LOS VIAJES EN EL ESPACIO Y EN EL TIEMPO DE C. S. LEWIS Y J. R. R. TOLKIEN
por Carles Bellver Torlà

    Años después, tanto Lewis como Tolkien evocarían aquella ocasión, hacia 1936, en la que, tras constatar lo poco satisfactorio del panorama literario del momento, decidieron escribir ellos mismos las historias que les habría gustado leer. “Supongamos”, propuso Lewis a su colega, “que tú escribes un relato de viajes en el tiempo... y yo uno de viajes en el espacio”. Lewis cumplió en seguida su parte con la novela Lejos del planeta silencioso (1938), inaugurando así la saga de Elwin Ransom, que luego continuaría en Perelandra (1943) y Esa horrible fuerza (1945). Tolkien, sin embargo, aunque llevó a cabo dos intentos, El camino perdido en 1937 y Los papeles del Notion Club en 1945, dejó ambos inconclusos.

OXFORD, AÑOS TREINTA
    Clive Staples Lewis nació en Belfast en 1898. Huérfano de padre y madre desde los diez años, estudió en varios colegios de Irlanda del Norte e Inglaterra, y en 1917 ingresó en Oxford. Ese mismo año, con la Primera Guerra Mundial aún estancada, se alistó en el ejército y entró en combate en el valle del Somme. En abril de 1918 lo hirieron en la batalla de Arrás y fue repatriado. En 1919 volvió a Oxford para retomar sus estudios de literatura clásica, historia antigua, filosofía e inglés. En 1925 obtuvo el puesto de tutor de lengua y literatura inglesa en el Magdalen College. Fue allí donde conoció a Tolkien, con quien pronto simpatizaría. En diciembre de 1929 Lewis le escribió a un amigo: “Estuve levantado hasta las 2:30 el lunes, hablando con el profesor de anglosajón Tolkien, quien regresó conmigo al College para conversar sobre los dioses y los gigantes de Ásgard durante tres horas y luego partir con el viento y la lluvia. Quién hubiera podido echarlo, con lo brillante que estaba el fuego y lo agradable que era la conversación.” Pero la influencia de Tolkien iba a manifestarse ante todo en un terreno mucho más personal. Tolkien era católico romano, mientras que Lewis, educado en el seno de la Iglesia Anglicana, había abandonado muy joven la fe y se consideraba a sí mismo agnóstico. Sus puntos de vista radicalmente opuestos chocaron en seguida, pero diríase que en el fondo Lewis deseaba volver al redil, pues a Tolkien le bastó con otra de aquellas charlas que se prolongaban hasta la madrugada para convencerlo definitivamente de la verdad literal del mito cristiano. Lewis siempre le estuvo agradecido por ello y  su amistad iba a ser muy sólida durante muchos años.
    A partir de 1930 se formaría alrededor de Tolkien y Lewis un pequeño club privado de profesores, los Inklings, todos ellos literatos aficionados de sensibilidad más bien conservadora o incluso reaccionaria. La nómina de miembros del club no era fija. Solía incluir entre otros a Warren Lewis (hermano de Clive), Charles Williams y Hugo Dyson. Se reunían los martes, para almorzar, en el pub Eagle and Child, y los jueves por la tarde en los aposentos de Lewis en el College. En aquellos cónclaves, leían en voz alta sus propios borradores de ensayos, relatos o poemas y se hacían críticas y sugerencias mutuas. Tolkien presentó a sus colegas en 1932 la primera versión de El hobbit. Más o menos por entonces Lewis llevó al grupo su primer proyecto de libro, The Pilgrim’s Regress (El regreso del peregrino), subtitulado “Una apología alegórica del cristianismo, la razón y el romanticismo”. Fue también en este contexto en el que tuvo lugar la conversación reseñada al inicio del artículo.

