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LA CORRECCIÓN DEL IMPACTO AMBIENTAL;
¿UN DERECHO DE LA NATURALEZA O UN DERECHO DEL HOMBRE?
José Pérez Adán
Departamento de Sociología
Universidad de Valencia
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TIEMPO, DIACRONÍA Y PROPIEDAD
Desde que la preservación del entorno se entiende
como un bien ilusorio y difícilmente asequible, los criterios
asumidos sobre la bondad de la continuidad histórica han dado
un vuelco revolucionario. La finitud del mundo y de la historia son
en este fin de milenio materia común de debate y por eso, la
misma idea de progreso está en revisión. En este contexto,
digamos desde el principio que el mensaje que queremos transmitir aquí
es que la crisis medioambiental es una crisis de convivencia y que si
esa crisis ha de resolverse, la solución biforme pasa primero
por el reconocimiento social de la diacronía, y segundo por la
sustitución del individualismo como uno de los conformantes básicos
de nuestra cultura.
Los estudios sobre medio ambiente han puesto claramente
sobre la mesa el tema de la finitud del mundo. Así, estamos empezando
a dialogar con la muerte cósmica, y nos preguntamos: ¿hay
alguna razón ética por la que sea mejor la continuidad
histórica que la discontinuidad, siempre y cuando ésta
no sea directamente procurada resultando en un atentado contra la discrecionalidad
o libertad ajena?
Lo que en definitiva procuramos resolver con esta pregunta
es la madre de todas las disyuntivas: si la naturaleza es un bien en
sí o un bien para alguien. Si la naturaleza es un bien en sí,
que da la casualidad de que es, además, condicionante para la
vida y, por tanto, para la continuidad histórica, parece claro
que la discontinuidad, el fin del mundo, o el holocausto ecológico,
habrían de valorarse negativamente en todos los casos y supuestos.
Ello, que parece, es opinión mayoritaria en la sociedad contemporánea
(la disfuncionalidad de la muerte, tanto individual como colectiva,
es asumida mayoritariamente), choca sin embargo con uno de los mismos
presupuestos culturales del mundo occidental. Efectivamente, para el
cristianismo, el fin del mundo, como su principio, son elementos funcionales
contemplados como positivos por la misma escatología mesiánica.
Por el contrario, si la naturaleza es un bien para alguien,
la discontinuidad no tiene porqué verse siempre como negativa
antes de que ese alguien se pronuncie al respecto. El problema que plantea
esta postura es la de descubrir a ese alguien. ¿Podemos descubrir
a los dueños de la naturaleza, en el sentido de los que efectiva
y legítimamente tienen poder sobre ella? Para nosotros, esta
pregunta sobre la referencia para quien la naturaleza es un bien, tiene
respuesta.
Nuestra postura es que la naturaleza es un bien para nosotros-todos-siempre.
Nosotros, en primer lugar, porque la naturaleza es nuestra
presa: está al albur de los pensantes, para bien o para mal.
Es un hecho que hoy en día el hombre cambia y modela el entorno
e interviene en sus leyes. Independientemente de que sea más
o menos racional un determinado tipo de comportamiento o influencia
en el medio natural éste depende de los pensantes en primera
instancia aunque pueda vengarse de ellos después.
Todos, en segundo lugar, porque la unidad del entorno
colectiviza a la sociedad de un modo nuevo y radical. Todos somos el
Norte y el Sur, el rico y el pobre, el negro y el blanco. En nuestro
mundo interconectado y globalizado no caben apropiaciones selectivas
y permanentes del entorno por parte de colectivos diferenciados sectorialmente.
En este sentido todos somos al mismo tiempo víctimas del deterioro
medioambiental.
Y siempre, en tercer lugar, porque la naturaleza en cierto
sentido borra el tiempo. A ése alguien pertenecen tanto los pensantes
que han sido como los que serán. El entorno es tan de aquéllos,
como de éstos, como de los que somos ahora, que coincidimos en
el tiempo (o en su ausencia) a través de las acciones de efecto
diferido.
Por ello, si la naturaleza es un bien para nosotros, todos,
siempre, el derecho y la propiedad sobre ella, con la discrecionalidad
de uso en que derivan, pertenece a un colectivo social universal diacrónico,
que sólo por usurpación puede disgregarse. La capacidad
de usurpación, es, desgraciadamente, singularizable en el tiempo
y en el espacio. Por eso, el deterioro medioambiental, cuando es producido
por acciones desconsideradas para con el todos espacial y diacrónico
al amparo del "yo con lo mío hago lo que quiero", resulta
en usurpación por parte de quien ejerce el poder en el tiempo
presente. No nos importa que esta afirmacion recuerde aquel famoso dictum
de Proudhom de que la propiedad es un robo; sí, la abrogación
de derechos por parte del viviente en perjuicio del futuro viviente
es un robo y por ello decimos que el individualismo que lo ampara suponen
usurpación. Es su etos antisocial lo que hace recriminable el
individualismo y no solamente su manifiesta inquina contra el entorno
natural. En lenguage cristiano, cuando alguien destruye y condiciona
negativamente la naturaleza, lo que hace es pecar: robar algo que no
es solo suyo y empeorar la vida de los demás. Además de
pecar contra Dios por descuidar su jardín, se peca contra los
demás a los que restamos un bien legítimo.
