Leo Strauss, patriarca “neocon” El
término “neocon” se ha convertido en referente del actual paradigma
norteamericano: de un ambicioso proyecto de hegemonía ideológica. Pero,
¿de qué manantial beben los nuevos conservadores? Un pensador judío
alemán (1899-1973), gran lector de Platón, es el guía, el patriarca | En los años 80, contra el “multiculturalismo”, sus seguidores pedían una vuelta a los clásicos de Occidente | |  | | Para Strauss, la esencia del Estado es política y la política se basa
en la oposición entre amigo y enemigo | |  | | La
búsqueda del consentimiento por medio de la mentira es para Strauss
condición indispensable para que la “alta política” llegue a buen puerto | |  |
JOSEP MARIA RUIZ SIMON - 26/11/2003
Dejó
escrito Pascal que si Cleopatra hubiera tenido una nariz más corta
habría cambiado la faz del mundo. Al leer las decenas de artículos que
estos últimos meses se han dedicado a la influencia del pensamiento de
Leo Strauss en la política exterior estadounidense, uno no puede dejar
de preguntarse si el mundo hoy también sería distinto en el caso de que
algunos straussianos no ocuparan posiciones clave en la Administración
Bush y en el aparato mediático y académico que le da cobertura. Se
puede pensar que no hay menester de recurrir a las ideas cuando para
dar razón de una política basta, como en la actualidad, con hacer
referencia a los intereses económicos de quienes, como las grandes
corporaciones, parecen tener el suficiente poder como para conseguir
implementarla. Pero las cosas no son, por supuesto, tan simples. Para
que los intereses se traduzcan en decisiones hace falta persuadir de la
pertinencia de estas decisiones a los dirigentes que han de tomarlas y
a los ciudadanos que tendrían que consentirlas. Es en este contexto en
el que hay que situar el fenómeno straussiano. La historia del
straussianismo, la historia de los discípulos y de los discípulos de
los discípulos de Strauss, es la historia de una gran persuasión.
La persuasión del gobernante y la búsqueda del consentimiento
por medio de la mentira son precisamente, para Strauss, condiciones
indispensables para que la “alta política” (la que buscan favorecer los
“sabios”, la que ha de permitir instaurar el “mejor régimen”, el
régimen que mejor sirve a los mejores) llegue a buen puerto. Maestros
en el arte de crear prejuicios y expertos en las técnicas de
legitimación, los straussianos han conseguido cambiar en profundidad (y
no sólo en el ámbito de la política exterior) el discurso conservador
estadounidense. Y lo han podido hacer gracias al apoyo financiero de
las grandes corporaciones que, a través de fundaciones como la Olin, la
Sarah Scaife, la Bradley o el American Enterprise Institute (AEI), han
sufragado con cientos de millones de dólares no sólo la publicación y
difusión de los libros y revistas que han promovido sus ideas, sino
también los numerosísimos departamentos universitarios que ocupan
(sobre todo de Ciencias Políticas) y los “laboratorios de ideas” que
controlan (los famosos “think tanks”, que son un vínculo privilegiado
entre la reflexión académica neoconservadora y la agenda política
republicana, en la que desempeñan un papel determinante).
En buena parte gracias a la eficaz actuación de estos
“laboratorios” el pensamiento de Strauss ha sido, desde la era Reagan,
una de las principales fuentes, si no la principal, de la renovación de
la cultura política del conservadurismo norteamericano. No debería
olvidarse, en lo que a esto se refiere, que antes de que se inventara
la “guerra contra el terror” se produjo, en el interior de Estados
Unidos, lo que se conoció como la “guerra de la cultura”. Y que, en
esta guerra, los straussianos ya llevaron la voz cantante.