EL PLANETA SILENCIOSO
    Los primeros párrafos de Lejos del planeta silencioso (Out of the Silent Planet) nos muestran al profesor Elwin Ransom durante una caminata por el campo. Ha oscurecido antes de que pueda encontrar albergue y busca refugio en un casa apartada. Lo último que se espera es que sus anfitriones lo droguen y lo rapten. El emprendedor Devine y el notorio físico Weston —que “unta las tostadas con Einstein y bebe medio litro de sangre de Schrödinger en el desayuno”— no parecían unas personas totalmente limpias, pero es que realmente son dos tipos sin escrúpulos. Ransom se despierta en un cuarto oscuro, dentro de algún tipo de aeronave. Le llevará un rato entender que el enorme disco luminoso que contempla a través de un tragaluz no es la Luna, sino la Tierra, y que vuelan hacia un planeta desconocido llamado Malacandra.    Durante el viaje se entera, además, de que sus captores planean entregarlo a unos extraterrestres llamados sorn para ser sacrificado.
Nada más aterrizar, al cabo de un mes, consigue escapar a la carrera atravesando una charca y metiéndose luego en un bosque. A partir de ahí descubre —y descubrimos los lectores— la alucinante geografía de Malacandra, así como la anatomía y la psicología de las distintas razas que lo habitan: los hrossa, los sorn, los pfifltriggi. Más allá de las singularidades de cada especie, todos son seres esencialmente racionales (hnau) y bondadosos; nada más lejos de su intención que hacerle ningún daño. Ransom consigue poco a poco entenderse con ellos, aprender su idioma. Filólogo de profesión —se dice que Lewis modeló el personaje a imagen y semejanza de Tolkien—, incluso fantasea con una eventual gramática y sus posibles títulos: “Introducción al idioma malacándrico, El verbo lunar, Diccionario conciso marciano-inglés”.
    En ese momento aún no sabe a ciencia cierta en dónde se encuentra, sólo que está muy lejos de casa y con escasas o nulas posibilidades de volver algún día. Estudiando una representación del sistema solar, tallada en un monolito, concluye que Malacandra es el cuarto planeta a partir del sol, es decir Marte. Averigua también que en Malacandra abunda el oro: de ahí el interés de Weston y Devine. Cuando éstos vuelven a acosarlo, resuelve aceptar la invitación de los eldila, una especie de ángeles casi invisibles, que le expresan el deseo de Oyarsa de entrevistarse con él en el bosque de Meldilorn. Oyarsa es el arcángel tutelar de Malacandra. A lo largo del diálogo con este poderoso ente, se revelan el porqué del secuestro de Ransom y otros asuntos de la mayor importancia. Oyarsa y los eldila detectaron la primera llegada del cohete terrestre, y por medio de los sorn comunicaron a los astronautas que deseaban recibir a uno de su raza. En otros tiempos también la Tierra tenía su Oyarsa, como todos los demás planetas, pero el nuestro se rebeló, fue vencido, y Maleldil, el creador del Universo, lo condenó a permanecer aislado por siempre en la Tierra. Desde entonces no hay comunicación con la Tierra, que recibe el nombre de Thulcandra, el planeta silencioso. Por eso el Oyarsa de Malacandra quería hablar con un humano: para tener noticias de lo que ocurre en nuestro mundo. Pero Weston y Devine interpretaron la situación a su retorcida manera y antes del siguiente viaje secuestraron a Ransom para ofrecerlo a un supuesto sacrificio. Con su jefe o su hechicero saciados, pensaban, esos lerdos nativos les permitirían proseguir tranquilamente sus labores de expolio.
    Mientras Ransom conversa con Oyarsa y le cuenta lo mal que andan las cosas en la muda y sorda Thulcandra, les traen presos a Weston y Devine. Éstos, antes de rendirse, han matado a tiros a varios hrossa. Tal atrocidad resulta inaudita en la pacífica Malacandra. Oyarsa los interroga, intenta entender sus egocéntricas y antropocéntricas razones: la conquista del espacio, la supervivencia de la humanidad, etc. Para no tener que aniquilar a tan peligrosas alimañas, resuelve devolverlas a Thulcandra en su nave, pero no sin que la modifiquen los eldila de modo que se autodestruya al término del viaje. A Ransom le da libertad para irse o quedarse. Él decide que su sitio está en la Tierra, pero Oyarsa pronostica que volverán a verse: “Me parece que éste es el comienzo de muchas idas y venidas entre los cielos y los mundos y entre un mundo y otro.”