La naturaleza solo es nuestra si incorporamos en el pronombre
a todos los que han sido y serán en todas las partes del mundo;
si no: no. Claro que esto es difícil de entender para el que
se cree propietario del entorno que le acoge. A fin de cuentas la naturaleza
es vida y, como la vida se descubre en la sucesión consciente
del tiempo, su gestión es un problema de gestión de tiempos
y no de espacios sobre los que se pueda reclamar propiedad. De esta
forma, las acciones u omisiones de efecto diferido perniciosas para
el entorno son, hablando de nuevo en lenguage cristiano, como los pecados:
si no los limpiamos pronto, restituimos y compensamos, producen daños
irreparables más allá de la muerte: más allá
de la muerte de uno para los que quedan aquí. Quizá el
problema sigue siendo que en nuestros mapas mentales el espacio oculta
al tiempo.
CÓMO DEBEMOS USAR LA TÉCNICA
La integración del tiempo en la economía
se intenta hacer mediante el concepto de sostenibilidad, que viene del
inglés, aunque a nosotros nos guste más la durabilidad
de la que hablan los franceses. Quizá en el centro de los problemas
que subyacen para la aceptación de un entendimiento uniforme
del concepto de desarrollo sostenible está el que la geopolítica
y la economía todavía no han llegado a un verdadero entendimiento
del empequeñecimiento del mundo y la aceptación de la
globalidad que han restado protagonismo a la variable espacial. En efecto,
cuando se habla de desarrollo sostenible, muy raramente se inserta uno
en el marco de la globalidad diacrónica y esta es una de las
razones que claman por el estudio de los problemas medioambientales
en una nueva dimensión.
El concepto de noosfera, introducido por Vernadsky hace
ya unos años, en el sentido de resaltar la inmersión de
la mente humana en el devenir del entorno, es utilizado aquí
para darnos idea de que quizá los análisis realizados
hasta ahora son incompletos. Entre las nuevas propuestas a considerar
está el de deuda generacional diacrónica que pone restricciones
a la idea de soberanía tal y como se ha venido entendiendo hasta
ahora. Como vemos, el concepto de desarrollo sostenible es más
complejo de lo que parece y ante él los instrumentos económicos
usados por la economía neoclásica se quedan a nuestro
juicio notoriamente obsoletos. El reto de la incorporación de
la diacronía y de la globalidad impone alcanzar un mínimo
de acuerdo que debe de estar basado en dos puntos de partida: la necesidad
de establecer normas globales, y el carácter que deben de tener
las mismas para ser ecológicamente aceptables. Así, podemos
establecer las siguientes condiciones para la acción colectiva
con impacto ambiental:
1.- Legitimidad, lo que implica un consenso participativo
y el desarrollo de una ecopolítica global.
2.- Equidad, lo que supone la representatividad de las
diferencias y desventajas territoriales (espaciales) y generacionales
(temporales).
3.- Volición, lo que implica la ausencia de mecanismos
de dominación.
Ver los problemas medioambientales desde la perspectiva
de la diacronía y de la globalidad con estas tres condiciones,
acabaría por depararnos unos parámetros de racionalidad
distintos a los actualmente aceptados. La formulación de un concepto
operativo y justo de desarrollo sostenible depende, pues, del marco
que consideremos y cada vez nos parece más patente que en el
marco de las relaciones económicas dominantes, cualquier tipo
de desarrollo que vislumbre la desaparición de la pobreza sin
dañar el medio es imposible y dañando el medio es insostenible.
El esfuerzo ha de ponerse, pues, en el diseño de marcos alternativos
donde hablar de desarrollo en un entorno limitado tenga sentido.
Es innegable que hay indicios de la existencia de una
fuerte corriente de opinión abogando por formas alternativas
de desarrollo, como nosotros mismos hemos expuesto en "La salud
social" (1999), y que existe un extendido sentido de la obligación
para con las generaciones futuras y el medio ambiente. Sin embargo falta
que estas propuestas sean asumidas política y socialmente para
que puedan ser llevadas a la práctica.