La “primera generación” de straussianos, con Allan Bloom
(fundador en 1984 del centro de estudios de la fundación Olin y
discípulo dilecto de Strauss) al frente, rearmó el arsenal del
pensamiento conservador dotándolo de unos argumentos que iban más allá
de la adhesión cerril a los valores tradicionales y de la defensa
economicista del libre mercado. “The closing of American mind” (en
España, “El cierre de la mente moderna”, 1987), de Bloom, un
best-séller de larga duración que algunos straussianos recomiendan aún
hoy a quienes quieran introducirse en el pensamiento del maestro,
ofrecía, a través de un análisis de la cultura universitaria
norteamericana, un diagnóstico del régimen de EE.UU. y una terapia. El
diagnóstico era pesimista: el régimen estadounidense estaba, desde los
años sesenta, en una crisis cultural y moral profunda. Bloom, siguiendo
a Strauss, pensaba este régimen por analogía a la República alemana de
Weimar, que desembocó en el III Reich. El pensamiento “nihilista” y el
abuso que los liberales hacían de la neutralidad del Estado habían
llevado a EE.UU. al borde del abismo. Se imponía una terapia drástica.
En el terreno académico, esta terapia prescribía, en clara
polémica con el “multiculturalismo”, una vuelta a los clásicos, a la
lectura de los “grandes libros” de la tradición de Occidente como
escuelas de excelencia moral. Este programa tenía también una clara
traducción política. En su punto de mira estaban la eliminación de las
políticas de “discriminación positiva” de las minorías, el cierre del
grifo de las subvenciones a la cultura “corruptora” de los jóvenes, la
defensa institucional de los valores religiosos, la implantación de una
interpretación restrictiva de la libertad de expresión reconocida por
la Primera Enmienda y el recorte del Estado de bienestar y de los
derechos de la mujer. Desde la era Reagan se han multiplicado, con el
patrocino de fundaciones como Olin, Bradley o AEI, las publicaciones e
iniciativas que han legitimado, cuando las circunstancias políticas lo
han permitido, la implementación progresiva (a nivel federal o estatal)
de aquel programa. Libros como los de Dinesh d'Souza o Charles Murray
sobre el racismo, los de Christina Hoff Sommers contra el feminismo o
los de Lynne Munson sobre la política cultural han desempeñado un
importante papel en este proceso.
Gracias a los straussianos, el conservadurismo, desde los
sesenta a la defensiva, pudo jugar al ataque. En su nuevo juego, podía
percibirse un significativo cambio de discurso. La cotización del
discurso neoliberal a la Hayek o a la Friedman, las apologías de
“estado mínimo”, fueron a la baja. La crítica del Estado de bienestar
continuó formando parte del discurso neoconservador. Pero dejó de
ponerse el acento en sus presuntos efectos devastadores para la
economía para centrarse en sus disolventes consecuencias políticas y
“morales”. La “neutralidad” de Estado, antes tan valorada como garantía
del “libre mercado”, pasó a ser vista más como un problema que como una
solución. Las lecciones de Strauss, y las de su protector Carl Schmitt,
el “jurista del nazismo”, empezaban a ser escuchadas. Para Schmitt y
Strauss, contrarios a los planteamientos economicistas, la esencia del
Estado es política y la política se basa en la oposición entre amigo y
enemigo. De acuerdo con ello, el Estado debe promover, tanto en el
exterior como en el interior, la oposición entre “nosotros” y “ellos” y
fundamentar su unidad en la toma patriótica de partido. Ni que decir
tiene que este discurso ha tomado un nuevo impulso tras el 11-S. Las
iniciativas “ciudadanas” que pretenden limitar la libertad de expresión
y de cátedra en nombre del patriotismo, lideradas por Lynn Cheney,
historiadora y esposa del actual vicepresidente, son los últimos
episodios de una guerra de la cultura que ya es indiscernible de una
cultura de la guerra que también ha crecido a la sombra de Strauss.