    Lejos del planeta silencioso es un libro raro, escrito a contracorriente. Señala Elvio E. Gandolfo, autor de la primera traducción al español, que algunos críticos han hablado de “anticiencia-ficción”. Efectivamente Lewis se planteó sus novela como una respuesta a la confianza en el “progreso” científico que destilaban las obras de Verne o Wells. Veamos lo que dice en la nota preliminar:
    “Algunas referencias despectivas a narraciones anteriores de este tipo que se encontrarán en las páginas siguientes, fueron incluidas por motivos puramente dramáticos. El autor lamentaría que algún lector lo supusiera demasiado estúpido para haber disfrutado de las fantasías del señor H. G. Wells o demasiado ingrato para reconocer su deuda hacia ellas.”
    Su inspiración, reconoció más tarde, estaba en la “desgarradora, intolerable e irresistible” novela gnóstica de David Lindsay Un viaje a Arturo (1920). “Aprendí de Lindsay,” escribió, “para qué son realmente buenos los otros planetas en la ficción: para las aventuras espirituales.“ A Lewis le aterraba que el público se estuviese tomando en serio el sueño de los viajes interplanetarios y la colonización de otros mundos. El anhelo de perpetuación a toda costa del género humano, más allá de nuestros confines naturales y de los designios divinos, le parecía algo profundamente inmoral y anticristiano. Los malos de su novela encarnan ese espíritu en sus dos vertientes: Weston pone la ciencia y el hombre por encima de todo, mientras que a Devine solamente le interesa el provecho económico que pueda obtener. Oyarsa les advierte que al primero intentaría curarlo, pues aún cabe la posibilidad de conseguirlo, pero al segundo tendría que destruirlo, pues en él el hnau (la racionalidad) ha muerto.
    En cualquier caso, Lewis apreciaba la ciencia ficción como fantasía o, así le gustaba expresarlo a él, como mitología. Lo que pretendió fue reconquistar para el cristianismo esa mitología del espacio: crear narraciones populares de viajes espaciales que tuviesen un digno fondo moral. Del mismo modo que Tolkien quiso proporcionar a su querida Inglaterra una rica mitología de base cristiana, Lewis esbozó una mitología bíblica del sistema solar, con su jerarquía de hnau y eldila, su Dios supremo o Maleldil, su eldil caído o Satán de Thulcandra, etc. Afortunadamente, en ambos casos es posible prescindir de la ideología subyacente, con la que el lector puede estar de acuerdo o no, y quedarse con unas narraciones fascinantes. En una reseña publicada en la revista El Hogar en 1939, al poco de aparecer la primera edición en inglés de Lejos del planeta silencioso, Jorge Luis Borges destacaba la coherencia y la minuciosidad del mundo fantástico de Malacandra, la sensación de verdad que transmite, así como el “espontáneo ambiente poético” que envuelve los trayectos entre la Tierra y Marte. Este mismo sentimiento de maravilla ante el espacio cósmico fue destacado por Fritz Leiber, según el cual casi se diría que Lewis escribió ateniéndose a lo estipulado por Lovecraft en el breve ensayo “Some Notes on Interplanetary Fiction”. Aunque es difícil imaginar dos personalidades más antitéticas que las del creyente Lewis y el ateo materialista Lovecraft.