ENTRE EL RIESGO Y LA ESPERANZA
Vamos a referirnos ahora al marco conceptual en el que
hemos de movernos para aplicar estos conocimientos a nuestra vida en
sociedad a través del diseño de politicas de futuro. Nos
situamos no equidistantemente entre dos posturas. Frente al optimismo
de Joseph Huber y otros autores que defienden una modernización
ecológica en el sentido de decir que todos los caminos que nos
llevan a solucionar la crisis ecológica son también caminos
que nos adentran en la modernización de la sociedad, y frente
al pesimismo de Ulrich Beck (1986 y 1992) y otros que defienden el concepto
de sociedades de riesgo en el sentido de decir que los riesgos globales
superan totalmente la capacidad de respuesta de las organizaciones políticas
existentes, nosotros apostamos por la duda en el sentido de caracterizar
a nuestra sociedad como una sociedad sin proyeccion temporal. Estamos
más cerca de Beck que de Huber, pero vamos a elaborar un poco
sobre esto.
La tesis de Beck es claramente escéptica sobre
la posible contribución de la tecnología aplicada a la
solución de los problemas ecológicos. Beck nos dibuja
una sociedad en continuo riesgo y organizada sobre la base del proceso
negativo de distribución de riesgos (ecológicos). Allí
donde esos riesgos son mayores éstos han desdibujado y subsumido
las tradicionales formas de conflicto, hasta el punto de condicionar
la distribución geográfica de las zonas de conflicto que
ahora se situarán en la periferia con respecto a los focos de
decisión. Beck anuncia en este contexto la proliferación
de guerras periféricas y la nuclearización del Sur como
un primer paso a la globalización de un riesgo mayor. La ciencia,
cada vez más, se dedicará a la elaboración de cálculos
de probabilidades de riesgo dejando claro que los riesgos "asumibles"
han de considerarse neutros. Es lo que Beck llama el desenmascaramiento
de la ciencia en la actitud del científico ante desastres como
el de Chernobyl. El problema más importante es el de la aceptación
incuestionada del riesgo "asumible" que acaba por ejecutarse
y el paralelo incremento que se ve en la opinión sobre la necesidad
de concentrar el poder para hacer frente a los casi ciertos peligros.
LA SOCIEDAD DEL RIESGO
RIESGOS
Sociedad preindustrial
Sociedad industrial
Sociedad postindustrial
Tipo
Peligros naturales: peste
Riesgos estructurales: accidentes
Disfunción endémica: inseguridad al azar
Dependiente de decisiones colectivas
No
Sí: el trabajo industrial
Sí: energía nuclear
Dependiente de decisiones individuales
No
Sí: hábitos (fumar)
No
Amplitud
Localizada
Generalizada
Ilimitada
Prevención
No
Sí
No
La opinión de Beck, que vemos reflejada en el esquema
precedente, nos parece muy aprovechable. Nosotros, sin embargo, introduciríamos
un elemento de duda acerca de la inevitabilidad del apocalipsis que
anuncia la tesis de la sociedad del riesgo. No podemos pretender solucionar
los problemas de futuro contando sólo con unos instrumentos operativos
centrados exclusivamente en la inmediatez. Lo que nos falta es la introducción
de la proyección de futuro, que no es otra cosa que una forma
de solidaridad diacrónica en los requisitos de especialización
tecnológica, lo que haría posible empezar a solucionar
hoy los problemas de la siguiente generación. Esto, naturalmente,
supone la introducción de elementos valorativos nuevos en el
vigente ordenamiento económico: una nueva forma de racionalidad
que podría muy bien decantarse por la socioeconomía de
Amitai Etzioni , uno de los más influyentes pensadores contemporáneos,
como alternativa a la economía neoclásica. No ignoramos
los problemas que esto conlleva y no apostamos por que se vayan a superar.
Simplemente nos queda la duda sobre la necesidad del colapso aunque
mantengamos la certeza sobre la imposibilidad de mantener el status
quo.
Para nosotros, esa duda, amén de los condicionamientos
derivados de adoptar personalmente unos criterios operativos de coherencia
interna, justifica el que corporativamente las empresas y demás
sociedades intermedias efectúen cambios notables en sus planteamientos
organizativos. En este orden de cosas, el primer cambio, debe de ir
en la línea de una mayor concienciación ecológica
en base a criterios de justicia y no de oportunidad y de una mejor formación
universitaria en este campo. En muy pocas carreras se ofrece hoy en
día una sólida fundamentación de la problemática
medioambiental.
