
pinta demasiado bien de entrada ¿para qué engañarnos más, aunque nos guste
—ambas cosas: la saga de Ossorio y engañarnos—?
No obstante, el interés de su visionado por parte de almas freakis y espíritus hechizados por lo insólito, además del placer de contemplar una serie B en todo su jugo, consiste en el hecho de que hay una serie de detalles que parecen indicar que Ossorio pretendió hacer esta vez una especie de homenaje a Lovecraft y a su obra. En tal sentido, el film empieza a saco, al menos en la versión for Spain —en otras versiones lo ignoro— mostrándonos directamente la imagen pétrea de un extraño ídolo, sobre el que aparecen las letras ensangrentadas con el título de la película. A continuación, una serie de imágenes de gaviotas blancas graznando cual cuervos negros (¿por qué no chotacabras?) llenan la pantalla. Dichos graznidos, o chillidos, bien nos pueden evocar a los peculiares “¡Tekeli-li! Tekeli-li!” de reminiscencias siniestras y de clara tradición literaria (léase Lovecraft magazine 2).
Además, a los pocos minutos de largometraje aparece de nuevo la estatua pétrea de la especie de sapo que ya vimos al inicio, un batracio grande no catalogado todavía ni en biología, zoología o criptozoología, al menos de forma oficial, que da pie a las más inverosímiles sospechas e hipótesis conspirativas. El bicho en cuestión tiene los ojos grandes, redondos y saltones, de esos que se diría que sólo les falta un muelle para salirse de las órbitas y que, personalmente, he tenido la oportunidad de contemplar en diversas personas por la plana de Vic; las fauces abiertas, mostrando unos dientes puntiagudos e irregulares que nos remiten directamente a saurios y cocodrilos; es panzón, y su piel está recubierta por escamas que pudieran pertenecer tanto a un pez como a un dragón de la mitología china; las orejas ovaladas y echadas para fuera pudieran ser las de un duendecillo escandinavo del bosque o las del príncipe de Inglaterra; el grueso cuerno que corona su cabeza lo envidiaría cualquier unicornio que se precie (ni que fuera azul, como el que comparten Silvio Rodríguez y Luis Eduardo Aute de vez en cuando); con los dos brazos pegados al cuerpo, que acaban palmípedos y con cuatro dedos, según me ha permitido ver la mala calidad de la copia en vídeo VHS que poseo. Además está agazapado sobre un pedestal...
Dicho esto no creo que haya demasiadas dudas en suponer que la "cosa" hace referencia más o menos directa a las diversas descripciones que Lovecraft hizo de una imagen de Cthulhu (léase, especialmente, la descripción dada, ya célebre para los amantes del género, en El llamado de Cthulhu, y que el lector haga las comparaciones pertinentes).

Bella y bestia son... ¿Cual es cuál? A saber...
La mezcla de los zombies templarios sin ojos de Ossorio con la mitología chulthuliana hace que el film tenga un algo indefinible, un halo estrambótico, un aura divina-enfermiza que pica la curiosidad del espectador y evita que no se vaya directamente a la sala del lado a tomar un cognac, o un baño en buena compañía. A todo ello el director gallego añadió arquetipos ancestrales, que van más allá de Lovecraft y que se pierden en la noche de los tiempos, en el totemismo más audaz y en el fetichismo más auténtico. El ofrecimiento del corazón de las víctimas (jóvenes y hay que suponer que vírgenes —símbolo de pureza—) al interior de las fauces abiertas del monstruo pétreo es un ejemplo de ello.
Resulta presumible suponer
cierta sumisión de los templarios a extrañas divinidades ligadas sin duda con
el mar, cosa que hace sospechar un posible acuerdo de los caballeros con los
Profundos e inclusive un hipotético encuentro con los nativos del este de
Otaheite, actual Tahití (no hay que olvidar que en la tercera entrega de la saga, la
inmediatamente
anterior, El buque maldito, los
templarios deambulaban por los océanos con un bajel cual fantasmas del mar,
detalle que permite la hipótesis descrita: una cierta ligazón entre profundos
y zombies —todos ellos medio
humanos—). Para acabar de precisar el vínculo marítimo, Ossorio nos ofrece
algunas imágenes en las que aparecen unos grandes cangrejos que se alimentan
con la carne de las víctimas ¡La venganza de las mariscadas! Y el colmo de la
síntesis entre los mundos de los dos creadores lo constituye el hecho de que
los típicos chapoteos que aparecen a menudo en los relatos del escritor de
Providence, y que sugieren la presencia más o menos cercana de alguna criatura
abisal, en el film se ven substituidos por los chapoteos que hacen los cascos de
los caballos templarios, cuando cabalgan por la orilla de la playa e incluso
dentro del mar.