Durante la Administración Clinton, muchos neoconservadores
desalojados del poder y afines a los planteamientos straussianos
encontraron refugio en las fundaciones neoconservadoras. Acababa de
terminar la guerra fría y los laboratorios de ideas se pusieron a
analizar el nuevo orden internacional. En la fundación Olin se disputó
sobre el “fin de la historia”, un viejo tema de debate entre el
filósofo francés de origen ruso Kojève y Strauss, que puso sobre la
mesa Francis Fukuyama, discípulo de Bloom. Y luego, vía Samuel
Huntington, se habló del “choque de civilizaciones”. Por su parte,
algunos miembros del AEI y de otras fundaciones neoconservadoras
pusieron en marcha el Proyecto para el nuevo Siglo Americano (PNAC,
según sus iniciales en inglés), que, ya a fines de la era Clinton,
propuso al entonces presidente las bases de lo que ha acabado siendo la
política unilateral e imperialista de la Administración Bush. Entre sus
propuestas también había la de provocar un cambio de regímenes en
cadena en Oriente Medio. Empezando por Iraq. Los fundamentos teóricos
de esta política tienen también su fuente en la polémica que Strauss
mantuvo con Kojève.
Straussianos en Israel
Los planes del PNAC para Oriente Medio contaban con un precedente,
el documento “Una fractura limpia, una nueva estrategia para hacerse
con la región”, redactado en 1996 por un “consejo de sabios” reunido
por el Institute for Advanced Strategic & Political Studies (IASP,
con sede en Jerusalén y Washington) y dirigido a Benjamin Netanyahu,
del Likud, en el que se plasmaba la conveniencia de romper los acuerdos
de Oslo con los palestinos y de acabar con el régimen de Saddam Hussein
y después con los de Siria, Líbano, Irán y... Arabia Saudí. Entre sus
firmantes estaba, junto a otros miembros del AEI, Richard Perle,
también del PNAC y uno de los principales instigadores de la guerra
contra Iraq, que tuvo que abandonar su cargo en la Administración Bush
por un “conflicto de intereses”. Otro firmante era Charles Fairbanks,
de la Escuela de Estudios Avanzados de la Universidad John Hoopkins,
sttraussiano, que estudió con Bloom en Chicago y es amigo de Wolfowitz.
Desde mediados de los años noventa, el IASP, creado inicialmente para
promover la ideología del libre mercado en un Israel marcado desde su
fundación por las ideas socializantes de los laboristas, es un centro
de reflexión straussiana.
La influencia de Strauss en el pensamiento político israelí
es, en estos momentos, notable. Y, de nuevo, no sólo en los análisis
sobre la política exterior, en la que se da una estrecha colaboración
entre el AEI y los ideólogos del partido Likud. Strauss, que estuvo
vinculado con destacados intelectuales sionistas, escribió que la
cuestión judía había sido el tema principal de sus reflexiones. A su
entender, la simple existencia del Estado de Israel era insuficiente
como solución a esta cuestión, que consideraba insoluble en el marco
del Estado liberal. Sus apuntes sobre la solución teológico-política
del problema apuntan hacia la instauración en Israel de un Estado
fundamentalista. Las propuestas de Paul Eidelberg para la conversión de
Israel en un Estado basado en los principios y valores judíos
establecidos en la Biblia parecen seguir de cerca este planteamiento.
Eidelberg fue un destacado estudiante de Strauss en Chicago y
actualmente preside la Fundación para la Democracia Constitucional en
Oriente Medio y el Partido Yasmin Israel.
Con Bush, muchos de los straussianos que hallaron cobijo en
las fundaciones neoconservadoras volvieron a ocupar lugares clave en la
Administración y particularmente en el Pentágono. En una conferencia
pronunciada hace unos meses en el AEI, Bush, tras elogiar a los
cerebros del instituto como los mejores de la nación, apuntaba los
grandes servicios que algunos estaban ofreciendo desde sus cargos
gubernamentales. Si de algo no cabe duda es de que su política exterior
está profundamente marcada por la influencia de estos cerebros y por el
11-S, el “nuevo Pearl Harbour” al que los documentos del PNAC aludían,
ya a fines de los noventa, como oportunidad para que su proyecto
pudiese llevarse a cabo. Basta recordar tres nombres para percatarse:
Irving Kristol, Paul Wolfowitz y Abram Shulsky.