NUESTRA PROPUESTA: LA ECOLOGÍA
INTEGRAL
Giddens (1991) ha elaborado un planteamiento interesante
al discernir entre dos tipos de conocimiento: el conocimiento laico
y el conocimiento experto. Aunque el tipo de conocimiento experto es
en principio asequible a todos si se tiene tiempo y dinero, en la práctica
la mayoría sólo puede ser experta en una o dos áreas
de ese tipo de conocimiento. Por esto el sistema es opaco para gran
parte de la población. La capacidad de conocer del agente está
impedida por una inherente falta de información y de comunicación
en el contexto de un sistema monopolizado por formas organizativas abstractas
y donde prima el conocimiento laico. Esto genera una pérdida
de poder para los agentes (la impotencia) y el desarrollo de lo que
Giddens llama la mentalidad del superviviente que a modo de náufrago
a la deriva en medio de los avatares que produce el desequilibrio ecológico
deja su destino en manos del azar. Pues bien, hay que superar la mentalidad
laica que se da en el mundo empresarial en lo que se refiere a los problemas
ecológicos. La empresa, lo mismo que las administraciones públicas,
debe de comportarse hoy en día en las relaciones con el medio
consecuentemente con la adquisición de un conocimiento experto
en la globalidad del reto ecológico que tenemos planteado en
la medida en que éste afecta al nosotros-todos-siempre.
En esta tarea la sociedad contemporánea lleva un
retraso considerable. La causa está en parte en que ni las ciencias
de la naturaleza han sabido incorporar en su discurso a las necesidades
humanas no estrictamente materiales y en que, por otro lado, la ciencia
económica tampoco ha sabido incorporar en su universo autosuficiente
de los valores de cambio a las necesidades derivadas de la inserción
de la raza humana en un espacio finito. En ambos sentidos, por el lado
de las ciencias puras y de las ciencias aplicadas, la Sociología
puede muy bien contribuir a integrar y relacionar esos componentes olvidados
en base a la experiencia que tiene en la investigación sobre
lo que conforma a una sociedad como humana, lo que incluye sus relaciones
con lo no-humano si es que a estas alturas algo queda de eso.
Por todo ello nos congratulamos al evidenciar cómo
van surgiendo diversas especializaciones profesionales relacionadas
con el ámbito del medio ambiente y la empresa y la demanda que
la Sociología adquiere con ello. Hace falta que esta necesidad
que denuncia el mercado laboral se traduzca a su vez en una reforma
académica que incorpore la formación ecológica
en la base de los estudios universitarios, y esto, repetimos, no se
está haciendo.
Es en este contexto en el que proponemos la necesidad de sustituir los
intentos de rematar al entorno mediante una "ecología mercantil",
por una alternativa cultural nítida que llamamos "ecología
integral".
ECOLOGÍA INTEGRAL
ECOLOGÍA MERCANTIL
Un nuevo estilo de vida ecológico;
contaminación cero Énfasis en los mecanismos de obtención
y elaboración de productos
Enfoque global: la tierra es de todos
Alternativas al capitalismo
Ruptura con el vigente sistema de producción y
consumo
Quien contamine que pague
Fomento del consumo ilustrado
Énfasis en el entorno local: los problemas microecológicos
Hacia una empresa con marketing ecológico en un
mercado receptivo: el capitalismo verde
Autorregulación en el mercado mediante leyes medioambientales
Vamos ahora a glosar las diferencias entre una y otra,
tal y como mostramos en la figura. Estamos ante un tema diferencial
históricamente hablando, en el sentido de que con la crisis ecológica
ya nada será como antes. Es en este tema en el que cabría
utilizar con un sentido apropiado la expresión el fin de la historia,
pues estamos considerando hechos de naturaleza cosmológica ante
los que, acaso por primera vez, la respuesta ha de ser necesariamente
global. Nos encontramos con dos planteamientos alternativos: bien incorporamos
la ecología al vigente sistema de producción y consumo
introduciendo al medio ambiente en el mercado, o bien optamos por sustituir
el actual sistema de producción y consumo por otro ecológicamente
saludable. A esta última propuesta la llamamos ecología
integral.
Estamos ante un dilema de actitudes en las que interviene
un criterio de racionalidad preciso. De un lado se asume la racionalidad
estrecha de las actitudes humanas que defiende la economía estándar
con lo que para motivar un cambio en los comportamientos hay que organizar
un sistema de premios y castigos que "obliguen" a establecer
ciertas pautas de conducta. Se adopta, pues, la idea de que el mercado
puede domar los comportamientos irreflexivos. Motive usted al consumidor,
edúquele y este votará y apoyará una política
medioambiental con leyes cada vez más exigentes y obligará
mediante su elección de consumo a la limpieza de las empresas,
de las calles, del campo y de las casas. Esta es la postura de la ecología
mercantil. En definitiva se trata de introducir al medioambiente en
el mercado y abstenerse de subvencionar su depredación con lo
que su carestía económica y política hará
de su preservación un hecho. Se empezará contaminando
menos y se llegará a contaminar sólo lo que quiera la
gente. Naturalmente, este enfoque es compatible con posturas de una
lógica mercantil impecable como son la exportación de
residuos y la emisión de bonos de contaminación. Si la
pena es económica, el dinero contamina.