Pero
volvamos al pueblo: en La noche de las
gaviotas no se nos dice en ningún momento el nombre del municipio, aunque
queda suficientemente claro que se trata de un pueblo pescador, con la gente
arreglando redes por las calles y tal. E incluso me atrevería a decir que es
una localidad gallega... Al igual que Lovecraft, Ossorio trabaja
en esta ocasión la atmósfera, lo que rodea a la trama. Con tal fin, aparecen
una y otra vez las gaviotas volando de noche, chillando, representación de las
almas en pena de las chicas muertas en sacrificio (idea que podemos encontrar con
insistencia en varios relatos Cthulhunianos de August Derleth) y que nos evocan
irremisiblemente a las bandadas de chotacabras
que aparecen en algunas páginas de Lovecraft (véase El
horror de Dunwich, por ejemplo); los extraños cánticos que preceden a
dichos sacrificios son realmente sobrecogedores, (con elementos de resonancias
subacuáticas que remiten indudablemente a La
música de Erich Zann), y se deben una vez más a la espléndida labor de
Antón García Abril, autor a su vez de la música principal de toda la saga que
pone los pelos de punta (es de esas músicas que no dejan lugar a dudas de que
lo que vamos a visionar es una película de terror y no otra cosa ¿entendido?).
Otro de los aspectos que ayudan a crear una atmósfera adecuada es el repique de campanas de un campanario imposible y que anuncian el comienzo de la procesión de viejas encapuchadas con prendas negras que llevan a la joven víctima vestida de blanco (¿reminiscencias a la Santa Compaña?). En La sombra sobre Innsmouth el borracho del pueblo, el entrañable Zadok Allen, jugaba un papel clave en el desarrollo de la historia, por la información que daba al protagonista y al lector. Aquí el papel lo toma el tonto del pueblo, que es también el transmisor de información para entender buena parte de lo que sucede.

A cabalgar, a cabalgar...
Con
todo ello Ossorio confeccionó un cocktail
explosivo entre sus caballeros tan unidos a la cultura occidental (a pesar de
las evidentes relaciones con la oriental: no hay más que recordar el Ankh que lucen en
sus vestimentas) y la mitología abisal de los océanos ligada, a su vez, a mundos
extraterrestres-intraterrestres que creó, o vislumbró, Lovecraft. Es un poti-poti
comparable a las mezclas con base de absenta que Toulouse-Lautrec preparaba para
sus colegas en el Moulin Rouge y por las empinadas callejuelas de Montmartre:
después de ingerirlas las consecuencias eran imprevisibles. Desde la genialidad
más delirante al más tórrido aplatanamiento, no había término medio: la
mediocridad no tenía lugar. Fracaso o éxito.
Lo
mismo se puede decir de La noche de las
gaviotas: después de verla puede que la vida te cambie definitivamente y te
hagas, por decir algo, tarotista de profesión vía telefónica o que pongas una
paradita de bocadillos de atún a la salida de la capilla del barrio de Tepito,
ciudad de México, donde se venera con devoción extrema a la Santa Muerte,
Santa Niña Blanca o Soberana Señora (que es lo mismo, de orígenes prehispánicos,
y que la Inquisición española, cuando el genocidio de las Américas, se ocupó
de ocultarla e intentar extirparla, sin éxito —por suerte, y para regocijo de los amantes de
lo fantástico y lo maravilloso—).
Sin
desmerecer nada de lo dicho, el director gallego se olvidó de colocar una línea
férrea, preferiblemente abandonada, en el pueblo, lo cual hubiera aumentado sin
duda la calidad del filme y las perspectivas de la saga en general (sobretodo
teniendo en cuenta el acertado final de La
noche del terror ciego, la primera entrega). E incluso hubiera tenido la
oportunidad de añadir todavía unos cuantos metros de celuloide más, otra
entrega (¿la definitiva? ¿la penúltima?), plasmando a sus caballeros fantasmagóricos sobre
los inquietantes raíles de una línea férrea maldita. Y entonces tan solo
hubiera faltado colocar a los templarios no-muertos en un viejo campo de
aviación abandonado de alguna guerra olvidada, para que los caballeros sin ojos
se convirtieran en amos y señores de tierra, mar y aire. Delicioso.
Emili Gil
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