Irwing Kristol, el “padrino de los neoconservadores”, ha
reconocido siempre de buen grado la influencia de Strauss sobre el
pensamiento de los neoconservadores en general y sobre el suyo en
particular. Es el presidente del PNAC y padre de William Kristol,
director de “The Weekly Standard”, propiedad del multimillonario Rupert
Murdoch, que desde las múltiples y multinacionales publicaciones de su
propiedad ha apoyado el giro belicista de Bush y de Blair, otro de sus
protegidos. Kristol sénior, junto a Robert Kagan, con quien ha
publicado algún libro ad hoc, ha sido uno de los principales
propagandistas del partido belicista. Estudió con uno de los profesores
más destacados de la escuela straussiana, Harvey Mansfield (Universidad
de Harvard), un entusiasta de la “Patriot Act” que, tras el 11-S,
limitó los derechos individuales de los ciudadanos estadounidenses y
dio poderes extraordinarios al presidente. Hablar de Mansfield es
hablar de la quintaesencia del straussianismo académico, que, desde
hace años, analiza, a partir de los presupuestos de Strauss, y con todo
lo que ello implica, que no es poco, el pensamiento político de los
“padres fundadores”, la naturaleza del régimen y la Constitución
estadounidenses y la singularidad neoclásica de la democracia
americana.
Aunque no haga bandera de su straussianismo, Wolfowitz mantuvo
estrecha relación con Bloom y asistió, en Chicago, a un par de cursos
de Strauss. Miembro del PNAC y del AEI, y amigo de ilustres
straussianos del mundo universitario, es el número dos del Pentágono y
se le considera el gran promotor de la actual política americana en
Oriente Medio. Hace meses dio una lección implícita de teoría política
straussiana en unas sonadas declaraciones a “Vanity Fair” en las que
reconocía que lo de las armas de destrucción masiva era una “verdad
burocrática” destinada a buscar el consentimiento de quienes nunca
habrían aceptado asumir las causas reales de la guerra. Con estas
declaraciones, Wolfowitz jugaba con una idea típica de Strauss y sus
seguidores, la que, a partir de la distinción entre una “agenda
abierta” y una “agenda oculta”, da por sentado que la “alta política”
exige y legitima el recurso al engaño.
En el apartado bibliográfico del currículo de Shulsky se
encuentra una contribución, escrita con Gary Schmitt, director del
PNAC, al volumen “Strauss, the straussians and the study of american
regime” (1999): “Leo Strauss and the world of intelligence”. En ella,
Shulsky y Schmitt ponían en entredicho los métodos de trabajo de los
servicios secretos norteamericanos. Y, como apunta el título, proponían
replantearlos sobre la base de la filosofía de Strauss. En sus obras
teóricas, patrocinadas por la fundación Olin, Shulsky recordaba, de
acuerdo con la doctrina de Strauss sobre el significado oculto, que las
agencias de espionaje no deben olvidar que el engaño es la norma de la
política y sostenía que los servicios de inteligencia debían concentrar
sus esfuerzos en encontrar y analizar información relevante cara a
implementar las decisiones políticas. Tras el 11-S, Donald Rumsfeld
fundó la Oficina de Planes Especiales con la misión de buscar
información sobre las intenciones hostiles de Iraq y sus vínculos con
el terrorismo. Y Shulsky fue nombrado director de esta oficina, que
suministró las pruebas que, de acuerdo con los viejos planes del PNAC,
legitimaron el ataque.
En un artículo de hace meses se afirmaba que los
neoconservadores bailan el vals de Strauss. Y, con ellos, lo baila el
mundo. La sombra de Strauss es puntiaguda. Como la nariz de Cleopatra. |