Frente a esta posición, tenemos, de otro lado,
la ecología integral. No se trata ya de contaminar menos sino
de no contaminar y, más aún, de purificar. De lo que se
trata no es de consumir sabiamente (usar papel recliclado) sino de consumir
menos (usar menos papel) como consecuencia de la interiorización
del problema ecológico. Por interiorización del problema
queremos decir el resultado del proceso de reflexión personal
que lleva a la adopción de cambios de actitud que resultan en
nuevos estilos de vida.
Definitivamente apostamos por la interiorización
frente a la participación que es solo una actitud pantalla que
intenta cambiar lo público antes que lo privado . La postura
que defendemos con la interiorización es precisamente la opuesta
a la manifestada con la frase: "nada se arreglará aunque
yo cambie por eso vamos a esperar a que nos pongamos de acuerdo todos".
La ecología integral manifiestamente defiende que hemos de conseguir
cambiar nuestro modo de actuar a nivel individual para poder dar sentido
a cambios culturales de carácter global. El ámbito de
lo privado es la puerta de entrada a la cultura pública.
El problema que estamos tratando aquí es que el
marco, la estructura socioeconómica y cultural, en la que operamos
traduce los deseos por un desarrollo equilibrado y armónico y
un estilo de vida ecológico, en propuestas y prácticas
políticas insostenibles a plazo indefinido (ecología mercantil).
Desafortunadamente, la cadencia de las transformaciones medioambientales
globales raramente ha sido estudiada haciendo referencia a los factores
culturales. Como consecuencia, pocas veces hemos enfocado el problema
del desequilibrio económico y del deterioro medioambiental como
problemas de concepto y sí como problemas de desajuste, y por
tanto, pocas propuestas culturales alternativas han sido planteadas
al sistema capitalista de producción y consumo. Así, los
deseos por un cambio estructural que solucione los problemas ecológicos
se traducen en políticas de ajuste a corto plazo que no hacen
sino apuntalar la pervivencia del sistema en el plano teórico,
pero que al mismo tiempo no pueden sobrevivir a una crítica planteada
desde una genuina perspectiva global y diacrónica.
El debate cultural tiene aplicaciones para los técnicos
más allá del estilo de vida que adopten, por ello hemos
de referirnos ahora a la relación entre desarrollo tecnológico
y preservación del entorno.
QUÉ TECNICAS SI Y QUÉ
TECNICAS NO
El debate sobre si la técnica es neutral o no está
todavía vivo entre los científicos sociales. Depende del
punto de vista que se defienda para que se detenten unas posturas pesimistas
u optimistas sobre el avance tecnológico y la implicación
que este puede tener sobre el mantenimiento de la habitabilidad del
planeta. Por lo general la postura optimista representa la confianza
en los recursos humanos y la habilidad para adaptarse a las circunstancias
a través de mecanismos autónomos, como puede ser el mercado.
Los neoclásicos que han apadrinado el concepto de capitalismo
verde (Lewis,1992), e incluso los libertarios (Block,1990), apuestan
por el optimismo tecnológico y mercantil frente al reto que plantean
los problemas medioambientales. Para muchos de estos autores el crecimiento
económico ya no está sustentado y fundamentado en la explotación
de recursos naturales sino en el desarrollo tecnológico. Para
ellas el desarrollo tecnológico y el crecimiento económico
que conlleva suponen una garantía de superación de la
crisis ecológica (Reilly,1990). Podemos hablar, pues, de una
economía de la esperanza (Freeman,1992) basada en el avance tecnológico
y principalmente en la biotecnología, los nuevos materiales y
las nuevas tecnologías de la información. Algunos autores
de éxito en los años 80 como Toffler (1980), Naisbit (1982)
y Masuda (1981), empezaron a conformar el grupo de los defensores de
la tecnofilia para los que existe un futuro brillante y lleno de posibilidades
de crecimiento y bienestar.
Contra lo que parecía adivinarse con esta visión,
los datos que tenemos nos dicen que las tecnologías de la información
(educación y compra a distancia, trabajo en casa, reuniones a
distancia, etc.) no han reducido el volumen de desplazamientos y por
tanto la emisión de gases contaminantes. Más bien al contrario,
las prácticas del just in time y de la diversificación
de la oferta han producido una tendencia hacia la proliferación
de intercambios de una mayor variedad de mercancía en volúmenes
menores lo que multiplica el transporte (Tanja y Leijer, 1989). El consumo
de papel, por otro lado, se ha multiplicado exponencialmente (de Boer,1989).
Cuando se ha producido, generalmente por fuerza de legislación
ad hoc , una mejora de las condiciones ambientales, se han utilizado
nuevos recursos biotecnológicos que se han añadido a una
cadena de mecanismos de producción ya existente con lo que en
muchos casos se ha dado a los procesos que componen esa cadena visos
de continuidad aun cuando la tecnología empleada fuese ecológicamente
deficiente. Por último, si nos referimos a los nuevos materiales,
observamos que el criterio de desarrollo de los mismos no está
ligado necesariamente a consideraciones ecológicas sino primariamente
a criterios de rentabilidad inmediata (Vergragt y Groenewegen, 1987),
lo que en muchos casos origina serios problemas de vertidos y reciclaje.