    Ya hemos apuntado que las aventuras de Ransom llegaron a configurar una trilogía. Es una lástima que en los otros dos volúmenes pese más la carga ideológica y que resulten menos logrados como relato fantástico. En Perelandra (1941) asistimos a la reedición de la tentación de Eva en el planeta Venus. Satanás ha enviado desde la Tierra a Weston para ejercer de Serpiente, pero Ransom también volará hasta allí, por encargo de Oyarsa, dentro de un ataúd impulsado por energías metafísicas (sic). En Esa horrible fuerza (1945), la lucha de Ransom será contra un nefasto Instituto Nacional de Experimentos Coordinados, dirigido, claro está, por Weston, que pretende el control total del hombre sobre la naturaleza. Ransom contará con la ayuda del mismísimo mago Merlín, que resucita en las primeras páginas. Otras obras de Lewis, como las Cartas de un diablo a su sobrino (1941), son aún más directamente propagandísticas. La emotiva narración autobiográfica Una pena en observación (1960), en la que nos cuenta su matrimonio tardío con la periodista americana divorciada Joy Davidman, y la muerte de ella a causa de un cáncer, es quizá más recomendable. Hay una versión cinematográfica de 1993, Tierras de penumbra, dirigida por Richard Attenborough y protagonizada por Anthony Hopkins y Debra Winger. La serie de cuentos infantiles de Las crónicas de Narnia gozó también de gran aceptación en el mundo anglófono.

EL CLUB DE LA SOSPECHA
    En 1936 Tolkien ya tenía prácticamente terminado su primer libro, El hobbit. Las aventuras de Bilbo fueron un éxito rotundo, y el mismo año de su publicación, 1937, su editor Stanley Unwin le pidió que escribiese una secuela. Tolkien le remitió varias propuestas. Una de ellas era El camino perdido (The Lost Road), el intento de viaje en el tiempo pactado con Lewis. El planteamiento era el siguiente: el profesor Alboin Errol y su hijo Audoin remontarían en sueños y visiones la historia de su estirpe, atravesando la Edad Media, el Diluvio y la Edad de Hielo, hasta llegar al pasado remoto de Númenor para asistir precisamente al hundimiento de la isla. Pero Tolkien se limitó a esbozar el árbol genealógico de los Errol, en el que se repetían periódicamente esos dos personajes, padre e hijo, y redactó sólo el comienzo de la historia en el presente y una conversación, cercana al final, entre Elendil y su hijo Herendil. Unwin rechazó el borrador (junto con las Cartas de Navidad y El Silmarillion), y el mismo Tolkien admitió que se había hecho un lío: “...era un rodeo demasiado largo para lo que yo quería hacer realmente: una nueva versión de la leyenda de la Atlántida.”
    Tras este pequeño fiasco, Tolkien se concentró en la redacción de la auténtica secuela de El Hobbit, el Nuevo Hobbit que se convertiría en El Señor de los Anillos. Hacia la Navidad de 1945 tenía escritos los cinco primeros libros y encontró un hueco para volver al tema “largamente encarpetado” del viaje en el tiempo. El nuevo intento se tituló Los papeles del Notion Club (The Notion Club Papers). Esos “papeles” serían las actas, halladas en 2012, de un club privado de profesores de Oxford semejante a los Inklings, el cual habría celebrado sus reuniones en 1986 y 1987. Nótese que inklings quiere decir “indicio, sospecha, vislumbre”, y notion tiene alguna acepción parecida: “idea, noción, noticia”. Tolkien incluye una lista de los miembros del club, con detalles biográficos y otros relativos a sus intereses profesionales. Sin embargo, a juicio de los expertos no parece que puedan establecerse equivalencias claras con las personas reales del entorno del autor.
    Los Papeles, algo caóticos, se estructuran en dos partes. La primera empieza con una polémica acerca de la credibilidad de la ciencia ficción, ilustrada con referencias a las obras de Wells y a Lejos del planeta silencioso. El arqueólogo y secretario del club Nicholas Guildford manifiesta su antipatía hacia los típicos inventos y artefactos, como la cavorita o las naves espaciales, más inverosímiles a su parecer que los cuentos de hadas. ¿Cómo mandar entonces a los protagonistas a otros planetas? Michael Ramer, filólogo y novelista, propone los sueños y otros vehículos psíquicos como alternativa. Él mismo ha realizado experimentos como el de captar “la memoria... que reside en todas las cosas, incluidas las que llamamos ‘materia inanimada’”. El objeto de una de sus pruebas ha sido un gran meteorito expuesto en un parque. Ese pedrusco le ha comunicado impresiones simples de Peso, Velocidad y Fuego. Pero también, en sus sueños, ha podido captar visiones más concretas de otros sistemas solares y otros mundos.