Los hechos de los últimos años no avalan las predicciones
optimistas que Toffler y otros hicieron en 1980. Sin embargo, sí
que existen en las nuevas tecnologías unas potencialidades teóricas
ecológicamente positivas. ¿Cómo es que todavía
no se han materializado?
Para saber cuáles son los condicionamientos de
una tecnología avanzada y ecológica situemos primero el
marco en el que nos movemos. En vista de los descubrimientos recientes
y las posibilidades de innovación podemos afirmar que el advenimiento
de la era tecnológica todavía está en sus inicios.
Las propuestas de innovación van muy por delante de la implantación,
lo que nos dice que la velocidad de la investigación supera,
en estos momentos, la capacidad de asimilación. Aquí radica
una de las premisas que hacen que cada vez sea más difícil
predecir el futuro estado del desarrollo tecnológico: no sabemos
cuáles de las variadas innovaciones científicas acabarán
por implantarse de manera generalizada.
CONDICIONAMIENTOS TECNOCIENTIFICOS
Sostenibilidad
Segura e inagotable fuente de energía
Eficiencia de uso de energía y recursos
Reutilización de derivados y reciclaje
Inteligente
Viva
Olsen (1991) propone una serie de condicionamientos para
la catalogación de tecnologías avanzadas como ecológicamente
viables al cien por cien que básicamente se resumen en las seis
características que vemos en el cuadro. En primer lugar, han
de ser capaces de ser usadas por un número ilimitado de personas
durante un período ilimitado de tiempo (sostenibilidad); han
de basarse en una fuente de energía absolútamente segura
per se e inagotable; han de reportar altos niveles de eficiencia en
el uso de recursos y energía; han de posibilitar la reutilización
de derivados y el reciclaje de los productos; han de ser capaces de
retroalimentarse informativamente hablando, orientando su aplicación
y mejoramiento en base a su impacto global; y, por último, han
de incorporar procesos de adaptación y versatilidad que generen
capacidad de respuesta a retos diversos.
Como vemos, con estos condicionamientos ponemos unas exigencias
notables al concepto de tecnología avanzada con lo que quizá
entendamos mejor ahora que estamos todavía en la infancia del
desarrollo tecnológico. De todas formas, no solo hemos de ver
la tecnología en sí sino su implicación sociocultural.
En un informe de la Conferencia sobre Comercio y Desarrollo
de las Naciones Unidas presentado en 1979, Johan Galtung fue uno de
los primeros autores que, separándose de la clásica disputa
entre tecnofilia y tecnofóbia, argumentaba a favor de un cambio
de énfasis que pusiese en el centro de las investigaciones la
consideración de la estructura sociocultural dominante que orientaba
el desarrollo técnico. En el contexto de los sistemas mundiales,
que tan bien han analizado Wallerstein (1974,1980,1989) y sus seguidores,
la estructura cognitiva de la cosmología social occidental produce,
en opinión de Galtung, una dicotomía centro-periferia
donde la tecnología y su implantación son al mismo tiempo
causa y consecuencia del encumbramiento de valores culturales típicamente
occidentales. El análisis de Galtung ya avanzaba que aunque las
nuevas tecnologías estaban satisfaciendo necesidades materiales
básicas, las necesidades no materiales de la periferia quedaban
postergadas. Del mismo modo, quedaban obviadas las necesidades de esa
periferia eterna constituída por las futuras generaciones y por
el entorno medioambiental que tendrá que cobijarlas. Básicamente
se arguye que la tecnología occidental tiene un carácter
centrista y por tanto produce y agudiza los desequilibrios. Galtung
proponía la introducción de técnicas que pudiesen
incardinarse en nuevas estructuras cognitivas y que con una mezcla óptima
de tecnologías duras y blandas pudiesen satisfacer también
las necesidades no materiales de la globalidad.
CONDICIONAMIENTOS ESTRUCTURALES
Tecnologías para la democracia
Tecnologías para la dominación
- Interactividad
- Universalidad: diversidad y cobertura
- Capacidad de canales; máxima elección
- Diversidad de contenidos
- Escaso ruido: consensos
- Alta velocidad: disminución de burocracia
- Transnacionalización
- Indígenización: tribalismo y caciquismo
- Democratización envolvente; uniformidad
- Totalitarismo: control
Tehranian (1990) desarrolló después, ya
en nuestra década, esta perspectiva desde lo que él llama
tecnoestructuralismo (la tecnología no es ni buena , ni mala,
ni neutra -siempre influye para bien o para mal-). El desarrollo tecnológico
depende de las necesidades institucionales y su impacto se regula a
través de acuerdos entre los factores sociales y las instituciones.
Si deseamos un impacto globalmente positivo, hemos de estudiar el marco
o estructura global en el que esperamos que operen. Hemos de considerar,
pues, los condicionamientos tecnológicos de un sistema democrático
con perspectivas de globalidad. Para Tehranian, como mostramos en la
figura, esto resulta en evitar cuatro peligros, a saber: la transnacionalización
de las grandes corporaciones independientes, el nacionalismo sectario,
el encumbramiento de la vecindad (artificial) en prejuicio de la afinidad
(natural), y la ausencia de áreas privadas. Por el contrario,
habría que fomentar seis características: la interacción
que ha llevado a algunos a hablar de teledemocracia; la universalidad,
que impediría que el 90% de los canales de comunicación
mundiales estén controlados, cual es el caso hoy, por el 10%
de la población; la ampliación de las posibilidades de
elección; la inclusión de la diversidad cultural y los
diversos sistemas cognitivos; la aceptación de las reglas del
comportamiento democrático; y la disminución de obstáculos
burocráticos, administrativos y políticos. Una tecnología
inserta en estas características socioculturales sería
una tecnología genuinamente democrática que, para Tehranian,
como para Galtung, garantizaría un balance social positivo. Aquí
incluimos ciertamente el aspecto medioambiental pues como Booth (1994)
y otros autores han demostrado, las organizaciones democráticas
tienen un comportamiento ecológico más ligado a los requerimientos
de mantenimiento de las constantes medioambientales que las no democráticas.
Naturalmente los condicionamientos tecnológicos
que hemos representado son exigentes pero al mismo tiempo representan
un catálogo de mínimos. Reconozcamos que los desafíos
ecológicos son muy notables y que tanto las innovaciones tecnológicas
como los requerimientos democráticos distan mucho de implantarse
globalmente. Si la tecnología está en su infancia, también
lo está la democracia, sobre todo si consideramos en el marco
de análisis de los sistemas mundiales la exclusividad y los límites
a la libre circulación con que se abrogan muchas de las naciones-estado
reconocidas como paradigmas de democracia. Esto representa un serio
obstáculo a nivel teórico para que la cultura democrática
pueda considerarse como característica del sistema-mundo en el
que los problemas ecológicos y la ampliación del mercado
nos han posicionado.
ES UN PROBLEMA CULTURAL
Dos parecen ser las primeras consecuencias que podemos
sacar de nuestra exposición, tal y como la hemos conducido hasta
ahora. Una es, y en esto coincidimos con Saemann (1992) y otros, que
es necesario un cambio dramático de actitudes y expectativas
para conseguir una economía social y ecológica en lo que
se refiere al desarrollo tecnológico y un impacto ambiental.
Otra es la necesidad de establecer vínculos de comunicación
operativa de carácter no dominante entre la ciencia, la industria
y el entorno político en el contexto democrático al que
nos acabamos de referir.
Para conseguir esto último no sólo son necesarias
nuevas iniciativas y estrategias con marcado sentido experimental, como
las que representan el debate ya iniciado por Schumacher a principio
de los 70 sobre la tecnología intermedia. Es necesario un replanteamiento
sobre el mismo concepto de desarrollo tecnológico. No estamos
sólo enfocando unos problemas técnicos sino un problema
social, político e institucional (Bhala; 304). Así, si
la introducción de tecnologías avanzadas solo depende
de la dinámica interna de las necasidades mercantiles de los
agentes comerciales institucionales, el aumento de los desequilibrios
globales y la concentración de intereses se harían más
patentes todavía. "Los períodos históricos
no se diferencian tanto por la tecnología como por las variables
en modos de conflicto y organización"(Ernst, D. en Wad 1988;
67). Naturalmente la relación ciencia-sociedad y el diálogo
política-tecnología han de enmarcarse dentro de parámetros
culturales adecuados y socialmente asumidos. A este respecto creemos
conveniente reseñar los esfuerzos de algunos autores por proponer
marcos de entendimiento adecuados. Dobson (1993) sugiere un nuevo planteaniento
de las relaciones entre la esfera económica y el entorno político
en base a la experiencia del sistema de intercambios LETSystem de Canadá
y al trabajo cooperativo en localidades lo suficientemente pequeñas
donde pueda darse una cultura comunitaria. En este sentido, es también
interesante la última aportación de Etzioni (1993), embarcado
ahora en un proyecto sociopolítico que él denomina la
agenda comunitaria y que supone una inyección de valores comunales
para revitalizar la vida política desde la base. Nuestra opinión
incide en la necesidad de actuar a través de parámetros
culturales y sociales. Hemos de pasar de una cultura hipnotizada por
el avance tecnológico en sí mismo a otra en la que las
perspectivas de sofisticación tecnológica encajen dentro
de una cultura de desarrollo integral en la que también se contemplen
necesidades no materiales y las demandas de armonía y equilibrio
globales y futuras.