    Por momentos parece que estemos leyendo más bien los escritos de un teósofo que los del devoto papista que era Tolkien. La segunda parte de los Papeles es casi igual de gnóstica, pero algo menos densa. El asunto central es ahora el de los “fantasmas lingüísticos” del profesor de inglés Alwin Arundel Lowdham y las correspondientes visiones del profesor de literatura, y estudioso de la fantasía y la ciencia ficción, Wilfrid Trewin Jeremy. Desde su infancia, a Lowdham se le ocurren de improviso palabras y frases ininteligibles. Además parece cosa de familia, pues su padre, que era marino y desapareció en el curso de una travesía, le legó un diario escrito en un raro alfabeto. A lo largo de los años, Lowdham ha transcrito y recopilado esas inopinadas peroratas y ha comprobado que exhiben la coherencia morfológica de un verdadero idioma, o más bien de varios idiomas. En la universidad identificó uno de ellos como un idioma real, aunque ya desaparecido: el anglosajón de los antiguos ingleses. Pero quedan al menos otros dos, que se sugiere que deben corresponder respectivamente a los antiguos numenoreanos y a los elfos.
    En una de las reuniones del club, Lowdham habla como poseído delante de sus colegas, y Jeremy empieza a experimentar visiones concordantes, relacionadas con el hundimiento de Númenor. “Narika ‘nBari ‘nAdun yanakhim”, les grita Lowdham en numenoreano. O sea: “Se acercan las águilas de los Señores de Occidente.” Y Jeremy responde: “Lo veo todo. Las naves han zarpado por fin. ¡Ay de esta época! ¡Mirad! ¡La montaña echa humo y la tierra tiembla!” Luego, en medio de la apoteosis de sus visiones, Lowdham y Jeremy salen a navegar en busca de no se sabe bien qué y se pierden durante la “Gran Tormenta”: un desastre natural, que asoló efectivamente Inglaterra en 1987, ¡y había sido augurado por Tolkien cuarenta años antes! Cuando vuelven a Oxford, al cabo de varios meses, explican que los dos compartieron sueños y visiones en los desolados paisajes de Irlanda. En este punto Tolkien retoma el hilo argumental de El camino perdido. Una noche se encontraron a sí mismos en la piel de sus antepasados del siglo X, Ælfwine y Tréowine, en vísperas de una batalla contra los daneses... El relato se interrumpe bruscamente justo cuando empezábamos a preguntarnos si a este paso íbamos a alcanzar alguna vez el final. Por las anotaciones que introdujo en el texto, parece que Tolkien se daba cuenta de que otra vez se le estaba complicando el relato y se decidió a acometer directamente el episodio que le atraía: el hundimiento de Númenor. El resultado final sería la historia titulada Akallabêth o “La caída de Númenor”, que  forma parte de El Silmarillion.
    Probablemente ahí radicaba la solución al problema del vehículo: no había más que situarse directamente en el punto final de viaje, espacial o temporal, sin preocuparse por el cómo. Al menos eso es lo que hizo el mismo Tolkien, con evidente éxito, en El hobbit, El Señor de los Anillos y demás mitología de la Tierra Media.

LIBROS
    Los libros de la Trilogía de Ransom de C. S. Lewis fueron publicados en castellano por la editorial argentina Adiax en 1979. Hay otra edición más reciente, de 1994, en la editorial Encuentro de Madrid.
    El camino perdido de Tolkien se encuentra en el tomo 5 de la Historia de la Tierra Media (1999), en Minotauro, y Los papeles del Notion Club en el tomo 9 de la misma colección.

Carles Bellver Torlà

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