Es decir, además del diálogo ciencia-cultura,
o mejor, para encauzar ese diálogo, vemos perentorio un dramático
cambio de actitudes y expectativas. El hecho que hemos comentado es
que las posibilidades de positiva contribución de las nuevas
tecnologías hacia la preservación del medio ambiente y
la prevención de una crisis ecológica de no retorno, no
se han eventuado ni parece que vayan a eventuarse dada la naturaleza
de los retos planteados. Los cambios y las innovaciones necesitan de
un giro cultural adecuado, primero en la sociedad en su conjunto y después
en las organizaciones y corporaciones industriales y comerciales. Siguiendo
a Cramer y Zegvel (1991), abogamos por una sustitución del énfasis
que actualmente se pone en generar tecnologías de adición
(que se suman a los procesos tecnológicos existentes para hacerlos
ecológicamente más saludables) por otro dirigido a la
generación e implantación de tecnologías integradas
y de proceso completo que cumplan los rfequisitos ecológicos
culturalmente exigidos. Esto supondría: una mejora del proceso
para reducir tanto los inputs : agua, energía y materiales, como
los outputs: derivados, residuos y basuras; un diseño que permita
el recambio de materias primas; una capacidad de innovación para
ofrecer productos alternativos; y, el desarrollo de la capacidad de
retroalimentación mediante la reutilización de materiales.
Así, estaríamos cambiando de una situación de predominio
de tecnologías que limpian a una tecnología verdaderamente
limpia.
PARADIGMA CULTURAL ALTERNATIVO
PARADIGMA CULTURAL DOMINANTE
- Enfasis y proyección de futuro
- Valores femeninos
- Comunidad
- Educación
- Ecología integral
- Postmaterialismo
- Libertad con responsabilidad
- Familia, trabajo y naturaleza
-Enfasis y actalización del presente
- Valores masculinos
- Asociación
- Consumición
- Ecología mercantil
- Materialismo
- Seguridad y eleción de riesgos
- Estado, trabajo y ocio
El origen del cambio está, sin embargo, en constantes
culturales. Como ya hemos apuntado en otro lugar (Pérez Adán
1993) y como exponemos en la figura, estamos hablando de un cambio de
paradigma. Es un hecho que el sistema global en el que vivimos hoy en
día obliga a ampliar nuestros conceptos de solidaridad y de servicio
hasta abarcar el horizonte completo de la globalidad. En este sentido,
es necesario que consideremos a la solidaridad y al espíritu
de servicio como verdaderas virtudes planetarias. Hoy por hoy, la naturaleza
de los problemas ecológicos que tenemos planteados, la necesidad
de buscar alternativas al sistema imperante de producción y de
consumo, y sobre todo la urgencia de remediar los desequilibrios globales,
hace pertinente, porque todos estos problemas están relacionados,
un desarrollo armónico y general de las virtudes colectivas que
canalizan toda regeneración cultural.
Al final todo viene a centrarse en torno a una sustitución
radical. Se trata de un cambio sustantivo, opuesto a cualquier tipo
de identificación a través del mero trueque de conceptos,
entre el beneficio y el servicio. Es un cambio de dimensión.
Pasamos de operar con criterios acumulativo-adquisitivos, a trabajar
con vistas al crecimiento cualitativo mediante el servicio continuo
y sostenido. En la sociedad global esto es únicamente factible
solo si además de las relaciones interpersonales consideramos
los niveles estructurales. Bien sabemos que la sociedad es algo más
que la agregación de individuos y que las virtudes colectivas
no son el resultado de la suma simple de las individuales. Por todo
ello, después del fracaso de la Cumbre de Rio, vemos más
claramente que la sociedad necesita un nuevo ordenamiento económico
en el que la innovación tecnológica apunte a finalidades
que se persiguen racional e intencionadamente. Han de cambiar las actitudes
individuales y mejorar los conocimientos técnicos, pero esto
sólo será verdaderamente eficaz si sabemos dotarnos de
una nueva estructura financiera, comercial y laboral que tome en cuenta
también los parámetros medioambientales. Si esto conlleva
la búsqueda de alternativas al presente sistema de producción
y consumo, eso es lo que pedimos. Pero esto, no lo podremos encontrar,
como hemos expuesto aquí, en el tan manido recurso al concepto
de desarrollo sostenible si lo entendemos sin diacronía y sin
globalidad. Al final, creemos que todo se resume en una nueva visión
de la misión empresarial alejada del simplismo de la creación
de riqueza o de los beneficios y que podíamos definir, tal y
como hemos desarrollado con detalle en nuestro "La Salud Social"
(1999), en suministrar los mejopres bienes y servicios al máximo
número de personas durante el mayor tiempo posible.
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